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	<title>Zero Kelvin &#187; Relatos</title>
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	<description>Huellas de unos dedos congelados</description>
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		<title>De mi velada con Al Pacino</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jul 2009 15:47:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Al Pacino]]></category>
		<category><![CDATA[El abogado del Diablo]]></category>
		<category><![CDATA[El corazón del ángel]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me levanté de golpe y grité lanzando ese sonido angustioso con el que gimo cuando medio soñando medio divagando me viene a la cabeza el momento en que dejaré de existir. Sudando y tembloroso me dirigí al lavabo para echarme agua por la cara y recuperar la sobriedad y la entereza del que aplaza el pensar en lo inevitable, dando cuartel a la cobardía del vive el día a día como si no hubiera un mañana y tal.<br />
Un poco más calmado, con alguna gota de agua aún cayendo por mis mejillas, me dirigí de vuelta para el dormitorio cuando, de repente, me encontré a Al Pacino sentado en el canto de la cómoda, impecablemente vestido con un traje negro, camisa en colores crudos y corbata también negra.</p>
<p>- Coño, Al, si vienes a hacerme proposiciones deshonestas a estas horas deberías saber que no eres mi tipo. Además, desengáñate, ya no eres el de la primera parte de El Padrino – le espeté a bote pronto. Lo cierto es que la extraña aparición me pareció hasta lógica y me hallaba en un estado más de curiosidad que de posible terror irracional.</p>
<p>- Siempre tan humorístico, Sr. Kelvin. Me encanta. Como habrá deducido no soy Pacino, de hecho me conocerá más por Lucifer, o Mefisto. Un tipo con tantos pseudónimos como tiene usted no creo que se le haga raro que yo también tenga mis diferentes nominativos. El envoltorio creo que era una apariencia apropiada, aprovechando la caracterización de cierta película, para presentarme ante sus cinéfilos ojos.</p>
<p>- ¿El diablo? Y como demonios no huele a azufre y en cambio, desde aquí, me viene a la pituitaria el maldito olor de Givenchy. Para ser un príncipe, ni que sea caído, es muy hortera y old-fasion, si me lo permite. Además, puestos a elegir un personaje, me hubiera parecido usted más atractivo si se me hubiera aparecido como Liz Hurley, ya puestos. Ella también fue diablesa y eso –continué intentando poner mi tono de sorna.</p>
<p>- Le hacía a usted mejor cinéfilo y no consumidor de bazofia hollywoodense –me lanzó rápidamente. Hay que ver lo inteligentes que parecen estas criaturas del inframundo.</p>
<p>- Touché, empiezo a pensar que es usted diabólico –le dije. Siempre hay que reconocer cuando el contrario te ha ganado el round, murmuré para mí.</p>
<p>- Bueno, oiga, el tiempo es oro. He venido a comprar su alma, ya sabe cómo va, usted me dice que quiere a  cambio y firmamos el contrato. No me pida la paz mundial y esas cosas, porque no estoy dispuesto a comprar un alma para perder cientos de miles. Sea un poco más materialista si no tiene inconveniente.</p>
<p>- Oiga, Al, mire, debería saber que yo soy un descreído y estas cosas me parecen patrañas. Seguramente ahora estoy soñando y cuando me despierte por la mañana no me creeré nada. ¿Piensa que le firme en sangre y tal? No soporto los rituales tan obsoletos, casi menos que Givenchy pour homme, por otra parte –le dije tratando de mantener el tono irónico.</p>
<p>- Bah, las divinidades y seres eternos nos adecuamos a los tiempos, amigo mio. Hoy la gente cree más en el certificado digital del DNI que en la existencia de un infierno, así que me bastará  con su firma. Al fin y al cabo Dios y yo respetamos los acuerdos rubricados; las reglas son las reglas. Además, y dado que no cree en nada ¿qué tiene que perder? Pensaba no ser nada por los siglos de los siglos cuando le venga la hora, ¿Que le importa pues que su alma se venga conmigo? A cambio le ofrezco lo que quiera durante su estancia en este mundo.</p>
<p>- Bueno, la propuesta parece interesante, pero guíeme, soy un consumidor, ofrézcame productos que comprarle –me encanta avasallar a los vendedores, aunque no sean de este mundo. Es como martirizar a las televendedoras de Ya.com, un placer para paladares selectos.</p>
<p>- Bueno, le puedo ofrecer la juventud por el resto de sus días, que las mujeres le quieran con locura, riquezas, poder… En fin, ya sabe, ser lo que todo el mundo quiere ser. La envidia de los demás y el deseo de todos –me dijo con tono de vendedor de un concesionario de Lamborghini.</p>
