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	<title>Zero Kelvin &#187; El congelador</title>
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	<description>Huellas de unos dedos congelados</description>
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		<title>Donde las malvas echan raíces</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jan 2010 18:49:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Donde las malvas echan raíces]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde hace un tiempo que escribo muy poco, las historias no fluyen de mi cabeza. Hay un par de relatos inacabados que no sé transcribir. Hay una historia para novelar cuyas palabras no llegan a mis dedos. Leyendo a Vila-Matas y sus Bartlebys imaginaba a toda esa serie de autores que, en un momento determinado, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Desde hace un tiempo que escribo muy poco, las historias no fluyen de mi cabeza. Hay un par de relatos inacabados que no sé transcribir. Hay una historia para novelar cuyas palabras no llegan a mis dedos. Leyendo a Vila-Matas y sus Bartlebys imaginaba a toda esa serie de autores que, en un momento determinado, dejaban de escribir. Y ansiaba encontrar los diferentes por qué de esas ausencias. Y ahora, que trato la mía, me doy cuenta de que no escribo porque estoy a gusto. Es más sencillo imaginar los sentimientos, los deseos, las ideas, cuando careces de todo ello. Pero cuando lo tienes, te das cuenta de que deseas disfrutarlo y de que ya no puedes imaginar mejor forma de buscar tu felicidad que viviendo la que tienes. Así que me estoy convirtiendo en un Bartleby feliz. Y sólo mis ansias de llevar la contraria, mis tendencias a la infelicidad, me consiguen poner al teclado del ordenador para intentar maltratarme a mi mismo, estrujarme bien las entrañas, para poder sacar algo que darles para leer a ustedes. &#8220;Donde las malvas echan raíces&#8221; es eso, un trocito de mi infelicidad encontrado tras buscar mucho.</em></p>
<p><strong>Donde las malvas echan raíces</strong></p>
<p>- Abuelo Zacarías, abuelo Zacarías, venga corriendo -gritó desde la calle a pleno pulmón Javier, el nieto de los Gareta, que regentaba el estanco del pueblo.</p>
<p>Yo, como otras tantas veces, me hice el sordo. Los jóvenes ya no respetan a los mayores y, desde hacía unos años, había decidido hacerme el sordo pese a que aún tenía la agudez en los timpanos como para deteminar si la moto que pasaba por delante de la puerta era la de Emilio el cartero o la de Juan, el chico de los Bordonaba. O para escuchar el pregón del ador y saber si se tenía que regar por la huerta del camino de Híjar o el agua llegaba a la rinconada del cura, en el Corral del Mirón. Haciéndote el sordo te trataban como &#8220;ese viejo que ya de nada se entera&#8221;, y yo podía vivir la mar de contento sabiendo de todo y con la sensación de que a nadie preocupaba hablar delante de ese pobre anciano que igual que no oye, tal vez ya ni siquiera rige en sí.</p>
<p>- Abuelo Zacarías -continuó gritando Javier picando fuertemente el picaporte de casa.<br />
- Ya va, ya va, hijo -le contesté-. ¿No sabes que uno ya no puede correr de un lado a otro a ciertas edades?<br />
- Ay, abuelo Zacarías, pero es que tiene que venir. Es Laura -dijo acelerado-. La ha arrollado el tren mientras cruzaba por el camino del silo.<br />
- ¿Laura? -grité yo-. ¿Nuestra Laura?<br />
- Sí abuelo Zacarías, la ha matado el tren -balbuceó Javier entre lágrimas-. Es nuestra Laura.</p>
<p>Los corazones se congelan. De repente es como si dejaran de latir, como si no pudieran guardar dentro de sus ventrículos ni una sola gota de fluido caliente y la sangre, al pasar por él, se conviertiera en escarcha. Creo que tras recibir la noticia solo atisbé un ligero sabor salado en mis labios, producto supongo de alguna de las pocas lágrimas que mis ojos eran capaces de segregar. Y deseé que esas lágrimas fueran tinta, tinta indeleble con la que poder escribir mi historia. Mi primera historia, y seguramente la última, que escribía desde los últimos 5 años. Volvieron la sensación de odio y de tragedia. Pasé por el kiosko y compré un paquete de DIN A4. Y pensé que mi tumba volvería a florecer. Que ya tenía flores para Laura.</p>
<p style="text-align: center;">*****</p>
<p>- Zacarías, ¿no te esperan en la biblioteca para leer los relatos? Es jueves&#8230; -sugirió Sixto desde el otro lado de la barra del Brillante, el bar donde entretenía mis tardes entre vapores etílicos y nostalgía de días mejores.<br />
