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	<title>Zero Kelvin &#187; Al Pacino</title>
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	<description>Huellas de unos dedos congelados</description>
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		<title>De mi velada con Al Pacino</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jul 2009 15:47:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Al Pacino]]></category>
		<category><![CDATA[El abogado del Diablo]]></category>
		<category><![CDATA[El corazón del ángel]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Robert de Niro]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me levanté de golpe y grité lanzando ese sonido angustioso con el que gimo cuando medio soñando medio divagando me viene a la cabeza el momento en que dejaré de existir. Sudando y tembloroso me dirigí al lavabo para echarme agua por la cara y recuperar la sobriedad y la entereza del que aplaza el pensar en lo inevitable, dando cuartel a la cobardía del vive el día a día como si no hubiera un mañana y tal.<br />
Un poco más calmado, con alguna gota de agua aún cayendo por mis mejillas, me dirigí de vuelta para el dormitorio cuando, de repente, me encontré a Al Pacino sentado en el canto de la cómoda, impecablemente vestido con un traje negro, camisa en colores crudos y corbata también negra.</p>
<p>- Coño, Al, si vienes a hacerme proposiciones deshonestas a estas horas deberías saber que no eres mi tipo. Además, desengáñate, ya no eres el de la primera parte de El Padrino – le espeté a bote pronto. Lo cierto es que la extraña aparición me pareció hasta lógica y me hallaba en un estado más de curiosidad que de posible terror irracional.</p>
<p>- Siempre tan humorístico, Sr. Kelvin. Me encanta. Como habrá deducido no soy Pacino, de hecho me conocerá más por Lucifer, o Mefisto. Un tipo con tantos pseudónimos como tiene usted no creo que se le haga raro que yo también tenga mis diferentes nominativos. El envoltorio creo que era una apariencia apropiada, aprovechando la caracterización de cierta película, para presentarme ante sus cinéfilos ojos.</p>
<p>- ¿El diablo? Y como demonios no huele a azufre y en cambio, desde aquí, me viene a la pituitaria el maldito olor de Givenchy. Para ser un príncipe, ni que sea caído, es muy hortera y old-fasion, si me lo permite. Además, puestos a elegir un personaje, me hubiera parecido usted más atractivo si se me hubiera aparecido como Liz Hurley, ya puestos. Ella también fue diablesa y eso –continué intentando poner mi tono de sorna.</p>
<p>- Le hacía a usted mejor cinéfilo y no consumidor de bazofia hollywoodense –me lanzó rápidamente. Hay que ver lo inteligentes que parecen estas criaturas del inframundo.</p>
<p>- Touché, empiezo a pensar que es usted diabólico –le dije. Siempre hay que reconocer cuando el contrario te ha ganado el round, murmuré para mí.</p>
<p>- Bueno, oiga, el tiempo es oro. He venido a comprar su alma, ya sabe cómo va, usted me dice que quiere a  cambio y firmamos el contrato. No me pida la paz mundial y esas cosas, porque no estoy dispuesto a comprar un alma para perder cientos de miles. Sea un poco más materialista si no tiene inconveniente.</p>
<p>- Oiga, Al, mire, debería saber que yo soy un descreído y estas cosas me parecen patrañas. Seguramente ahora estoy soñando y cuando me despierte por la mañana no me creeré nada. ¿Piensa que le firme en sangre y tal? No soporto los rituales tan obsoletos, casi menos que Givenchy pour homme, por otra parte –le dije tratando de mantener el tono irónico.</p>
<p>- Bah, las divinidades y seres eternos nos adecuamos a los tiempos, amigo mio. Hoy la gente cree más en el certificado digital del DNI que en la existencia de un infierno, así que me bastará  con su firma. Al fin y al cabo Dios y yo respetamos los acuerdos rubricados; las reglas son las reglas. Además, y dado que no cree en nada ¿qué tiene que perder? Pensaba no ser nada por los siglos de los siglos cuando le venga la hora, ¿Que le importa pues que su alma se venga conmigo? A cambio le ofrezco lo que quiera durante su estancia en este mundo.</p>
<p>- Bueno, la propuesta parece interesante, pero guíeme, soy un consumidor, ofrézcame productos que comprarle –me encanta avasallar a los vendedores, aunque no sean de este mundo. Es como martirizar a las televendedoras de Ya.com, un placer para paladares selectos.</p>