<p>- Bueno, Al –siempre he deseado charlar con alguien que se llamara Al- lo de la juventud suena genial, pero creo que ya he asumido mi estado pre-crisis de los cuarenta, así que tampoco es que me atraiga mucho volver a ser un pipiolo imberbe. Lo de las mujeres suena maravillosamente bien, pero resulta que soy un egocéntrico, y claro, si hiciera ese pacto no sabría si luego ellas me querrían por mi o por el pacto ese que hiciéramos. Y sí, sé que importa poco, al fin y al cabo Martina Klein bien vale acallar la conciencia, pero ya le digo, no me sentiría a gusto. El dinero, el poder, bah, es aburrido. Porque contra más tuviera más querría.</p>
<p>Poco a poco fui reflexionando, sobre aquello que quería, sobre como quería conseguirlo, sobre como lo disfrutaría y como no lo haría. Sobre el placer de luchar por los retos y la vacuidad de conseguir las cosas fácilmente. Y de igual manera que pensaba en todas las cosas las iba descartando una a una para eliminarlas de la lista a negociar con Al Pacino.</p>
<p>-¿Lo de la inmortalidad queda descartado? –insinué como quien no quiere la cosa.</p>
<p>- Hombre, bien tendré que cobrarme mi parte en un momento u otro, oiga –me espetó seriamente y un poco dubitativo ya al ver que no me decidía. </p>
<p>Y estaba a punto de abandonar mi búsqueda de esa artificiosa felicidad de los deseos regalados cuando di por fin con algo que sí me interesaba.</p>
<p>- Mira Al, hay una cosa. Quiero no sentirme frio y vacio. Quiero ser diferente a como soy y sentir, sentir lo que sí sienten los demás –le dije, reflexionando sobre mis ganas de tener lo que nunca había tenido.</p>
<p>- No le entiendo Kelvin, necesito que me clarifique ese deseo –me contestó con semblante serio.</p>
<p>- Es fácil Al. Quiero que cuando me abracen sienta calor. Quiero que cuando la chica que me quiere me mire con ojos de ternura yo pueda sentirla dentro de mí y devolvérsela. Quiero poder abrazar a alguien sintiendo que ese alguien quiere que le abrace. Quiero sentirme triste si pierdo a alguien, alegre si lo tengo delante, e impaciente y acongojado a partes iguales cuando en una cita se retrase. Quiero sentir, maldita sea –casi le grité.</p>
<p>Al me miró y en sus ojos color fuego observé un rayo de entendimiento. Me tendió la mano y trató de despedirse con un “buenas noches” de extrema cortesía.</p>
<p>- Oye Al ¿Dónde vas? –le espeté mientras se daba la vuelta.</p>
<p>- Otros clientes me esperan Kelvin –me contestó alzando una mano en señal de adiós.</p>
<p>- ¿Y nuestro posible trato? –le dije.</p>
<p>- Apreciado amigo –dijo girándose hacia mi- tú y yo sabemos que no puedo intentar comprarte lo que no eres capaz de encontrar o igual ni tienes. Y deberías sentir más angustia por lo que no sientes que por lo que pueda pasarte cuando ya no tengas esa capacidad en este mundo. Tú ya eres mío –me soltó.</p>
<p>Y así, curiosamente, el Diablo se marchó de mi casa haciendo la buena acción del día. Paradojas del bien y del mal, por lo que parece.</p>
<p>Al día siguiente, nada más despertarme, rechacé de mi cabeza aquel sueño tan extraño. Decidí que no debía ver más películas de Keanu Reeves, que me sentaban fatal. Con lo que odio yo a ese tipo (y lo buena que está Charlize Theron, por otra parte). </p>
<p>No obstante, aún no sé muy bien porque, en cuanto llegué a la estación del tren cogí el teléfono y escribí un mensaje, un mensaje que, en aquel momento, me pareció una necesidad: “Tengo ganas de verte”. Y justo después de darle al botón enviar, delante de mí, se sentó un señor con traje negro, camisa en colores crudos y una corbata también negra. Y sacó de la cartera una especie de contrato que empezó a estudiar con una sonrisa en el rostro.</p>
<p>- Buenos días. –me dijo distraídamente aquel hombre con un tremendo parecido a Robert de Niro.</p>
<p>Sonreí, le deseé buenos días y me decidí a conversar con él.</p>
<p>- ¿Ha visto usted “El corazón del ángel”? -le solté…</p>
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		<title>Espacios tridimensionales</title>
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		<pubDate>Fri, 01 May 2009 20:35:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Curso de escritura]]></category>
		<category><![CDATA[Escritos]]></category>