- Que esperen y déjame que me acabe el cubata -le contesté bruscamente.<br />
- Es que es el cuarto, y son las siete y diez, te deben estar esperando desde hace un rato.</p>
<p>Vaya, otro maldito jueves. Otro de esos días donde la puta celebridad del pueblo tenía que leer aquellos cuentos que escribía delante de un puñado de paletos más entusiasmados por tener a alguien que hiciera que el nombre de aquel pueblucho saliera en los diarios que por escuchar los textos en sí. Como maldecía a aquel puñetero juez de paz y a su maldita resolución de tener que hacer trabajos para la comunidad por haberle arreado al borracho de Perico con el mango de la azada. ¡Como si aquel zopenco no se mereciera una somanta de palos por haberse meado en la puerta de la cochera de mi casa! Por suerte me quedaba sólo mes y medio de sufrimiento para librarme de aquel castigo que me había tenido amargado el último año. Aunque pensándolo bien tampoco era mal negocio, al fin y al cabo Perico había ido al hospital con dos costillas fisuradas y no se había vuelto a mear en la puerta, aunque a esto último quizás había ayudado el que ahora le echaba zotal a menudo.</p>
<p>Cuando llegué a la biblioteca del pueblo ya tenía al alcalde con cara de cabreo y listo a lanzarme improperios, pero me adelanté para mirarle con mi cara de desdén habitual y dejar que mi aliento a ginebra le hiciera repensarse lo que pretendía hacer.</p>
<p>- Llega tarde -se limitó a decir.<br />
- Digale al ministro que me lo descuente de la pensión -le contesté.<br />
- ¿Va a leer de una vez la historia del fantasma de la fábrica de los Tobías?</p>
<p>El alcalde se referia a la historia que todo el pueblo conocía. Cuando aquella superstición popular se convirtió, echándole yo un poco de imaginación literaria, en libro todos se sintieron orgullosos de ser &#8220;del pueblo de los Tobías&#8221;. Y cuando Ibañez Menta, el padre del del &#8220;Un, dos, Tres&#8221;, cogió el relato para hacer un capítulo de televisión con él, pasé al estadio de héroe popular e hijo predilecto de aquel pueblucho.</p>
<p>- No, dejaré esa puñetera historia para mi último día de condena. Creo que hoy optaré por leeros las peores historias para no dormir, no aquellas que hablan de tragedías, sino simplemente las que hablan de odio y muerte.</p>
<p>Asi que me dirigí a la mesa de lectura donde ya me esperaban algunos de mis vecinos del pueblo y escogí uno de los libros con mi firma que había allí. Abrí el libro por una página al azar y, dado que me satisfacía el relato que apareció, busqué su inicio para comenzar la lectura. </p>
<p>Antes de hacerlo miré furtivamente a los presentes. Y me giré hacia la puerta entornada detrás mío para asegurarme que los chiquillos estaban allí, con la esperanza de que mis relatos de odio, de sangre, de perversidad les produjeran pesadillas las próximas siete noches, al menos hasta la lectura del jueves siguiente. Aquellas sesiones no estaban permitidas para los menores de catorce años, pero yo sabía que los críos se agolpaban detrás de la puerta para oir mi voz ronca, y a veces titubeante por el exceso de alcohol, relatar aquellas oscuras historias. Reí para mis adentros y expuse la historia del condenado a la soga, aquel que mataba para que el alma de las personas se quedara dentro de él y pudiera vivir por siempre al sumar la duración de aquellas a la suya propia.</p>
<p>Cuando acabé se fueron marchando todos. En el rostro se les veía la cara confundida. Por una parte, mostraban el orgullo de pertenecer al pueblo donde había aquel escritor. Por otra, no entendían que aquel horror en las historias pudiera ser considerado literatura y pudiera vender un solo libro en las tiendas de las capitales.</p>
<p>Me quedé mientras Pedro, el bibliotecario, acababa de ordenar los volúmenes en las estanterías. Aquel era mi momento para reconciliarme con la literatura, para cultivarme yo, para alcanzar a encontrar a Dickens (cuyos fantasmas estaba seguro que cualquier Navidad vendrían a verme), a Galdós de quien admiraba su realismo pesimista, o para adorar al Heathcliff de Brontë mientras paseaba por la oscuridad de aquellos páramos tan parecidos a mi propia existencia interior.</p>
<p>De repente alguien se plantó delante de mi. Era una cria de unos diez años de edad, morena, que llevaba en la mano el libro que yo había leído hacía unos minutos</p>
<p>- ¿Tú escribes esto? -me preguntó.<br />