<p>- Bueno, le puedo ofrecer la juventud por el resto de sus días, que las mujeres le quieran con locura, riquezas, poder… En fin, ya sabe, ser lo que todo el mundo quiere ser. La envidia de los demás y el deseo de todos –me dijo con tono de vendedor de un concesionario de Lamborghini.</p>
<p>- Bueno, Al –siempre he deseado charlar con alguien que se llamara Al- lo de la juventud suena genial, pero creo que ya he asumido mi estado pre-crisis de los cuarenta, así que tampoco es que me atraiga mucho volver a ser un pipiolo imberbe. Lo de las mujeres suena maravillosamente bien, pero resulta que soy un egocéntrico, y claro, si hiciera ese pacto no sabría si luego ellas me querrían por mi o por el pacto ese que hiciéramos. Y sí, sé que importa poco, al fin y al cabo Martina Klein bien vale acallar la conciencia, pero ya le digo, no me sentiría a gusto. El dinero, el poder, bah, es aburrido. Porque contra más tuviera más querría.</p>
<p>Poco a poco fui reflexionando, sobre aquello que quería, sobre como quería conseguirlo, sobre como lo disfrutaría y como no lo haría. Sobre el placer de luchar por los retos y la vacuidad de conseguir las cosas fácilmente. Y de igual manera que pensaba en todas las cosas las iba descartando una a una para eliminarlas de la lista a negociar con Al Pacino.</p>
<p>-¿Lo de la inmortalidad queda descartado? –insinué como quien no quiere la cosa.</p>
<p>- Hombre, bien tendré que cobrarme mi parte en un momento u otro, oiga –me espetó seriamente y un poco dubitativo ya al ver que no me decidía. </p>
<p>Y estaba a punto de abandonar mi búsqueda de esa artificiosa felicidad de los deseos regalados cuando di por fin con algo que sí me interesaba.</p>
<p>- Mira Al, hay una cosa. Quiero no sentirme frio y vacio. Quiero ser diferente a como soy y sentir, sentir lo que sí sienten los demás –le dije, reflexionando sobre mis ganas de tener lo que nunca había tenido.</p>
<p>- No le entiendo Kelvin, necesito que me clarifique ese deseo –me contestó con semblante serio.</p>
<p>- Es fácil Al. Quiero que cuando me abracen sienta calor. Quiero que cuando la chica que me quiere me mire con ojos de ternura yo pueda sentirla dentro de mí y devolvérsela. Quiero poder abrazar a alguien sintiendo que ese alguien quiere que le abrace. Quiero sentirme triste si pierdo a alguien, alegre si lo tengo delante, e impaciente y acongojado a partes iguales cuando en una cita se retrase. Quiero sentir, maldita sea –casi le grité.</p>
<p>Al me miró y en sus ojos color fuego observé un rayo de entendimiento. Me tendió la mano y trató de despedirse con un “buenas noches” de extrema cortesía.</p>
<p>- Oye Al ¿Dónde vas? –le espeté mientras se daba la vuelta.</p>
<p>- Otros clientes me esperan Kelvin –me contestó alzando una mano en señal de adiós.</p>
<p>- ¿Y nuestro posible trato? –le dije.</p>
<p>- Apreciado amigo –dijo girándose hacia mi- tú y yo sabemos que no puedo intentar comprarte lo que no eres capaz de encontrar o igual ni tienes. Y deberías sentir más angustia por lo que no sientes que por lo que pueda pasarte cuando ya no tengas esa capacidad en este mundo. Tú ya eres mío –me soltó.</p>
<p>Y así, curiosamente, el Diablo se marchó de mi casa haciendo la buena acción del día. Paradojas del bien y del mal, por lo que parece.</p>
<p>Al día siguiente, nada más despertarme, rechacé de mi cabeza aquel sueño tan extraño. Decidí que no debía ver más películas de Keanu Reeves, que me sentaban fatal. Con lo que odio yo a ese tipo (y lo buena que está Charlize Theron, por otra parte). </p>
<p>No obstante, aún no sé muy bien porque, en cuanto llegué a la estación del tren cogí el teléfono y escribí un mensaje, un mensaje que, en aquel momento, me pareció una necesidad: “Tengo ganas de verte”. Y justo después de darle al botón enviar, delante de mí, se sentó un señor con traje negro, camisa en colores crudos y una corbata también negra. Y sacó de la cartera una especie de contrato que empezó a estudiar con una sonrisa en el rostro.</p>
<p>- Buenos días. –me dijo distraídamente aquel hombre con un tremendo parecido a Robert de Niro.</p>
<p>Sonreí, le deseé buenos días y me decidí a conversar con él.</p>
<p>- ¿Ha visto usted “El corazón del ángel”? -le solté…</p>
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