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	<title>Zero Kelvin &#187; En horizontal</title>
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	<description>Huellas de unos dedos congelados</description>
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		<title>La música de l&#8217;oncle</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Aug 2009 18:54:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[L'oncle]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Metido en su  coche y camino hacia su casa después de dejarla a ella en la suya, se dio cuenta de que las cosas nunca son como a uno le gustarían. Que aquel vacío de no creer en nada, sólo concede la absurda idea de los símbolos, de pensar en la justicia poética de la vida, de hacer cosas por tradición y sólo en un momento de ruptura, de pensar que aquellos ojos que le sonríen desde dentro pueden ser la antesala de la felicidad. Y le asalta esa sensación, esa luz que le atraviesa el cerebro, que le lleva a entender que da tanto miedo no sentirse una desgracia humana que las piernas parecen estar pidiendo salir corriendo.</p>
<p>No era la misma sensación que tenía antes, en aquel mismo coche, hacía unas horas, cuando al recibir el mensaje se despidió de sus amigos en aquel restaurante japonés para ir a recogerla. Ni la que sintió cuando ella apareció con sus gafas  pasadas de moda, los ojos brillando tras los cristales y la sonrisa de las “dentotas”.  Aquella era la sensación de pensar que podía ser algo más que ese triste chico sumido en su continua carrera hacia la nada.</p>
<p>Quizás eran los ojos de ella, los que atisbó al inclinarse para besarla, los que le hacían sentir que tal vez tenía un sitio en el globo terrestre donde podía ser importante. O un lugar en el tiempo en el que era algo más que una absurda existencia entre dos puntos.  Porque desde que tenía consciencia, desde que había despertado de ese sueño eterno de no ser nada y no recordar,  sentía que sólo aquellas cosas simbólicas que acaparaban su historia personal podrían algún día responder a sus anhelos de eternidad en la memoria de los otros. Y aquella chica, con sus ojos saltones y su sonrisa trasparente, le hacía saltar su barrera de desesperación para poder pensar “sí, soy alguien”.</p>
<p>Embriagado de esa sensación, de ser alguien,  la llevó a su casa en medio de aquellos pinos. En un deseo de que ese alguien arraigara en él se detuvo antes de entrar, para mirar el cielo, para sujetarla junto a la barandilla de aquel pasillo exterior,  con el fin de pensar que lo de arrojarse al vacío desde aquel punto era una mala idea. Y empezó a besarla en el cuello, a respirar de su piel, a buscar con sus oídos los gemidos que ella emitía desde su garganta, imaginando que cada uno salía de un punto diferente, de aquel que se hallaba justo en el interior de donde él posaba sus labios.</p>
<p>Entraron en casa y ella le pidió que pusiera música. Él accedió, se dirigió hacia sus columnas de compact discs, ordenadas por grupos, épocas y estilos, y empezó a buscar algo que la inspiración del momento le sugiriera. Por un instante pensó realmente en las suaves melodías “Owl City”, o en los efectos ambientales de “Swimming with dolphins” pero al final, en ese momento sólo consigo mismo, entendió que él no podía ser otro diferente, que como otros tantos símbolos, no cabía lugar para la duda y extrajo la música de l’oncle, la que aquel viejo mentor le había regalado junto con sus enseñanzas para seducir. Porque es tan difícil separarse de la propia piel como lo es de tus propias carencias.</p>
<p>Y mientras sonaba la música la desnudó. No recordará después si lo hizo con suavidad o con arrebatos. No creyó importante discernir si el se quería situar sobre ella o ella sobre él. Solo descubrió que sus ojos le anhelaban. Que su boca pronunció que le pertenecía, que era para él, que le abrazaba muy fuerte mientras le decía que parara, que no le hiciera aquello. Y que él no quería parar. Los orgasmos se repitieron por ambas partes en varias ocasiones, a veces en solitario y otras compartidos. El sudor de la noche de verano empapó el dormitorio, empapó sus pieles, como queriéndoles rodear de deseo. Y con cada arrebato ella era mucho más ella, mucho más todo lo que guardaba dentro de sí. </p>
<p>Pero fue mucho después, cuando ya reposaba en sus brazos y él pasaba su mano por su mejilla, acariciándola y retirándole el pelo por detrás de la oreja, cuando le dijo las palabras que obligan a sentir. Las palabras que dan miedo. Porque verbalizar los sentimientos los hacen mucho más patentes. Al fin y al cabo, decirlos o escribirlos es aceptarlos. Y se dio cuenta de que aquella mano que pasaba por su cara llegaba mucho más adentro que su miembro, cuando minutos atrás la embestía con violencia. Se dio cuenta que acariciaba su alma y que le gustaba hacerlo.</p>
<p>Se presentaron los momentos de duda, la batalla interna, de la que nunca sale vencedor ninguno de los contendientes. Y él supo que debía decidirse por su desgracia. Que si perdía la fe en los símbolos no le iba a quedar nada en que creer. Y que aquella chica no era para él, ni él para ella. Que la justicia poética tenía que andar en algún lado y llegar de una puñetera vez, algo que necesariamente sería con la banda sonora de l’oncle, mientras Sweet Box entonaba el “Everything’s gonna be alright”.</p>
<p>Tras dejarla en casa, se volvió para la suya, con la canción en modo de repetición, una vez tras otra, llamando a las estrellas para que le hicieran llegar esa justicia. Para que alguien que sí fuera para él le repitiera las palabras y él pudiera aceptarlas y devolvérselas.</p>
<p>Al día siguiente, sin noticias del cielo, decidió encerrarse en casa con llave para no tener que salir y ver el vacio tras la barandilla.</p>
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		<title>La sonrisa de gustar</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Jun 2009 08:41:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[En horizontal]]></category>
		<category><![CDATA[La sonrisa de gustar]]></category>
		<category><![CDATA[Relato erótico]]></category>

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		<description><![CDATA[Ejercicio de Escritura Creativa: Narradores Ejercicio con cambio de narrador, incluyendo narradores en tercera persona (omnisciente y deficiente) y en primera persona (narrador testigo y narrador protagonista). Se trata de que la voz narrativa cambie durante el relato. El ejercicio está hecho con el siguiente orden: Narrador en primera y testigo (el yo hablando de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Ejercicio de Escritura Creativa: Narradores</p>
<p>Ejercicio con cambio de narrador, incluyendo narradores en tercera persona (omnisciente y deficiente) y en primera persona (narrador testigo y narrador protagonista). Se trata de que la voz narrativa cambie durante el relato.</p>
<p>El ejercicio está hecho con el siguiente orden: Narrador en primera y testigo (el yo hablando de ella como protagonista cuando se acerca) – Narrador en tercera y omniscente (teorización sobre las historias entre chicas con sonrisa de gustar y capullos insensibles) – Narrador en primera y protagonista (escena sexual) – Narrador en tercera y deficiente (se aventura como continuará el futuro de los personajes).</em></p>