- Esto no está escrito para que tú lo leas, y sí, yo escribo estos libros. ¿De dónde lo has sacado? ¿Has venido con esos críos idiotas que se ponen detrás de la puerta?<br />
- He venido con mi primo Javier. Mis padres me han enviado con los abuelos a pasar el verano. ¿Por qué escribes cosas tan horribles? -inquirió la pequeña.<br />
- Dame ese libro -le dije mientras se lo quitaba de las manos-. Escribo porque me pagan por ello, escribo porque me gusta escribir.</p>
<p>No le iba a explicar a la pobre criatura el por qué relataba aquellas historias llenas de odio, llenas de muerte. A veces ni yo mismo lo sabía. Al principio pensé que porque odiaba a mis congéneres por lo que me había dado la vida. Por lo que yo había querido tanto y no me había correspondido el destino. Más tarde llegué a la conclusión de que a quien odiaba realmente era a mí mismo. Y que la causa más probable era porque sentía por mi un menosprecio infinito al no ser capaz de odiar a la gente tanto como la había querido anteriormente. Al menos a alguna gente que no quiero mencionar.</p>
<p>- ¿No me vas a dejar leer tu libro? -me dijo la pequeña.<br />
- No puedes leer este libro, es para gente mayor -le contesté. Y no porque no me apeteciera que aquella cría pasara un mal rato con él, sino porque si alguien se enteraba de que había dejado que leyera esas historias, probablemente el puñetero juez de paz prolongara mi agonía de los jueves algunos meses más.<br />
- Pero es que yo quiero leerlo -insistió.</p>
<p>No me quedó más remedio que llevarla a la sala de lectura infantil y prometerle que algún día leería el libro pero que mientras tanto era mejor que se leyera a Ende, o a Stevenson.</p>
<p>- ¿Ya has leído &#8220;La isla del tesoro&#8221;? Es mejor empezar con malos con corazón, como Long John Silver antes de que te encuentres con los que te arranquen las entrañas sin compasión, pequeña.<br />
- ¿Me vas a dejar leer libros sobre gente mala? -preguntó ella.<br />
- Bueno, te voy a ayudar a leer libros. Donde encontrarás gente buena y gente mala. Tú tendrás que elegir cual te gusta, con cual te quedas y cual quieres ser cuando seas mayor.</p>
<p>Fue así como conocí a aquella niña, Laura Gareta. A la semana siguiente volvió a aparecer por allí después de la lectura, intentando coger el libro de turno y acabando, esta vez, leyendo el Momo de Ende. Pensé que aquello no duraría mucho, pero el jodido alguacil me pilló un día que iba yo demasiado perjudicado devolviéndole la jugarreta a Perico en la puerta de su casa. Y el alcalde, a quien el éxito de ver gente en la biblioteca en horas de bar le tenía entusiasmado, habló con el juez de paz para alargar mi purgatorio de lecturas seis meses más. Y esta vez, además, tuve que pagar una multa que alcanzaba casi la mitad de mi pensión. Y lo peor de aquel castigo fue volver a encontrar la sonrisa de aquella cría semana tras semana.</p>
<p>Dejé de escribir. Lo hice porque sentado en el escritorio de mi casa era incapaz de conseguir que los pensamientos y las sensaciones de odio se apoderaran de mi. A cada libro que le daba a leer a Laura significaba un trozo de mi memoria que se desprendía. En vano hice intentos para recuperar mi estado de odio, por satisfacer mi ira. Desde esclafar tres docenas de huevos en la ventana de la cocina del alguacil hasta tapiar una noche la puerta de la casa del alcalde con ladrillos y argamasa, con muy poca traza, tengo que confesar. Pero sólo me llevaron estas fechorías a que me viera los tres próximos años leyendo en la biblioteca, y no ya sólo los jueves, sino también los lunes y todos los miércoles que no hubiera fútbol por la tele.</p>
<p>Leía en los periódicos todas las masacres mundiales y pasaba horas viendo imágenes sanguinarias en los telediarios de mañana, tarde y noche. Pero me daba cuenta de que mi musa, que no era otra que aquella capacidad mía para odiar, me había abandonado.</p>
<p>Un par de semanas después, en otro intento desesperado por recuperarme, me di una vuelta por el cementerio. Allí, paseando entre nombres olvidados, busqué la tumba de Félix, el boticario avaro que aterrorizaba a los críos. Después busqué a Salvador, aquel abuelo que recordaba yo de pequeño y que en el pueblo se decía había denunciado a más de 250 rojos para conseguir que los fusilaran en el 39. Y así, rememorando villanos, fui descubriendo tumbas a cada cual más rodeada de malvas y flores. Era curioso que aquellas tumbas, maldecidas por todos, eran las más floridas, sobre las cuales crecían más flores silvestres que en todas las restantes. &#8220;El bien y el mal está dentro de nosotros&#8221; me dije. Y entendí que a aquellos que durante la vida solo usaban lo peor de si mismos solo les quedaba su lado amable para después de morir. Que aquellos corazones, donde la parte buena había quedado encerrada y bloqueada de por vida, se convertían ahora en, tan sólo, los lugares donde las malvas echaban las raíces. Que desperdicio.</p>