		<category><![CDATA[Espacios tridimensionales]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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		<description><![CDATA[La vida es una línea. Ni tan siquiera eso, es un triste segmento. Un trayecto que va desde el punto A al punto B. Y la única manera de creer que puedes ser eterno es cuando te chutas una buena dosis de caballo y divagas por otros espacios que dejan de ser lineales para adquirir [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida es una línea. Ni tan siquiera eso, es un triste segmento. Un trayecto que va desde el punto A al punto B. Y la única manera de creer que puedes ser eterno es cuando te chutas una buena dosis de caballo y divagas por otros espacios que dejan de ser lineales para adquirir una especie de bidimensionalidad irreal que te hace sentir jodidamente bien. Al menos eso es lo que piensa Javi mientras está preparando con la cucharilla, el mechero y la jeringa su próxima huida.</p>
<p>Los días como hoy Javi piensa en los puntos A y B. Porque, al fin y al cabo, su progenitora murió al darle a luz, y de esta manera, aquel dos de Mayo, unió para siempre las Aes y las Bes suyos y de su madre. Ni tan siquiera sabe si, ni que fuera por un instante, hubo ese momento de conciencia en ella de la existencia de él. La vida no se mide en tiempos sino en sensaciones. Y tener el punto A borroso, desconocer si aquel instante que confiere esa sensación de existencia pudo ser o no compartido, marca para todo el resto del segmento.</p>
<p>La idea de haber matado a tu propia madre difícilmente se borra. Seguramente nunca. Y menos si esa idea, de forma sorda, es compartida por aquellos que te rodean. Si lo lees en los ojos de tu padre o en la triste sonrisa de tu hermano mayor. ¿Cómo no vas a culparte si les has dejado sin una parte de sus vidas? Si tu punto A les ha privado a ellos de puntos C, D, E y de esos instantes y sensaciones a los cuales todo ser humano se cree con derecho.</p>
<p>Así que el correr del tiempo discurre atravesando puntos, en un lento movimiento triste de final conocido. Y esos puntos, puntos y seguidos, puntos y aparte, disciernen etapas de la vida que siempre se marcan por la ausencia perpetua. No hay reuniones con los padres, día de la madre, ni quien haga una tarta de bizcocho los domingos. De esta manera Javier crece huérfano de personas, pero también de sentimientos. En la vida de los suyos él está de más. Tres puntos definen un plano en el espacio, pero sólo si no están alineados. Los puntos suspensivos solo definen una línea y en ella, el tercer punto es redundante. Su padre, su hermano&#8230;</p>
<p>Pero tras la juvenil huida de la casa paterna, el caos. Se pueden dejar a nuestra espalda personas, lugares, incluso imágenes guardadas si ponemos énfasis en su disolución en el recuerdo. Pero jamás se puede olvidar lo que realmente se siente. Quizás la esperanza está en buscar otras líneas y segmentos que te atraviesen, que corten nuestra existencia con puntos en común. Pero en Javier son tan solo apariencias. Las líneas se cruzan en algunos sitios pero, aunque mirándolas desde determinadas perspectivas pueda parecer que tienen ese punto de intersección, en realidad, solo es que pasan cerca, por arriba o por abajo, sin tan siquiera tocarse con él. Personas que coinciden en la calle, que le abrigan una noche fría de invierno, con una manta o con un cuerpo asido al suyo, pero que, en la madrugada, huyen hacia las direcciones marcadas por sus propios segmentos.</p>
<p>Y así, son tan sólo esos chutes de droga placentera los que le permiten huir a otro mundo, como recorriendo líneas paralelas a las de su propia existencia. ¿Sabe una línea, unidimensional, lo que es un plano? ¿Sabe una persona, con su limitada vida temporal lo que puede ser la eternidad? Sólo Javier, al sentir la aguja atravesar su brazo, consigue llegar a ese estado en el que el tiempo es como el paisaje de un valle. En el que puede posar la vista en cualquier punto de esa eternidad. Y cada instante es como un mosquito atrapado en el ámbar, fosilizado y permanente por siempre. Y en él, girando la vista, puede ver a su madre, y conseguir que ella viva. Aunque no esté con él en ese momento congelado porque jamás la tuvo a su lado. Javier siempre ha pensado que en eso consiste ser Dios. En poder ver el tiempo como el paisaje más precioso donde los segundos son simples puntos en el horizonte.</p>
<p>Muchas veces ha pensado Javier en que la dosis de divinidad licuada en la jeringuilla fuera el doble de la necesaria. Para escapar a ese paisaje de tiempo atemporal de una puñetera vez. Y sabe que algún día será así. La vida suele presentar siempre varias alternativas para llegar al punto B. Pero para algunos escogidos, o quizás repudiados, no hay ninguna posibilidad de elección.</p>
<p>Así que Javier carga la jeringuilla con el líquido caliente fundido en la cuchara. Y echa a cara o cruz si meterá una segunda dosis en la misma. Al fin y al cabo es dos de Mayo. Un día para celebrarlo.</p>
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