<p><strong>La sonrisa de gustar</strong></p>
<p>Viene con la sonrisa de gustar, me digo a mi mismo, y poso mis ojos en la chica del vestido corto, tirantes finos y espalda semidescubierta que me saluda desde lo lejos mientras apuro mi refresco de limón con mucho hielo (siempre ácido, siempre frio) en la terraza de aquel bar a los pies de Montjuic.</p>
<p>Y no sólo viene sonriendo, viene con el brillo en los ojos, con ella, como es, como siente, como quiere y ama al mundo. Con ese punto de efervescencia en la mirada que supongo que sospecha que me encanta. Deslizándose con sus sandalias por el asfalto como si en lugar de caminar danzara cualquier melodía alegre y desenfadada.<br />
Me abstraigo por un momento para recordar su cara cuando le pregunté:</p>
<p>- Estoy buscando “Un vacío perfecto” de Stanislaw Lem –le dije acercándome al mostrador.<br />
- Espera un momento que lo miraré en el ordenador a ver si lo tenemos –me contestó.</p>
<p>Y se puso a teclear mientras escrutaba mi rostro de reojo, con cara de curiosidad, sonriéndome y a la vez golpeando el teclado como con prisa, como queriendo quedar bien. Y empezó a sonrojarse a medida que tenía que pulsar más y más teclas, cada vez con mayor celeridad, hasta el punto que imaginé que su pulso se iba acelerando y empujaba a sus dedos contra las teclas al ritmo del bombeo in-crescendo de su corazón. Finalmente mostró su semblante de satisfacción al llegar al final de la búsqueda, su cara se  relajó y me obsequió, por primera vez entre muchas, con aquella sonrisa. Su sonrisa de gustar.</p>
<p>Y después de Lem fue McCarthy. Y por momentos también Kerouac, Burroughs y Orlovsky. Y ella siempre tecleaba con su ritmo creciente, de menos a más, para acabar sonriéndome y acompañándome a la estantería de aquella moderna biblioteca a buscar el ejemplar en cuestión. O llamaba delante de mí al poseedor del mismo, que se había retrasado cuarenta y ocho horas en devolver el volumen, y le apremiaba a que lo retornara para ayer.</p>
<p>- Hola, perdona, perdona, sé que vengo tarde, lo siento –me dice al llegar a la mesa donde sigo ensimismado en mis recuerdos.<br />
- No te preocupes, ya sabes que siempre tengo buena compañía –le digo mientras le señalo el último libro sacado tres días antes de su biblioteca.</p>
<p>Y entonces se acerca a mí y me planta un beso en la boca, y se me queda mirando</p>
<p>- Tenía ganas de verte – me dice, sin quitar el brillo de sus ojos.<br />
- Lo sé –le contesto secamente, a la vez que tomo el último sorbo de limonada.<br />
- Eres un capullo insensible –me espeta, clavando los ojos en mi pero sin poder dejar de sonreír, aunque ahora sea más tímidamente, como si la danza que bailaba sobre el asfalto sean ahora sigilosos pasos del que se acerca con temor.<br />
- También lo sé –le replico dando esa mueca de ironía a la sonrisa que llevo puesta.</p>
<p>Las historias de las chicas con la sonrisa de gustar y los capullos insensibles difieren poco unas de otras. Al final, esas historias se resumen en que uno gana y otro pierde. Y son tan terribles que el que gana nunca gana tanto como lo que pierde el otro. Incluso a veces, el que se piensa que ha ganado, pierde más que el que llegó a la bancarrota. Son historias tristes, historias de perdedores.</p>
<p>El capullo insensible finge su malsana seguridad a costa de poner en jaque a la chica de la sonrisa de gustar. Le descubre parte de su mundo, de su escaparate quizás construido porque piensa que lo que lleva dentro no sirve para nada ni para nadie. Y mientras le descubre a McCarthy deja que suene Dvorak. Y mientras le habla de astrología, de estrellas dobles y de Próxima también conocida como Alpha de Centauro, aprovecha los resquicios de las pupilas para meterse en ella y arrancarle todo lo que pueda extraer.  Y así, él afianza sus pasos a costa de que ella pierda la orientación y la sensación de gravidez.</p>
<p>Quizás amar sea ese deseo irresistible de ser deseado irresistiblemente, piensa el capullo en cuestión. O tal vez eso no sea sino egolatría salvaje alimentada de dependencia emocional inducida en los demás. Ganar, ganar y ganar ni que sea a costa de que ella pierda.</p>
<p>Aunque lo cierto es que, en el corto plazo, sólo es la simple excusa para seguir besando, para seguir acariciando, para continuar poniendo gasolina hasta llegar a la combustión de esa sonrisa y convertirla en deseo, durante la cena, durante el rato que pasamos en aquel bar musical escuchando música que ya no comprendemos y ni siquiera sintonizamos. Incendiar el coche de camino a casa, subir golpeándonos la cabeza contra las paredes del ascensor, con las bocas juntas. Abrir con la llave mientras esta parece que vaya a destrozar la cerradura con movimientos bruscos y temblor incontrolado. Llegar al sofá, o a  la alfombra, o a la cama.</p>
<p> Y entonces desnudarla. Mientras ella me mira. Protestando contra mí.</p>
<p>- No me gustas, no me gustas –me repite mientras no puede parar de besarme.<br />
- Mentira, sabes bien que lo que no te gusta, lo que odias, es el hecho de que, en realidad, te guste tanto –replica mi sarcasmo.<br />
- ¿Siempre tienes contestación para todo? –me dice con los ojos temerosos.<br />
- Por supuesto, siempre se lo que tengo que decirte, y también como tengo que tratarte.</p>
<p>Y ese trato es tirar de sus tirantes hacia abajo, haciendo que recorran la extensión de sus brazos. Y mis labios recorriendo el camino que éstos hacen primero. Posándolos sobre aquella piel fina y morena. Y mientras su vestido se desliza hasta sus pies mi boca seguirá el mismo camino. Mis manos, torpes de por sí, se encallarán en los corchetes de su sostén. Y entonces buscaré una de mis bromas que siempre tengo preparadas para ese momento, para disimular mi torpeza con palabras, para que un momento de duda no despeje las suyas.</p>
<p>Y una vez arrancada su ropa interior dejaré que sea ella quien me desbroche la camisa, quien se atrabanque con la hebilla de mi cinturón, y quien pose sus labios sobre mi cuerpo. Notar como su lengua juega en mi oído, como sus labios besan mi pecho, como, con esa mirada juguetona, se introduce mi pene en su boca.</p>
<p>Así, con su mano, veo como empuja hacia atrás el prepucio hasta que el glande queda totalmente al descubierto. Su lengua juguetea con la punta, como la de las serpientes amenaza a quien se enfrenta a ellas. Y poco a poco sus labios me capturan, me hace pasar a su interior, hasta que en su afán de tenerme su boca intenta alcanzar el inicio de mis testículos. E inicia los recorridos, hacia delante, hacia atrás, mientras en mi estado ya de irracionalidad le acaricio la nuca como excusa para que no deje de hacerlo. Para demostrarle a ella, o quizás a mí mismo, esa dominación de la situación, de ella, de su físico a la vez que de su mente.</p>
<p>El deseo crece en mí, así que la aparto y tal como estoy, boca arriba, la coloco encima de mí para penetrarla. Su humedad me recibe y me acoge y sus manos se posan en mi pecho para apoyarse en él e iniciar ese movimiento pendular, para delante y para atrás, a medida que entro y salgo de ella. Le digo que no deje de mirarme, porque sé que mi mirada, en esos momentos, la puede penetrar tanto o más que mi miembro. Y mis manos sujetan fuertemente sus pechos, mis dedos juegan con sus pezones y acarician su aureola, y, tirando de ella hacia mí, consigo llevarme uno a la boca, morderlo, chuparlo, succionar su pezón y que mi lengua lo haga girar en los sentidos de las agujas del reloj.</p>