<p>Y pensando en la injusticia de la muerte en aquel cementerio corté las flores de aquellas tumbas y las repartí entre aquellos que quizás más las merecieran. Dejé algunas en la de Sebas, el chico que salvó a media clase de cuarto curso de ser atropellados por un camión en la carretera general. Otras en las de María, aquella prima mía lejana que murió al dar a luz a sus gemelos. Y lentamente salí del cementerio y seguí releyendo los viajes de aquel intrépido personaje por mundos de liliputienses y gigantes. Aquel libro que, al día siguiente, daría a Laura como siguiente tarea de lectura.</p>
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		<title>Escenas: La Biblioteca</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2009 12:20:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[La Biblioteca]]></category>
		<category><![CDATA[Novela]]></category>

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		<description><![CDATA[Bueno, ya ando liado con mi curso de Novela, que me está haciendo saltar de lo que eran mis pequeños relatos cerrados a realizar esfuerzos dirigidos a crear algo un poco más consistente. Y dentro de los ejercicios, el primero que nos han puesto, es preparar una escena donde tengamos un objeto que nos sugiera [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bueno, ya ando liado con mi curso de Novela, que me está haciendo saltar de lo que eran mis pequeños relatos cerrados a realizar esfuerzos dirigidos a crear algo un poco más consistente.</p>
<p>Y dentro de los ejercicios, el primero que nos han puesto, es preparar una escena donde tengamos un objeto que nos sugiera o nos lleve en la narración a algo, a un símbolo o finalidad.</p>
<p>Las opciones objeto-destino eran:</p>
<p>Biblioteca &#8211; Universo<br />
Emisora &#8211; Falta de comunicación<br />
Libro &#8211; Vida<br />
Ordenador &#8211; Anonimato<br />
Perfume &#8211; Amor<br />
Farola &#8211; Miedo<br />
Laberinto o Ciudad laberíntica &#8211; Muerte</p>
<p>Esto es lo que se me ha ocurrido, eligiendo para mi ejercicio la primera opción. He usado el recurso del secreto, es decir, poner una escena donde al final se entiende que el personaje sabe algo que no sabe el lector (lo que pasará mañana, un hecho o algo). Y rememorando mis tiempos de creativa, una pequeña subperspectiva como recurso de estilo, al describir la luz de los astros entrando por los ventanales.</p>
<p><strong>El insomnio de la vispera del mañana</strong></p>
<p>Albert se levantó en mitad de la noche, o sería de la nada. Los destellos de la luna llena iluminaban su habitación y tanta luz inundando su obscuridad no le permitía permanecer en su mundo de sueños de tinieblas.</p>
<p>Bajó a la biblioteca para buscar un punto de referencia en su universo y en el tiempo. Realizando el ritual de siempre. Recorrer los estantes repletos de grandes volúmenes. Pasear entre las ediciones de los griegos clásicos, divisar detrás del aparador cerrado con cristal los viejos pergaminos asirios traídos en diversas expediciones por sus antepasados más aventureros o tomar entre sus manos las crónicas de los conquistadores españoles en el nuevo continente. Incluso, en momentos de extrema inquietud, ser capaz de acariciar los infames volúmenes de Henry James como si fueran obras maestras. Recorriendo libro por libro, universos espaciales y temporales.</p>
<p>Por momentos se plantó delante del gran ventanal para observar el cielo, divisando sólo aquellas estrellas cuyo resplandor no era diluido por el disco lunar en incandescencia. Y observó como la luz de los astros recorría millones de kilómetros, para atravesar la atmósfera, doblegar la resistencia del cristal y penetrar en la estancia hasta acariciar los arcaicos tomos allí recogidos. Y de esta manera parecía que  la constelación de Andrómeda  desplazara a la Eneida a millones de años luz. Y el Centauro se fusionaba con el Titus del viejo Bill. </p>
