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	<title>Zero Kelvin &#187; La sonrisa de gustar</title>
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	<description>Huellas de unos dedos congelados</description>
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		<title>La sonrisa de gustar</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jun 2009 08:41:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[En horizontal]]></category>
		<category><![CDATA[La sonrisa de gustar]]></category>
		<category><![CDATA[Relato erótico]]></category>

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		<description><![CDATA[Ejercicio de Escritura Creativa: Narradores Ejercicio con cambio de narrador, incluyendo narradores en tercera persona (omnisciente y deficiente) y en primera persona (narrador testigo y narrador protagonista). Se trata de que la voz narrativa cambie durante el relato. El ejercicio está hecho con el siguiente orden: Narrador en primera y testigo (el yo hablando de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Ejercicio de Escritura Creativa: Narradores</p>
<p>Ejercicio con cambio de narrador, incluyendo narradores en tercera persona (omnisciente y deficiente) y en primera persona (narrador testigo y narrador protagonista). Se trata de que la voz narrativa cambie durante el relato.</p>
<p>El ejercicio está hecho con el siguiente orden: Narrador en primera y testigo (el yo hablando de ella como protagonista cuando se acerca) – Narrador en tercera y omniscente (teorización sobre las historias entre chicas con sonrisa de gustar y capullos insensibles) – Narrador en primera y protagonista (escena sexual) – Narrador en tercera y deficiente (se aventura como continuará el futuro de los personajes).</em></p>
<p><strong>La sonrisa de gustar</strong></p>
<p>Viene con la sonrisa de gustar, me digo a mi mismo, y poso mis ojos en la chica del vestido corto, tirantes finos y espalda semidescubierta que me saluda desde lo lejos mientras apuro mi refresco de limón con mucho hielo (siempre ácido, siempre frio) en la terraza de aquel bar a los pies de Montjuic.</p>
<p>Y no sólo viene sonriendo, viene con el brillo en los ojos, con ella, como es, como siente, como quiere y ama al mundo. Con ese punto de efervescencia en la mirada que supongo que sospecha que me encanta. Deslizándose con sus sandalias por el asfalto como si en lugar de caminar danzara cualquier melodía alegre y desenfadada.<br />
Me abstraigo por un momento para recordar su cara cuando le pregunté:</p>
<p>- Estoy buscando “Un vacío perfecto” de Stanislaw Lem –le dije acercándome al mostrador.<br />
- Espera un momento que lo miraré en el ordenador a ver si lo tenemos –me contestó.</p>
<p>Y se puso a teclear mientras escrutaba mi rostro de reojo, con cara de curiosidad, sonriéndome y a la vez golpeando el teclado como con prisa, como queriendo quedar bien. Y empezó a sonrojarse a medida que tenía que pulsar más y más teclas, cada vez con mayor celeridad, hasta el punto que imaginé que su pulso se iba acelerando y empujaba a sus dedos contra las teclas al ritmo del bombeo in-crescendo de su corazón. Finalmente mostró su semblante de satisfacción al llegar al final de la búsqueda, su cara se  relajó y me obsequió, por primera vez entre muchas, con aquella sonrisa. Su sonrisa de gustar.</p>
<p>Y después de Lem fue McCarthy. Y por momentos también Kerouac, Burroughs y Orlovsky. Y ella siempre tecleaba con su ritmo creciente, de menos a más, para acabar sonriéndome y acompañándome a la estantería de aquella moderna biblioteca a buscar el ejemplar en cuestión. O llamaba delante de mí al poseedor del mismo, que se había retrasado cuarenta y ocho horas en devolver el volumen, y le apremiaba a que lo retornara para ayer.</p>
<p>- Hola, perdona, perdona, sé que vengo tarde, lo siento –me dice al llegar a la mesa donde sigo ensimismado en mis recuerdos.<br />
- No te preocupes, ya sabes que siempre tengo buena compañía –le digo mientras le señalo el último libro sacado tres días antes de su biblioteca.</p>
<p>Y entonces se acerca a mí y me planta un beso en la boca, y se me queda mirando</p>
<p>- Tenía ganas de verte – me dice, sin quitar el brillo de sus ojos.<br />
- Lo sé –le contesto secamente, a la vez que tomo el último sorbo de limonada.<br />
- Eres un capullo insensible –me espeta, clavando los ojos en mi pero sin poder dejar de sonreír, aunque ahora sea más tímidamente, como si la danza que bailaba sobre el asfalto sean ahora sigilosos pasos del que se acerca con temor.<br />
- También lo sé –le replico dando esa mueca de ironía a la sonrisa que llevo puesta.</p>
<p>Las historias de las chicas con la sonrisa de gustar y los capullos insensibles difieren poco unas de otras. Al final, esas historias se resumen en que uno gana y otro pierde. Y son tan terribles que el que gana nunca gana tanto como lo que pierde el otro. Incluso a veces, el que se piensa que ha ganado, pierde más que el que llegó a la bancarrota. Son historias tristes, historias de perdedores.</p>