<p>Sus reacciones se descontrolan. Y recuerdo su forma de golpear aquel teclado, aquel ritmo creciente de sus dedos, e imagino que su corazón mueve su cuerpo como hacía con ellos sobre el ordenador. De menos a más, para descubrir la cara de satisfacción, el orgasmo en su rostro y su sonrisa, que yo interpreto como de haber encontrado a Lem, a Burroughs y a Kerouac, cuando a quien buscaba es a mí. Y noto como se apreta contra mi cuerpo. Como me abraza mientras posa su mejilla contra mi pecho. Como me acaricia para entonces adivinar como cada uno de sus gestos de ternura me alejan de mi mismo y, por supuesto, de ella.</p>
<p>Porque los capullos insensibles quizás ni tan siquiera llegan a correrse. Puede ser que no puedan sentir goce ni placer, aunque lo más probable es que no quieran dejar absolutamente nada suyo a su paso. Nada que los retenga o que les prive de buscar otros ojos brillantes entre la gente, entre los libros o entre las notas de Dvorak. En realidad, dejando las historias inconclusas y los finales abiertos. Quizás en la tercera cita o quizás en la sexta. Dejando la duda. Probablemente, lo único seguro, sea el haber añadido a su zurrón otra nueva sonrisa de gustar.</p>
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		<title>Protegido: Susurros de madrugada</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Apr 2009 07:44:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Golpes en la pared]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Perro]]></category>
		<category><![CDATA[Lula]]></category>

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		<title>Pornomaquia y Zero Kelvin</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Feb 2009 20:31:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Bueno, hoy toca post de autobombo, lo siento, esto no es un relato erótico. Pero espero que donde les dirijo les pueda satisfacer y presentarles algo, como dice cierta amiga mia, gratificante. Pornomaquia un blog dedicado al erotismo, relato erótico, sexo etcétera ha hecho mención a &#8220;En horizontal&#8221;, mi sección de relatos de esa clase. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bueno, hoy toca post de autobombo, lo siento, esto no es un relato erótico. Pero espero que donde les dirijo les pueda satisfacer y presentarles algo, como dice cierta amiga mia, gratificante.</p>
<p><a href="http://pornomaquia.com/">Pornomaquia</a> un blog dedicado al erotismo, relato erótico, sexo etcétera ha hecho mención a &#8220;En horizontal&#8221;, mi sección de relatos de esa clase. Nicole ya me lo había dicho &#8220;Algún día te pondré de referencia&#8221;, pero hoy me ha dedicado un post entero.</p>
<p>Espero no defraudar al personal que me visite desde allí&#8230;</p>
<p><a href="http://www.flickr.com/photos/81323669@N00/3312460242/" title="pornomaquia por TheZeroKelvin, en Flickr"><img src="http://farm4.static.flickr.com/3425/3312460242_f16f481251.jpg" width="500" height="295" alt="pornomaquia" /></a></p>
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		<title>El diablo y el café solo</title>
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		<pubDate>Sun, 22 Feb 2009 10:15:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Negro, intenso, como el aroma del café de una cafetera de años, como el sabor del cuerpo de una mujer al apagar la luz, así es el oscuro sentir del alma de Kelvin. Y a la vez que se rememora a si mismo, mientras toma ese café solo de media tarde, suena el teléfono preguntando [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Negro, intenso, como el aroma del café de una cafetera de años, como el sabor del cuerpo de una mujer al apagar la luz, así es el oscuro sentir del alma de Kelvin.</p>
<p>Y a la vez que se rememora a si mismo, mientras toma ese café solo de media tarde, suena el teléfono preguntando que va a hacer esta noche.</p>
<p>- Devil ¿Qué vás a hacer hoy? Esta mañana te has ido temprano.<br />
- Ya lo sabes, ver el fútbol -replica el diablo.<br />
- ¿Te ha gustado lo que te he enviado?<br />
- Me encanta el sonido, creo que lo incluiré en la sección musical del blog. Ya me lo he bajado de i-tunes, no había forma de pillarlo de otro sitio. He tenido que cotizar, pero realmente vale la pena.</p>
<p>Y la conversación sigue. Sobre &#8220;Devil&#8221; y sobre &#8220;All I knew&#8221;. Porque ella quiere la dirección de ese puñetero blog y él no se la da, pero bueno que ella quiere verle esta noche otra vez, con o sin blog. Y al diablo le da lo mismo. Total, no tiene otros planes para el sábado y perderse en aquellos ojos azules y contar las pecas de la pelirroja medio inglesa siempre es agradable.</p>
<p>- Pero tendrá que ser después del fútbol y cenar. Además sabes que si palmamos no voy a ser buena compañia.<br />
- Me ocuparé de que se te olvide el Barça &#8211; replica ella.<br />
- ¿Eres más interesante que Messi?<br />
- Bueno, puedo hacer cosas que él no.<br />
- Si palman verás tú.</p>
<p>Así que para acabarlo de cuadrar palman, como no puede ser de otra manera. Y se citan en el centro, para tomar esas Ales que ambos agradan de disfrutar. A él por el amargor al pasar por la garganta, a ella no sabe bien porqué. Quizás porque le recuerde el sabor fuerte y amargo que siempre deja Kelvin en las personas que pasan por su vida, el mismo sabor que ella anda degustando desde hace unos meses. Así que toman un par de Ales mientras hablan de CAT-A-TAC y del sonido de Denver antes de marchar para la costa.</p>
<p>En el coche empieza el juego, y mientras él trata de mantener su vista en el conjunto de calles, cruces y semáforos que separan el centro de la autopista que les llevará a la casa de ella, la pelirroja empieza  a tocarle, primero buscando su cuello con los labios, luego lamiéndole el lóbulo de la oreja mientras con la mano le busca su virilidad, quizás para demostrarse a si misma que él, al menos, la desea.</p>
<p>El juego se intensifica cuando las manos de ella le desabrochan el pantalón y empieza a acariciarle. Él piensa que como tenga que dar un frenazo no sabe si va a poder cambiar el pie del acelerador al pedal del freno. Y la cosa se pone peor cuando ella se reclina hacia él para tomar su pene con la boca.</p>
<p>- Un día de estos nos vamos a matar, joder &#8211; acierta a decir él.<br />
- Tú conduce que es lo que tienes que hacer &#8211; le replica ella medio riéndose.</p>
<p>Y al llegar a casa de ella todavía no sabe como han conseguido salvarse de tener cualquier accidente. Su ropa anda desencajada y antes de salir del coche trata de acicalarse ni que sea por no parecer cualquier cosa si se encuentran a alguien en los escasos doscientos metros que hay entre el lugar donde aparca el vehículo y el portal donde ella vive.</p>
<p>Al llegar a su escalera la agarra en el ascensor y le saca la blusa por encima de la falda, le desabrocha un par de botones y con el pie le arranca un zapato.</p>