<p>Volviendo la vista hacia Pegasus, apagado en el cielo, siguió su leve reflejo, hacía su propia obscuridad, y persiguiendo el haz luminoso se situó frente a los tomos de Byron y Poe. Y aquella biblioteca se convirtió, como tantas otras noches de desvelo, en su particular universo. Y pensó que todo aquel pasado recogido en millones de letras tan conocido para él no le libraba de esa angustia por no saber lo que le iba a deparar aquel mañana que tanto tiempo llevaba esperando. </p>
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		<title>Las llaves del efímero reino de la locura</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Sep 2009 17:11:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Delhi]]></category>
		<category><![CDATA[Ilusión]]></category>
		<category><![CDATA[Locura]]></category>

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		<description><![CDATA[In whatever we say we show no emotion (“No Emotion”, Idlewild) Sentado en el suelo, recostado contra la pared, observo a la gente transitar por la estación, entrando y saliendo de los trenes. Transeúntes que van y vienen, que salen de unos vagones para, en ocasiones, meterse en otros. Hombres ataviados con ropajes locales, turistas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>In whatever we say we show no emotion (<a href="http://www.sonoftechnology.net/2009/08/no-emotion/">“No Emotion”, Idlewild</a>)</em></p>
<p>Sentado en el suelo, recostado contra la pared, observo a la gente transitar por la estación,  entrando y saliendo de los trenes. Transeúntes que van y vienen, que salen de unos vagones para, en ocasiones, meterse en otros. Hombres ataviados con ropajes locales, turistas que presentan sus inconfundibles sandalias con calcetines blancos, maremágnum de seres humanos que mantienen su nivel de cordura en función de unos cánones que siguen con el fervor de ser como los demás en un mundo uniforme. Ojos que miran pero no ven, y lo que es peor, que no dejan ver dentro de ellos. Almas atrapadas en cuerpos que siguen la rutina. O quizás mi dislocada percepción de la realidad aquí sentado.</p>
<p>Me viene a la memoria aquella noche de Reyes de 1979, el año de la bicicleta, de los contrastes, del fin de la ilusión.  Recuerdo que José Manuel Bueno, mi compañero de pupitre, me había dicho que estaba equivocado,  que los Reyes eran los padres. Yo no quería creerlo, entre otras cosas porque estaba esperando que la noche del cinco al seis de Enero me dejaran una magnífica bicicleta de color azul y marca BH que había visto en una tienda un día que mis padres me habían llevado a ver juguetes. Así que aquella noche hice que me iba a dormir pronto, pero me mantuve despierto y así vi como mis padres trajinaban con cajas de las que salían juguetes para mi hermano y aquella deseada bicicleta. A la mañana me levanté temprano para ver que aquella bici seguía allí, pero la ilusión no era la misma.</p>
<p>— Sé que los Reyes sois vosotros, me lo explicó el Jose —le dije a mi madre.</p>
<p>—Bueno, pues a partir de ahora, que ya lo sabes, tendrás que ser responsable y no pedir más de lo que puedas tener. Y no se te ocurra abrir la boca delante de tu hermano —me espetó ella.</p>
<p>Nunca un regalo me pareció menos interesante que aquella bicicleta, que tan deseada había sido. Ganar algo a cambio de perder la ilusión, ¡Vaya trato más desfavorable! ¡Y qué lástima que esas lecciones de la vida aparezcan tan pronto que no te permitan aprender de ellas!</p>
<p>Y así como mis ojos de niño resplandecían cuando querían aquella bicicleta, a lo largo de la vida, han brillado por otras razones. Por los pequeños trofeos conseguidos, las metas marcadas y asumidas.  Recordar la nota de selectividad que me permitía entrar en Industriales, el primer beso de Sonia, al tribunal del proyecto final de carrera otorgándome un Sobresaliente y dándome el título de Ingeniero.  La primera entrevista de trabajo en qué me dijeron si podía empezar el uno de Junio. Pero son tan efímeras esas alegrías, que ahora, muchos años después, sólo permiten extraer de mí una ligera sonrisa de melancolía y tristeza. Porque a una nota de selectividad le siguen tediosos días de clase en la universidad. Porque a un beso de Sonia siguió, tiempo después, una descorazonadora ruptura. O al proyecto final de carrera y la entrevista de trabajo le siguió la rutina del día a día laboral. Y, así, me convertí en alguien como los demás, con ojos que no veían y que, por encima de todo, no debían de ninguna de las maneras dejar entrever lo que llevo dentro.</p>