<p>El capullo insensible finge su malsana seguridad a costa de poner en jaque a la chica de la sonrisa de gustar. Le descubre parte de su mundo, de su escaparate quizás construido porque piensa que lo que lleva dentro no sirve para nada ni para nadie. Y mientras le descubre a McCarthy deja que suene Dvorak. Y mientras le habla de astrología, de estrellas dobles y de Próxima también conocida como Alpha de Centauro, aprovecha los resquicios de las pupilas para meterse en ella y arrancarle todo lo que pueda extraer.  Y así, él afianza sus pasos a costa de que ella pierda la orientación y la sensación de gravidez.</p>
<p>Quizás amar sea ese deseo irresistible de ser deseado irresistiblemente, piensa el capullo en cuestión. O tal vez eso no sea sino egolatría salvaje alimentada de dependencia emocional inducida en los demás. Ganar, ganar y ganar ni que sea a costa de que ella pierda.</p>
<p>Aunque lo cierto es que, en el corto plazo, sólo es la simple excusa para seguir besando, para seguir acariciando, para continuar poniendo gasolina hasta llegar a la combustión de esa sonrisa y convertirla en deseo, durante la cena, durante el rato que pasamos en aquel bar musical escuchando música que ya no comprendemos y ni siquiera sintonizamos. Incendiar el coche de camino a casa, subir golpeándonos la cabeza contra las paredes del ascensor, con las bocas juntas. Abrir con la llave mientras esta parece que vaya a destrozar la cerradura con movimientos bruscos y temblor incontrolado. Llegar al sofá, o a  la alfombra, o a la cama.</p>
<p> Y entonces desnudarla. Mientras ella me mira. Protestando contra mí.</p>
<p>- No me gustas, no me gustas –me repite mientras no puede parar de besarme.<br />
- Mentira, sabes bien que lo que no te gusta, lo que odias, es el hecho de que, en realidad, te guste tanto –replica mi sarcasmo.<br />
- ¿Siempre tienes contestación para todo? –me dice con los ojos temerosos.<br />
- Por supuesto, siempre se lo que tengo que decirte, y también como tengo que tratarte.</p>
<p>Y ese trato es tirar de sus tirantes hacia abajo, haciendo que recorran la extensión de sus brazos. Y mis labios recorriendo el camino que éstos hacen primero. Posándolos sobre aquella piel fina y morena. Y mientras su vestido se desliza hasta sus pies mi boca seguirá el mismo camino. Mis manos, torpes de por sí, se encallarán en los corchetes de su sostén. Y entonces buscaré una de mis bromas que siempre tengo preparadas para ese momento, para disimular mi torpeza con palabras, para que un momento de duda no despeje las suyas.</p>
<p>Y una vez arrancada su ropa interior dejaré que sea ella quien me desbroche la camisa, quien se atrabanque con la hebilla de mi cinturón, y quien pose sus labios sobre mi cuerpo. Notar como su lengua juega en mi oído, como sus labios besan mi pecho, como, con esa mirada juguetona, se introduce mi pene en su boca.</p>
<p>Así, con su mano, veo como empuja hacia atrás el prepucio hasta que el glande queda totalmente al descubierto. Su lengua juguetea con la punta, como la de las serpientes amenaza a quien se enfrenta a ellas. Y poco a poco sus labios me capturan, me hace pasar a su interior, hasta que en su afán de tenerme su boca intenta alcanzar el inicio de mis testículos. E inicia los recorridos, hacia delante, hacia atrás, mientras en mi estado ya de irracionalidad le acaricio la nuca como excusa para que no deje de hacerlo. Para demostrarle a ella, o quizás a mí mismo, esa dominación de la situación, de ella, de su físico a la vez que de su mente.</p>
<p>El deseo crece en mí, así que la aparto y tal como estoy, boca arriba, la coloco encima de mí para penetrarla. Su humedad me recibe y me acoge y sus manos se posan en mi pecho para apoyarse en él e iniciar ese movimiento pendular, para delante y para atrás, a medida que entro y salgo de ella. Le digo que no deje de mirarme, porque sé que mi mirada, en esos momentos, la puede penetrar tanto o más que mi miembro. Y mis manos sujetan fuertemente sus pechos, mis dedos juegan con sus pezones y acarician su aureola, y, tirando de ella hacia mí, consigo llevarme uno a la boca, morderlo, chuparlo, succionar su pezón y que mi lengua lo haga girar en los sentidos de las agujas del reloj.</p>
<p>Sus reacciones se descontrolan. Y recuerdo su forma de golpear aquel teclado, aquel ritmo creciente de sus dedos, e imagino que su corazón mueve su cuerpo como hacía con ellos sobre el ordenador. De menos a más, para descubrir la cara de satisfacción, el orgasmo en su rostro y su sonrisa, que yo interpreto como de haber encontrado a Lem, a Burroughs y a Kerouac, cuando a quien buscaba es a mí. Y noto como se apreta contra mi cuerpo. Como me abraza mientras posa su mejilla contra mi pecho. Como me acaricia para entonces adivinar como cada uno de sus gestos de ternura me alejan de mi mismo y, por supuesto, de ella.</p>
<p>Porque los capullos insensibles quizás ni tan siquiera llegan a correrse. Puede ser que no puedan sentir goce ni placer, aunque lo más probable es que no quieran dejar absolutamente nada suyo a su paso. Nada que los retenga o que les prive de buscar otros ojos brillantes entre la gente, entre los libros o entre las notas de Dvorak. En realidad, dejando las historias inconclusas y los finales abiertos. Quizás en la tercera cita o quizás en la sexta. Dejando la duda. Probablemente, lo único seguro, sea el haber añadido a su zurrón otra nueva sonrisa de gustar.</p>
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