<p>- No pienses mal, es para que vayamos conjuntados después de como me has dejado en el coche &#8211; le espeta él.</p>
<p>Entonces ella le abraza, se rie y se tira sobre él para besarlo. Y otra vez le abre el azul de los ojos para dejar que él entre y coja lo que quiera. Mientras entran a trompicones en casa de ella siguen las risas, que si vas a tener que acabar lo que has empezado en el coche, que si eres un cabrón porque si no te llamo yo hubieras pasado de mi.</p>
<p>La desnuda poco a poco, contando las pecas que van apareciendo por la superficie de su piel y probando de besarlas una a una. Y ella se entrega y se deja hacer. Él recorre ese cuerpo cada vez más conocido para degustar esa piel blanca amenizada con el estampado de las marcas que su boca va dejando. Y siente como su perfume matizado por el olor a ella misma le penetra para poderse dejar ir.</p>
<p>Y juegan el uno con el otro, con caricias, con besos, con lametones por toda la anatomia. Para que él entre en ella desde arriba, desde abajo, desde delante y desde atrás. Para sumirse en una vorágine de sexo desde todos los extremos de la rosa de los vientos. Para alcanzar el clímax en cuantas ocasiones sea posible. Quizás porque Kelvin sabe que en cada uno de ellos ella es menos ella y él es más él. Como si al entrar en ella le arrancara una por una, con milimétrica exactituc, con cirugía de precisión, todas y cada una de las joyas guardadas en su interior. Como si la torturara deshollandola de aquella piel para sólo quedarse con esos diminutos trocitos de color que la adornan.</p>
<p>- ¿Por qué eres así? &#8211; Le preguntara ella después.<br />
- Soy como soy, pensé que te gustaba&#8230;<br />
- ¿Has pensado alguna vez lo que yo puedo sentir?<br />
- No vayas por ahí. Ya conoces que yo no puedo darte un TQ como haces tú, sabes que no tengo de eso, no gasto, o si tengo alguien se lo llevó alguna vez y reponer el stock lleva mucho tiempo.</p>
<p>Le interroga. Necesita saber porque entonces la trata así. Porque es tan superficialmente encantador y dentro tan duro que es incapaz de corresponderla. Porque no la trata como una cualquiera y entonces no tendría que buscarle, y no necesitaría que estuviera cerca para poder sonreir como a ella le gusta.</p>
<p>- Sabes muy bien que soy el diablo &#8211; le contesta.<br />
- Sí, seguramente eres el diablo.</p>
<p>Sí, piensa él, soy el jodido Lucifer, un puñetero vampiro que come del calor de los demás. Que se nutre de aquellos que habitan debajo de ojos como los azules que tiene enfrente. La abraza y con su mano le acaricia la mejilla y el pelo. Y deja que la cabeza de ella repose sobre su hombro antes de dormir.</p>
<p>Temprano, sale de nuevo de su casa a hurtadillas, bajando a ese bar donde ya ha estado otras veces y desayunar ese café solo, muy negro, que acompaña a cualquier pasta. Y mientras conduce por la autopista hacia su casa observa las carencias de aquel que sólo permite que le quieran por la mitad de lo que es. Porque si alguien penetrara más allá se perdería en la negrura del café solo, de la oscuridad, en el alma de Kelvin.</p>
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		<title>Pinceladas de loco dibujando cuadros cubistas</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Feb 2009 15:36:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Aribau]]></category>
		<category><![CDATA[Mallorca]]></category>
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		<category><![CDATA[VanGogh]]></category>

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		<description><![CDATA[Un ron cooler, una mujer hermosa, dos cosas que ansio, siempre que las tengo en mi mano, paladear en trago largo, despacio, dejando que se deshaga la frialdad al tacto de mi mano. Y mientras me acomodo en el asiento, en ese lugar de la esquina entre Aribau y Mallorca donde puedo saborear ambas cosas, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Un ron cooler, una mujer hermosa, dos cosas que ansio, siempre que las tengo en mi mano, paladear en trago largo, despacio, dejando que se deshaga la frialdad al tacto de mi mano.</p>
<p>Y mientras me acomodo en el asiento, en ese lugar de la esquina entre Aribau y Mallorca donde puedo saborear ambas cosas, reviso con mi acompañante las diversas facetas de nuestras visiones en común. Y le cuento mi visita al VanGogh para decirle como me encantan las pinceladas del loco o le explico que los girasoles fueron pintados para adornar la habitación en que quería recibir a Monet, de quien estaba enamorado. Y me replica con Kandinsky y su abstracción de inicios del siglo XX, sus composiciones e improvisaciones. Y a la vez me dice que la enamora Munch y su desesperado grito. Y mi turno con el cubismo, con esa realidad vista desde seis puntos de fuga para confluir en un solo lienzo. Matemática del espacio, versión diédrica de la realidad plasmada en retales.</p>
<p>Tiempo que pasa deprisa, entre conversación, entre guiños, entre labios contra labios, caricias de lenguas y nuestras manos dibujando la ternura por entre nuestro cabello. El tiempo necesario para saber que es demasiado, que las prisas nos acucian, que el contacto no es completo hasta que los cuerpos de ambos se conviertan en un amasijo de miembros unos contra otros.</p>
<p>Y ya en casa se desata la creación. Caricias apresuradas, sonrojos que empañan las gafas. Mis manos toman su cuerpo, para tratar de convertilo en obra propia, ni que sea por el corto periodo de tiempo en que será para mi. Deslizo su ropa sobre su piel mientras ella permanece mirándome, con los ojos en crudo que colorean la ternura y ensalzan su propia vergüenza. </p>
<p>-No me mires -me dice, acongojada- apaga la luz<br />
-Quiero verte, quiero sentir tu mirada mientras estamos juntos -le replico</p>
<p>Y acepta, a regañadientes, que pueda observar su cuerpo mientras lo beso, mientras me apodero de sus pezones con la lengua y los mordisqueo, mientras mi boca atraviesa todo su cuerpo para acabar apoderándose de su sexo mientras su mirada suplica que la trate con la fragilidad que me demuestra.</p>
<p>Y la poseo, sin remisión, sin resquemores, pero a la vez con el extremo cuidado de quien trata a algo tan valioso como delicado. Siento como se deshace en mis brazos a la vez que me pide todo lo que yo puedo darle. Con la pasión del primer encuentro y la curiosidad de los desconocidos, sigo en ella, mientras sonrio, mientras busco su oido para contarle cosas abstractas, palabras de kandinsky que dibujen la sonrisa en sus ojos y esa niña, que quiere salir, lo haga a través de sus pupilas.</p>
<p>Y nos deshacemos juntos, entre risas, entre que van a decir tus vecinos, cállate que te van a oir y no golpees el cabecero. Deseo contenido convertido en hilaridad escandalosa. Risa. Satisfacción. Para volver a la ternura que el solo roce de su piel provoca en la mia. Y acomoda su espalda contra mi pecho. </p>
<p>-Abrázame -me pide</p>
<p>Y, queriendo ser VanGogh, la agarro por detrás sujetándole las manos y apretándola contra mi pecho. Así mientras pasan los minutos la voy besando en los hombros, en la espalda, en el cuello discontinuamente como las pinceladas del loco, pero dibujando cuadros cubistas. Porque al fin y al cabo, todos tenemos nuestros múltiples puntos de vista, nuestras visiones encontradas de la realidad, a veces contradictorias, que, como en los cuadros de Picasso, tienen que confluir en un solo lienzo, que resulta ser nuestra vida.</p>