<p>Sentado en mi rincón de la estación de Delhi pienso en aquellos pequeños momentos de locura, en que deseaba algo con ilusión y sonrío para mí. La gente al pasar me mira con la extrañeza de la ignorancia. “¿Qué hace una occidental vestido con harapos y pidiendo limosna con un plato de cobre en que reposan algunas monedas?” deben pensar. Los tiempos de explicar historias y que te pagaran por ello ya quedaron muy atrás. Si perduraran les explicaría que fui directivo de Siemens, les enseñaría la tarjeta de visita que aún guardo en mi bolsillo y que pone Carlos San Miguel, Business Unit Manager. Que un día salí a buscar la ilusión por el mundo. Que abrí los ojos con la intención de que todo el mundo viera lo que llevaba dentro. Y que ese plato de cobre guarda cada día la esperanza de recoger las suficientes monedas para comprar el billete que me lleve a la siguiente estación. Y que cada mañana, mientras sitúo el plato vacio junto a mí en aquel andén, pienso en que al terminar el día tendré mi regalo, y que, aunque no sea un bicicleta, un beso de Sonia o un trabajo bien remunerado, me permitirá que mis momentos de loca ilusión puedan seguir un día más.</p>
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		<title>Las pequeñas cicatrices escritas en minúsculas</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Sep 2009 14:37:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Dolor]]></category>
		<category><![CDATA[Palabras]]></category>
		<category><![CDATA[Tiempo]]></category>

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		<description><![CDATA[Los chicos como él no miran a los ojos cuando se te cruzan por la calle. Simplemente siguen su camino, ese que tienen marcado y que ineludiblemente transitan sin atender a detalles del trayecto. Ya puede dirigirse a ellos la chica más bonita que, sentada en un bordillo, se come un donut en pleno éxtasis [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los chicos como él no miran a los ojos cuando se te cruzan por la calle. Simplemente siguen su camino, ese que tienen marcado y que ineludiblemente transitan sin atender a detalles del trayecto. Ya puede dirigirse a ellos la chica más bonita que, sentada en un bordillo, se come un donut en pleno éxtasis de hacer una chiquillada o se puede poner a su lado la más espectacular rubia vista últimamente. Para él todo pasará de largo, todo será un simple detalle insignificante, una anecdótica situación del entorno que no requiere la más mínima de sus atenciones.</p>
<p>La vida transcurre entre procesos automatizados. En los treinta y siete minutos exactos que pasan desde que suena el despertador hasta que sitúa la llave en la cerradura para abandonar su casa por las mañanas. En el periodo que, estadísticamente pero dependiente del tráfico matutino, mide ocho minutos y cuarenta segundos desde que se enciende el motor de la scooter hasta que aparca junto a la estación de los ferrocarriles de la Generalitat. En el resto de repetitivas tareas (viaje en tren, transbordo en metro, llegada a la oficina e incluso los 14 segundos y medio que tarda el ascensor en subir los diez pisos necesarios para llegar a su ubicación) en que se desglosa el tiempo, eso tan etéreo y a la vez tan angustiosamente delimitado y dividido en fracciones, que compone su existencia.</p>
<p>Tan sólo en los ratos en que nadie mira, el chico coge un libro y busca palabras, frases, citas que consigan sacarle de su propia programación automatizada. Palabras que se cuelan debajo de su piel, que le producen esas pequeñas cicatrices que su lado masoquista, ese que quiere sentir, necesita para que el dolor que le producen pueda alimentar de combustible toda esa indiferencia con que debe proceder para actuar con el mundo.</p>
<p>Porque puestos a sentir dolor, casi mejor que sea el de la propia existencia.</p>
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		<title>Doscientos treinta y ocho</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Sep 2009 17:39:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Doscientos treinta y ocho]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>