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		<title>Porque tú eras agua</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Feb 2009 21:23:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[En horizontal]]></category>
		<category><![CDATA[Agua]]></category>
		<category><![CDATA[Porque tú eras agua]]></category>
		<category><![CDATA[Porque tú eres agua]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Sed]]></category>
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		<description><![CDATA[Mi camino errático, sin rumbo entre el desierto de mi vida. Desorientado entre las dunas que ocultan si alguna vez hubo horizonte. Y la sed. Esa sed angustiosa. Que reseca la garganta como el más amargo de los sinsabores. Que me deja al borde de la locura abocando mi yo a la nada. Mi vacio. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mi camino errático, sin rumbo entre el desierto de mi vida. Desorientado entre las dunas que ocultan si alguna vez hubo horizonte. Y la sed. Esa sed angustiosa. Que reseca la garganta como el más amargo de los sinsabores. Que me deja al borde de la locura abocando mi yo a la nada. Mi vacio.</p>
<p>Porque tú eras agua.</p>
<p>De ti procedía mi líquido elemento con cada beso de nuestros labios. Y así tu saliva penetraba en mi boca, con ese gusto ácido con reminiscencias a ironía. Y la paladeaba mientras tus ojos entraban en mi como siguiendo el mismo camino. Una saliva fuente de vida, de las que sacian, de las que llenan, que calmaba cada uno de los latidos de un corazón exaltado por el simple hecho de que mis pupilas se posaran en ti.</p>
<p>El sudor de tu piel en contacto con la mia. Ese sudor de gusto salado que se sublimaba ante el calor de la piel contra la piel. Que mis poros recogían en forma de vapor para quemarme por dentro y condensarse en mares de deseo. Que recogían mis manos en la caricia fruto de la ternura que acompañaba cada uno de nuestros encuentros.</p>
<p>Y el líquido obtenido desde el manantial de tu placer, con mi lengua abocada en él. Sus reminiscencias amargas como el Gintonic al atravesarme la garganta. Que llenaban mi cuerpo para henchir mi sexo. Y que a la vez me hacía buscar el alcanzarte el alma en mi intención de corresponderte. La cascada del clímax alcanzado. De tu esencia que cae sobre mi cuerpo. Que impregna el vello de mi pubis al contacto. Fruto del todo compartido.</p>
<p>Por que tú eras mi agua.</p>
<p>Y ahora, ante el vacío del adios, ese agua se concentra en la lágrima que recorre mi mejilla. Esa que baja por mi cara hasta alcanzar la comisura de mis labios y penetrar en mi boca. Atravesando mi lengua para obtener esa escala de sabores, ácidos, salados y finalmente amargos que otrora fuera el gusto a ti en mi paladar.</p>
<p>Dicen que el agua es el setenta por ciento de mi cuerpo. Y quizás lo he perdido en una sola lágrima. Aunque yo tengo esa sed, no por el llanto, sino por haber extraviado el cien por cien de mi alma.</p>
<p><em>Nota: Este es el segundo ejercicio del curso de Escritura Creativa. Es la realización de un relato narrado en subperspectiva, es decir, se coge un objeto y se sigue su camino o ciclo, utilizándolo como vehículo conductor. En este caso el agua, que fluye de una persona a otra y, a su vez, existen otras subperspectivas internas en la narración, porque cada forma de agua entre los personajes (el sudor, el llanto&#8230;) tiene su pequeño recorrido en el relato.</em></p>
<p><em>Por cierto, el primer ejercicio (&#8220;Os doblegaré a todos, doblegaré al mundo&#8221;) ha causado sensación entre los compañeros.</em></p>
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		<title>Veinte años y un día</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Jan 2009 17:03:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[En horizontal]]></category>
		<category><![CDATA[Condena]]></category>
		<category><![CDATA[Veinte años]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando vi la lista de asistentes que me envió mi primo y leí su nombre sentí que estaba condenado. Por curiosidad primero, pero sobre todo por dolor, por odio, por cualquier sentimiento negativo que uno se pueda imaginar. Al fin y al cabo ella había sido la única que había compartido algo conmigo. El resto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando vi la lista de asistentes que me envió mi primo y leí su nombre sentí que estaba condenado. Por curiosidad primero, pero sobre todo por dolor, por odio, por cualquier sentimiento negativo que uno se pueda imaginar. Al fin y al cabo ella había sido la única que había compartido algo conmigo. El resto lo habían hecho con Kelvin. Cuando me dejó lo creó y así había sido los últimos veinte años. No sé si Dumas había sido tan cruel con Dantés, seguramente no.</p>
<p>De modo que me fui el viernes para aquel pequeño pueblo. Hacía dos décadas de la incorporación a la mili de la quinta del 70 (los que no habían pedido prórrogas ni habían salido excedentes, claro) y se celebraba el sábado una cena conmemorativa con toda la gente del pueblo nacidos en aquellas fechas (los residentes, la gente que se había ido a vivir fuera, los hijos de emigrantes que habíamos pasado allí nuestros veranos en la infancia). Y claro, ella también iba a estar allí, le correspondía, de hecho me lo había confirmado también su hermano con quien aún cruzamos alguna que otra llamada telefónica.</p>
<p>Me emborraché tal cual llegué el mismo viernes. Había quedado con Antonio, un buen amigo que hacía mucho tiempo que no veía porque las últimas dos veces que había estado en el pueblo no habíamos coincidido. Y consumí quintos, cené en Híjar y acabamos la noche tomando cacharros en La Botica hasta las tres de la mañana porque era el único bar abierto. No sé si con intención de prepararme para lo que se avecinaba o por el simple placer de parar la centrifugadora a base de etanol. Quizás piensas que si te pasas un día entre borrachera y resaca, la noche siguiente no puede ir a peor.</p>
<p>Sí, claro, eramos del mismo grupo y nos sentaron cerca. La saludé como a una vieja amiga y el grupo de los Woodys, el absurdo nombre de nuestra peña cuando éramos unos crios, conversamos de temas banales siempre ambientados en el irremisible paso del tiempo. Otra de esas conversaciones que te hacen desear ser amnésico. Porque es difícil sentir nostalgia si no recuerdas nada.</p>
<p>Y a medida que la noche transcurría me era más difícil ser yo. La esperanza de cerrar círculos se evapora cuando se hace evidente que has entrado en una espiral donde jamás conseguirás enlazar sus extremos. Y el mundo se convirtió en el escenario de la venganza. De esa vendetta que piensas se debería servir fría como el propio Kelvin pero que se hace incandescente como las mismísimas calderas del infierno.</p>
<p>Así que follé con el odio más salvaje. Fuimos a la casa de mi familia que tenemos allí después de la fiesta posterior a la cena. Quizás para ser aquellos dos críos de diecisiete años que se descubrían por primera vez. Encontré su cuerpo entre los amasijos de recuerdos de mi memoria a la vez que la desnudaba. Pero del tacto de sus caderas, del sabor de sus pezones o del olor de su sexo mientras mi lengua acariciaba la entrada de su vulva no aparecían vestigios en mi cabeza. La ensarté con mi polla con la misma violencia con que se empalaban a los condenados. Pero follábamos de forma asincrona, no porque nuestros cuerpos no mantuvieran el ritmo de las embestidas, sino porque nuestros yos estaban en puntos del pasado que probablemente ni siquiera eran los mismos. Y ni en el momento en que ella por segunda vez contrajo las paredes de su vagina y me clavo las uñas en los hombros conseguí correrme.</p>
<p>No fue hasta que descansamos, hasta que su cabeza reposó por momentos en el hueco de mi cuello y su mano jugaba con el vello de mi pecho, que lo entendí. Que aquella mujer que tenía al lado,  aunque sus huellas dactilares revelaran su identidad, aunque el iris de sus ojos mantuviera aquel verde que dejó sin sentido gran parte de mi vida, no guardaba a la joven que me abandonó aquel sábado del mes de noviembre, no era, en definitiva, aquella mujer a la que yo quería dañar. Y asumí la revelada verdad de que ni siquiera Kelvin podía saciar su complejo de Edipo en aquel cuerpo. Y que, planeado todo para ganar, habiendo conseguido lo que pretendías, teniendola allí, con su mejilla apoyada en tu cuerpo, entregada completamente, incluso así, yo perdía.</p>
<p>No esperé ni al mediodía del domingo para volverme a Barcelona. Y en mi cerebro el único alivio que se graba es la venganza de que ya no es la única que con quien ha estado es conmigo y no con el fantasma del frio. Veinte años y un día, dos décadas y esa noche. La conclusa condena de Kelvin. La que convierte la mía en cadena perpetua.</p>
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		<title>Giradiscos a 45 revoluciones</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Jan 2009 10:34:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[En horizontal]]></category>
		<category><![CDATA[Pelirroja]]></category>
		<category><![CDATA[Singles]]></category>
		<category><![CDATA[Tocadiscos]]></category>

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		<description><![CDATA[La vida, en ocasiones, es como la música. Como los viejos discos de vinilo que sonaban en los platos giradiscos y que ahora se vuelven a poner de moda. O tal vez la vida realmente es música y, a veces, suena esa canción que te llega, que te impacta, y en cuanto la escuchas corres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La vida, en ocasiones, es como la música. Como los viejos discos de vinilo que sonaban en los platos giradiscos y que ahora se vuelven a poner de moda. O tal vez la vida realmente es música y, a veces, suena esa canción que te llega, que te impacta, y en cuanto la escuchas corres al tocadiscos, levantas la aguja y buscas en los surcos el camino de retorno, para repetir, una vez tras otra, esas notas harmónicas que has sentido en tu interior. ¿No lo habéis hecho vosotros alguna vez? ¿No habéis puesto y repetido una vez tras otra esa canción que tanto os ha gustado en ese momento? Me niego a pensar que soy el único melómano obsesivo que hay en el planeta.</p>
<p>Y cuando has escuchado tu canción -porque en esos instantes se convierte en tu canción-, en el momento en que ya se halla grabada en tu mente, tan indeleblemente como el pentagrama que la acoge, puedes continuar escuchando el resto del disco, pero dará igual, sus canciones ya no tendrán tu atención, serán sólo esa música de fondo que escuchas por momentos, porque mientras suenan sus notas seguirás, por dentro, tarareando la melodía aprendida. </p>
<p>Así, quizás, es la vida para mi desde que sonó mi canción. Desde que ella pasó con su música, sus acordes, su compás y su harmonia. Y día tras día, año tras año, desde que ya no está, sigo, sin darme cuenta, silbando la vieja tonada, las notas de un pasado quizás idealizado y ya muy perdido en el tiempo.</p>
<p>De esta manera, e inmerso en mis elocubraciones, estaba en la barra del local pidiendo mi Havana con cola, cuando se acercó aquella pelirroja a intentar llamar la atención de la camarera que servía detrás de la nube de vasos, botellas y alcohol. Y mientras la observaba me dirigió una sonrisa y se acercó para pedirme un cigarrillo. </p>
<p>Automáticamente decidí llamarla WishYou, sería la chica del &#8220;Wish you were here&#8221; de Pink Floyd. Ya sabéis, esas paranoias que tiene uno con la música. Al fin y al cabo nadie recuerda que después del &#8220;Wish you were here&#8221; viene la canción &#8220;Have a cigar&#8221;, pero como sigues tarareando la primera nunca te acuerdas de la segunda. Así, de igual manera, voy yo nombrando a las mujeres que van pasando por mi vida, con las canciones que las eclipsan. Decidí pues, mientras en mi cabeza seguían sonando las viejas notas de mi disco rayado, probar fortuna con WishYou.</p>
<p>- Pues no fumo y no llevo tabaco. Pensaba cogerlo porque sabía que te acercarías esta noche. Pero pensé que iba a hacerle un favor al próximo que intente besarte y así se llevara el gusto de tus labios en lugar del de la nicotina -le contesté con una sonrisa burlesca-. No obstante después de verte bien me planteo si no quiero ser yo el que se lleve el premio.</p>
<p>WishYou se rió, su sonrisa era bonita y sus ojos azulados tenían una mirada limpia y divertida. Y sé que, cuando sonrien después de mis gansadas, tengo mucho camino recorrido.</p>
<p>- Oye -me contestó- ¿y tú que sabes si he venido sola? Podría ser que ya tuviera quien se vaya a llevar ese premio.</p>
<p>Me encantan las chicas que tratan de retarme, y WishYou iba por el camino. Además parecía capaz de replicarme, lo cual, como siempre, me pone aún más.</p>
<p>- Bien, es fácil. Te lo diré esquemáticamente: uno, porque has venido a la barra sola, cosa que si yo hubiera venido contigo no habría permitido a la vista de la cantidad de buitres, como yo, que estamos apostados a la espera. Y dos, y más contundente, ¿crees que me importa con quien has venido? En realidad estoy más interesado en con quien te vas a ir de aquí.</p>
<p>- Oye, Estás un poco subidito ¿no?</p>
<p>La miré directamente a los ojos, fíjamente, intentando dominarla con la mirada, y le hice un gesto, como diciéndole que es que uno es como es. Entonces pasó por mi lado la camarera y le pedí un Gintonic para ella</p>
<p>- ¿Por qué me pides un Gintonic si no sabes lo que bebo?</p>
<p>- Porque todas las mujeres interesantes beben Gintonic -le contesté-. Fíjate, te estoy lanzando un excelente cumplido, y te aseguro que eso no lo suelo hacer comunmente.</p>
<p>- ¿Y si no me gusta el Gintonic?</p>
<p>La miré a los ojos de nuevo. Sí, al mirarla había algo. Ese algo que denota a la mujer que me gusta, a la que me despierta interés. La mujer que bebe Gintonic</p>
<p>- Si no bebieras Gintonic me habría equivocado contigo. No serías interesante.</p>
<p>- Vaya, buena respuesta. ¿Tienes respuesta para todo?</p>
<p>- Para todo salvo para cuestiones metafísicas, pero, en tu caso, es más bien físico todo lo que se me ocurre.</p>
<p>Me encanta sacar la vena sarcástica para acompañar un cierto aire de prepotencia medida, y sé que se me da muy bien hacerlo. Así que, a cada nuevo reto que la pelirroja me lanzaba, lo sorteaba con esa ironía de saber que siempre tengo lo que quiero y cuando yo lo quiero. Y por supuesto, WishYou bebía Gintonic.</p>