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		<description><![CDATA[El alférez Montero aguardaba junto al pelotón la llegada de Mosén Alberto. Las primeras rayadas de sol ya habían aparecido por encima de las cumbres que rodeaban el pueblo, pero el cura de marras continuaba sin llegar. “Lo entiendo, tampoco debe ser muy agradable para él” pensaba para sí el alférez. Junto a la tapia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El alférez Montero aguardaba junto al pelotón la llegada de Mosén Alberto. Las primeras rayadas de sol ya habían aparecido por encima de las cumbres que rodeaban el pueblo, pero el cura de marras continuaba sin llegar. “Lo entiendo, tampoco debe ser muy agradable para él” pensaba para sí el alférez. Junto a la tapia del cementerio donde se hallaban había un hombre de unos cuarenta años, con la camisa hecha jirones y la piel agujereada por las marcas de las diferentes torturas que le habían aplicado la noche anterior para que soltara alguna confesión con que justificar su muerte. Las manos atadas a la espalda y la venda en los ojos, siguiendo el procedimiento. Quizás gritara “Viva la libertad” o “Viva la república” mientras sonaran los fusiles. El alférez Montero había empezado a imaginar si el reo gritaría o no, si suplicaría o si se giraría de espaldas en el último momento.</p>
<p>Por suerte, por aquel entonces, las ejecuciones ya eran menos numerosas. Sólo se solían fusilar a una o dos personas a la semana, cuando, al acabar la guerra, eran frecuentes las veces en que la tapia del cementerio se llenaba de hombres, hasta doce o trece, que iban a ser ajusticiados. Así que los trabajos posteriores para enterrar los cuerpos en la fosa común se hacían menos laboriosos. Quizás un poco de retraso había perdido importancia y era la forma en que el mosén otorgaba un poco de piedad al reo o, quizás, a su propia conciencia.</p>
<p>Por fin apareció, sotana negra y biblia en mano, para cumplimentar la paz espiritual con que se debía tratar a aquel hombre. Paradojas que llevan a torturar en vida e intentar consolar en la muerte. Como ocurría en el noventa por ciento de los casos el condenado rechazó al cura de forma soez, lanzándole insultos tanto a él como a lo que representaba. Y acto seguido siguió el protocolo y el pelotón apuntó y disparó a la orden del alférez. Éste se dirigió hacia el cuerpo inerte, pistola en mano para asestar el tiro de gracia. Lo hizo lentamente, casi con desgana, intentando recordar porqué lo hacía, pero, cada vez, había tantos recuerdos, en concreto doscientos treinta y seis tiros de gracia anteriores a aquel doscientos treinta y siete,  que la imagen de los suyos se diluía en su memoria y era imposible extraer el odio suficiente para que aquello no le importara.</p>
<p>Seis años atrás él era tan solo un adolescente de quince años en un pueblo de la ribera del Ebro. Su hermano mayor, Luís, se había hecho de la Falange en un fervor romántico por las rosas y las pistolas. Probablemente no supiera tan siquiera que era la Falange o cual era su fin. Pero era tan fantástico pertenecer a ese grupo de exaltados defensores de lo que él consideraba el bien, lucir aquella camisa azul y cantar al amanecer, que había sucumbido con el fervor de los conversos. Incluso quiso convertirlo a él en un flecha, miembro de las juventudes de Falange, pero para Santiago Montero había cosas más importantes que el amor patrio o la redención del pueblo.</p>
<p>Cuando estalló la guerra les pilló en la zona que permaneció fiel al gobierno de la República y Luis huyó hacia Navarra con la intención de formar parte del núcleo fascista encabezado por Mola. Su padre, propietario de varias fincas, no quiso abandonar el pueblo. Nada había hecho que mereciera castigo, o al menos eso pensaba él de votar a la CEDA. Pero un día un grupo de anarquistas pertenecientes a la columna de Durruti irrumpieron en el pueblo. Hicieron salir a todo el mundo a la calle y les hicieron levantar el puño. Quien no lo levantó fue conducido al camión con que llegaron y sometido a vejaciones con el fin de conseguir que el absurdo gesto fuera realizado. Pero al viejo Montero ni siquiera le dieron oportunidad cuando oyeron a un vecino decir que a ese, con un hijo falangista, quizás jamás le conseguirían arrancar un puño en alto. Le vaciaron un cargador en el pecho y redimieron a la clase trabajadora con ello. Delante de Santiago. Por suerte o, quizás, por verlo tan escuálido e inofensivo, no hubo un segundo cargador a utilizar contra él.</p>
<p>De ese suceso a pasarse al otro bando pasaron dos años y medio. Ingresó en la Falange y debido a su arrojo en las juventudes y a su inteligencia y disciplina, pudo ser admitido en el ejército en grado de alférez ya finalizada la contienda. Cuando buscaron voluntarios para encabezar los pelotones en los pueblos de la ribera él se presentó como voluntario. Y un mes después asestaba su primer tiro de gracia al vecino que había citado a su padre delante de los milicianos.</p>