<p>Cuando llegamos a casa serían cerca de las cuatro y media de la mañana. El sabor de sus labios ya había pasado por los mios y, salvo un par de cigarrillos necesarios para calmarla, requisados por entre la parroquia del local, había conseguido que no enmascarara su perfume con el humo de los Marlboro que fumaba.</p>
<p>Encendí la chimenea para caldear el piso, que después de pasar toda la noche fuera estaba frio, y le preparé el último Bombay con tónica, que era la excusa para llevarla a casa. Escurrí media lima en su vaso e imaginé como sería el tacto de su cuerpo cuando mis manos la acariciaran y la apretaran como yo estaba haciendo en aquellos momentos con aquel fruto ácido y refrescante.</p>
<p>Al volver de la cocina ya se había quitado el abrigo y hasta los zapatos. Le dí el vaso que había preparado para ella y dejé que sorbiera un poco de su contenido antes de volver a besarla. Cerró los ojos mientras la besaba y se dejó ir en mis brazos. Sus manos me abrazaron, primero por mi espalda, luego por mi cuello para acabar acariciándome el pelo mientras seguíamos con nuestras bocas juntas.</p>
<p>La desnudé a la luz de las llamas, como queriendo combinar el rojizo fuego de la chimenea con su pelo. Haciendo que el natural color pálido de su piel fuera bañado de una luz cálida, para, con su visión, avivar el deseo por aquel calor que siempre busco en las almas de mis congéneres.</p>
<p>Nos tumbamos sobre la alfombra para ser uno. Mi boca devoró su cuello a la par que su respiración se hacía cada vez más jadeante. Recorrí aquella piel centímetro a centímetro, poro a poro, para recoger el aroma de su deseo. Lamí sus pezones, aquellas dos islas de color en medio de una piel tan inmaculadamente blanca. Y recorriendo el camino de su ombligo llegué hasta su sexo para que mi lengua buscara entre los secretos de sus pliegues.</p>
<p>Dediqué un tiempo a que mi lengua se orientara, buscara los caminos que llevan hasta el clítoris, para, al encontrarlo, hacer que mis labios la acompañaran y empezaran a jugar con él. Pero cuando noté que sus jadeos empezaban a convertirse en pequeños gritos paré, y opté por mordisquearle ligeramente el interior de los muslos.</p>
<p>Y a ella no le gustó. Y yo sabía que no le gustaría. Así que cogió sus manos y me estiró del pelo, como intentando volver a llevarme al manantial de su placer. Pero yo ya estaba prevenido. Cogí sus manos, las agarré fuertemente por las muñecas, y, sin previo aviso, pasé mi lengua por su sexo de forma contundente, con fuerza, casi violenta. </p>
<p>- ¿Pretendes dominarme? &#8211; me dijo en voz casi ininteligible.</p>
<p>Sonreí</p>
<p>- Sí, pienso dominarte. Y te va a gustar. ¿Y sabes lo más divertido? Que vas a odiar que te guste pero no lo puedes remediar.</p>
<p>Y gritó. Y me llamó no-se-qué. Y yo aproveché que con una mano podía agarrarle ambas muñecas y liberé mi otra mano para, con mis dedos índice y medio, penetrar de improviso en su vagina. Y empecé a mover mis dedos al compás de mi lengua. Y mientras ésta lamía y buscaba su placer en el clítoris mis dedos acariciaban el interior de su vulva, buscando el punto máximo de su excitación. </p>
<p>Se corrió mientras me gritaba en inglés no se que cosa. La liberé de las muñecas y decidí dejarle la iniciativa. Así que, como yo esperaba, decidió corresponderme y tomar con su boca mi pene, totalmente erecto y dispuesto a dejar constancia de sus ganas de sentir placer. Liberó el  glande tirando para atrás el prepucio con una mano, mientras con la otra me acariciaba los testículos. Y su boca empezó a recorrerme en toda la longitud, sintiendo su lengua juguetear con el extremo por momentos, antes de hacerme suyo en su interior. </p>
<p>La paré cuando sentía que el recorrido hasta mi orgasmo se iba acortando por momentos. La tumbé boca arriba y, de rodillas y dominándola, la penetré. Estaba cálida, húmeda. Y sus caderas me recibían, me acogían y a la vez me repelían cuando alcanzaba la profundidad de su vagina. Nuestros jadeos se acompasaron al ritmo de nuestros cuerpos, nuestras miradas se cruzaban y sus palabras en inglés salían de su boca sin ser yo capaz de procesarlas, y contestando con las que a mi me salían en mi idioma materno, sin tan siquiera conocer si aquello era una conversación o, simplemente, el intercambio de sinsentidos.</p>
<p>Conseguí que se corriera una primera vez y retardé mi orgasmo reduciendo la amplitud de mis movimientos y el recorrido de mi penetración. Seguí con mis embestidas hasta que, la inminencia de su segundo orgasmo, fue el pistoletazo final para dejarme ir y alcanzar al unísono el clímax. Noté sus uñas en la espalda, las paredes de su sexo contrayéndose sobre mi polla, a la vez que yo la llenaba con mi esencia y me dejaba caer sobre su cuerpo.</p>
<p>Me besó y me sonrió aún jadeante. Y yo escondí mi cara en su cuello. Y coloqué mi oreja junto a su cara como queriendo taparme los oidos. Como queriendo dejar de escuchar la vieja canción. Pero ahí estaba, como ha estado siempre. Y cada vez que hago el amor con una nueva persona, aunque por momentos deje de sonar, al final, vuelven a escucharse sus notas.</p>
<p>Sí, la vida es como la música, como los viejos vinilos. Y cuando has escuchado el long play de grandes éxitos, ese que escuchas en su plenitud, a partir de ese momento, lo que viene después son simples singles. De los que giran más rápido, a cuarenta y cinco revoluciones por minuto, como la vida va más deprisa y se acelera con el tiempo. Y esos singles, de una sola canción, jamás se asemejarán al LP original. E, invariablemente, deberás irlos cambiando con cada tema. Canción a canción, momento a momento, persona a persona.</p>
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		<title>Inmersiones en el azul</title>
		<link>http://www.sonoftechnology.net/2008/11/inmersiones-en-el-azul/</link>
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		<pubDate>Sat, 29 Nov 2008 12:41:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie combaten, devoran, transportan a ella todos los horrores terrestres; pero a 10 metros debajo, su poder cesa, su dominio desaparece&#8230; ¡Tan solo en el mar existe la independencia! En él no reconozco señores; soy enteramente libre&#8230;&#8221; (Jules Verne: 20.000 Leguas de viaje submarino) Me encantan [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>&#8220;El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie combaten, devoran, transportan a ella todos los horrores terrestres; pero a 10 metros debajo, su poder cesa, su dominio desaparece&#8230; ¡Tan solo en el mar existe la independencia! En él no reconozco señores; soy enteramente libre&#8230;&#8221; (Jules Verne: 20.000 Leguas de viaje submarino)<br />
</em></p>
<p>Me encantan sus ojos azules. El color azul siempre me recuerda al mar, y el mar siempre ha sido mi símbolo de grandeza, de libertad, de soltar amarras. De sueños lejanos, de esperanzas sobrevivientes. De no pensar en nada más que en mi y lo que hay delante. Deseos de futuro. Por eso me encanta visitarlo, pasear los domingos de invierno temprano, que mis pies toquen la arena de la playa de Gavà y mi olfato distinga su olor en crudo.</p>
<p>Llegamos a casa sobre las tres de la mañana. Creo que andaba algo mareada, porque el vino de la cena, los cocktails y el último Gintónic quizás había sido una dosis etílica demasiado alta. Yo, por el contrario, por mis temores que últimamente padezco, había limitado bastante el consumo y me hallaba lo suficientemente sobrio como para tomar el mando de la situación.</p>
<p>Ya en el sofá me volvió a besar, abriendo los ojos, mirándome fijamente y dejándose llevar. Pose mis labios en su cuello a lo que ella reaccionó jadeando y estirándome del pelo, casi de forma brutal. No tan deprisa, Kelvin, pensé, goza cada uno de los momentos, toma posesión de ellos y no los pierdas, ni se te ocurra perder el control. Poséela, enteramente, como quien dispone de lo que quiere, lo tiene y lo domina. Y se tú con todas  tus fuerzas para sentir en tercera persona.</p>
<p>Sus manos desabrocharon rápidamente los botones de la camisa, con mucha habilidad para su estado etílico, me pareció en aquel momento. Me acarició el pecho y sus labios me lamieron los pezones mientras se incorporaba encima de mi. La camisa salió volando hacia la alfombra, y tras la camisa fueron los pantalones, los zapatos, calcetines y boxers. En un momento estaba completamente desnudo. Ella se desabrochó el sujetador para darme acceso a sus pechos. Mis dedos y mi lengua jugaron con aquellos pequeños pezones morados, mordisqueándolos, pellizcándolos, rodeando la aureola con la lengua para después succionarlos e intentar sacarlos de allí. A cada acción de mis dedos y mi lengua ella contestaba con un gemido. Y mientras tanto, inicié mi exploración en su pubis, moviendo mi mano hacia él y buscando entre los pliegues de su sexo, debajo del tanga, el clítoris, para acariciarlo a la vez que le lamía los pezones.</p>
<p>Los gemidos ahogados empezaron a convertirse en pequeños gritos de placer. Su mano buscó mi miembro y empezó a masajearlo de delante a atrás, en un movimiento de masturbación constante que me hizo ponerme totalmente excitado. Lo estiraba como quisiera arrancármelo, yo apretaba mientras el glande se ponía cada vez más duro, mientras el capullo se engordaba y deseaba cada vez más hundirlo en su coño.</p>
<p>La aparté de mi y la tumbé sobre el sofá para situarme encima. Coloqué una rodilla junto al respaldo y mi otro pie en la alfombra para penetrarla con mayor facilidad. Ella me recibió con su coño totalmente húmedo. Sus piernas me rodearon y sus talones se posaron en mis nalgas para marcar el ritmo que a ella le gustaba. Entraba y salía de ella mientras mis labios se pegaban contra los suyos y nuestras lenguas invadían la boca del otro. Sus manos rodearon mi cuello para intentar que no me separara mucho de ella, me besaba locamente, casi sin dejar que apartara mis labios de los suyos. Aceleré el ritmo de mis embestidas cuando noté que sus gemidos iban in crescendo. Me gusta así, me dijo, algo que obviamente yo ya había adivinado. De repente profundicé más en mis embestidas, las hice más profundas cuando adiviné que estaba a punto de correrse, y minimicé mi salida de ella para retener yo mi orgasmo.</p>
<p>Se corrió salvajemente. Su manicura francesa en aquellas uñas tan largas quisieron tatuarme la espalda, depilada de aquella misma tarde. Y yo descansé sobre ella un momento, empapado en sudor pero deseoso de seguir hasta correrme. Mantuve mi polla dentro de ella, dura, expectante, mientras me tomaba un segundo de respiro. Y volví a la carga. Dejé posar todo mi cuerpo sobre el suyo y la agarré por las caderas, como a mi me gusta, para marcar entonces mi ritmo. Dios, me vas a arrancar el D.I.U. si sigues así animal, me comentó. Pero yo no estaba para comentarios ni me apetecía jugar a los diálogos obscenos, quería utilizarla para correrme, y a la vez mi ego pretendía que ella se corriera conmigo una vez más. Así que empujé duro y profundo, mis caderas hacían circulos y embestían, mis labios buscaron ese punto en su cuello que yo sabía que la volvía loca. Y sus jadeos volvieron a ser gritos ahogados, anuncios de un nuevo orgasmo en ciernes. Golpeó varias veces el puño contra el respaldo del sofá, en lo que intuí era el preámbulo del nuevo orgasmo y ese gesto me excitó muchísimo. Notaba que llegaba mi orgasmo, que era inevitable, en el mismo momento en que ella gritó un así, no pares que me estoy corriendo&#8230; y ante eso me corrí y mi semen salió disparado hacia el fondo de su vagina.</p>
<p>Me mantuve un rato encima de ella hasta que volvió sus ojos hacia mi. E hice lo que hago siempre, meterme en ellos. Pero, por esta vez, fue sin buscar nada adentro, sin ese afán de apoderarme de lo que no es mio. Quizás porque tampoco me interesara lo que podía encontrar. Algo así como en esas inmersiones que se hacen alejados de la costa y los arrecifes, las inmersiones en el azul. Donde te sumerges tan sólo por aislarte, para no saber en donde estás, sin ánimo de encontrar nada adentro, simplemente con la intención de notar lo que se siente estando ahí, la sensación de ingravidez, sin esa fuerza que te tira contra el suelo, sin el peso de sentir el alma. Una inmersión casi en tercera persona.</p>
<p>Buscando un entorno inóspito de carencia de aire, solamente, entrar y no ser yo, con mis superficiales paranoias, mis personajes inventados para justificarme, mis centrifugados y obviedades no asumidas. Para sentir la independencia del capitán Nemo, la libertad fuera de los dominios de los demás, de sus horrores, de sus disparos, del dolor que siempre transfieren, y de los mios propios que en esos momentos dejas abandonados en la rizada superfície.  A diez metros de profundidad, bajo la superficies de sus pupilas. Siendo yo.</p>
<p>Sí, me encantan los ojos azules. Quizás porque me ayudan a olvidar la destrucción que guarda el marrón de los mios en la superfície&#8230;</p>
<p>Y mientras vuelvo para casa desde El Masnou, tras haberla dejado, pienso en todo el tiempo que me queda para volver a encontrar otro arrecife lleno de vida, donde me sumerja para rodearme de toda clase de colores marinos. Y en todas esas inmersiones en el azul, terapias de ego, que necesito para satisfacerme hasta entonces. Y en el miedo que me da hacer bajar a otra persona a las profundidades sabiendo que no lleva aire en la botella suficiente y que yo no le daré.</p>
<p>Maldigo el que sea así, el que no me basten la ternura de unos ojos azules, las caricias de alguien que te sonria, el sexo de alguien que se entrega a ti, y que nunca me haya satisfecho el cariño de tantas personas que han pasado. Maldigo necesitarlo todo en los extremos y no ser un conformista al que las cosas le basten si le compensan.</p>
<p>Odio tener que reconocer que donde soy feliz es con la mar picada, con vientos huracanados, con grandes olas que te llevan arriba y abajo y no bajo una suave brisa y el mar en calma. Y ¡ es tan difícil vivir entre borrascas y tempestades ! Pero,  ¡ son tan necesarias para mi ! Inmersiones en el azul no, contra la abrupta costa sí, pero con grandes corrientes, aunque tengas el peligro de que las corrientes te destrocen contra los acantilados.</p>
<p>Creo que he llegado a entender que soy un marino loco. De atar.</p>
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