<p>Sólo necesitaba rememorar el sonido de aquel cargador para que su grito de “¡Fuego!” retumbara en el valle. Y casi a paso ligero caminaba desde el frente del pelotón hacia los cuerpos caídos para, con precisión, energía y todo el odio que podía acumular, vaciara sus balas contra las sienes de aquellos hombres. Para redimirlos ante Dios.</p>
<p>Pero vivir del odio, de esa fiebre de venganza, es un sentimiento tan fugaz como el enamoramiento por una mujer hermosa que vemos al cruzar una calle cualquiera. Y así, un día, de igual manera que olvidamos a aquello que quisimos, perdemos la capacidad de odiar aquello que nos enfurecía. Y a medida que eso ocurría los recuerdos de su padre se perdían entre las decenas de sienes agujereadas, cada vez más lejano, cada vez más enterrado entre otros cuerpos en la fosa común de su memoria.</p>
<p>Empezó a leer las sentencias de aquellos hombres. “Marcos Artal, firme difusor del No pasarán”, “Federico Royo, alcalde de la UGT”, “Mariano Sierra, conductor para los mandos de las Brigadas Internacionales”. Y empezó a entender a aquellos que morían por no levantar la mano y cantar el Cara el Sol. El grito de “¡Fuego!” se hizo menos sonoro. El trayecto hasta los cuerpos a paso más lento. Y el tiro, a veces atravesaba un ojo en lugar de dar en la sien como debiera. </p>
<p>Aquél día, el del tiro de gracia doscientos treinta y siete, acabó según lo previsto. Pero en el pensamiento del alférez Montero empezó a fraguar la idea de que quizás él debiera utilizar la siguiente bala.</p>
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		<title>Nadie</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Sep 2009 14:29:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Se levantó de un salto, casi como vemos en las películas que se levantan los vampiros de dentro de los sarcófagos que los contienen. Los ojos permanecían abiertos, pero no parecían ser capaces de enfocar absolutamente nada. Su rostro era humano, pero parecía carente de cualquier atisbo de expresión. Como si aquello fuera un cuerpo vacío, hueco, sin absolutamente nada que encontrar en su interior.</p>
<p>Ni tan siquiera se preocupó en ponerse las viejas zapatillas con las que andaba por su casa, o de vaciar su vejiga después de toda la noche en la cama. Sus pies se pusieron en marcha y caminaron hacia la puerta de su casa. Al llegar a ella sus manos se dirigieron a la cerradura, dieron dos vueltas a la llave que había introducida en ella, y tiraron del picaporte hacia abajo con intención de abrirla.</p>
<p>El rellano estaba despejado. Inició el descenso por las escaleras, apoyando la mano en la barandilla, y sin percibir absolutamente la menor sensación de frio pese a estar en pleno Noviembre e ir sólo con aquel pijama encima. No había vecinos rondando a aquellas horas. No había portero, ni personas de esas que se quedan a dormir al resguardo del portal. </p>
<p>Traspasando el umbral que daba a la calle, un señor ya mayor se le quedó mirando. Quizás, pensó aquel hombre, era un sonámbulo recién levantado en un sueño inadvertidamente viajero. Tal vez dicho señor le fue a decir algo, pero aquel inexpresivo rostro parecía incapaz de percibir el menor de los estímulos sensoriales.</p>
<p>Cruzó la acera con paso firme, pisando despojos de plástico y colillas aplastadas en el adoquinado. Puso un primer pie en la calzada, e inició el cruce de la vía hacia ninguna parte.</p>
<p>El camionero no dio crédito a lo que veía y pisó el freno con decisión.</p>
<p>Andy, advirtió la proximidad de aquel enorme camión. Cuando éste estaba a punto de golpearlo intuyó que, en el mismo momento del contacto, él lo atravesaría, como si fuera algo sin materia, como un ectoplasma fantasmal que atraviesa los tabiques de las casas.</p>
<p>Porque él, Andy, nunca había sido nada para ninguno de sus semejantes. Él era nadie.</p>
<p>El señor mayor gritó, y se acercó al cuerpo extendido en mitad de la calle. Dicen que al morir queda reflejado en los ojos aquello que vimos por última vez. Pero en aquel vulgar iris castaño de Andy no se reflejaba absolutamente nada.</p>
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		<title>El cuento de la chica de las manos ensangrentadas</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Aug 2009 17:58:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[La chica de las manos ensangrentadas]]></category>

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		<description><![CDATA[Never love a wild thing&#8230;. He was always lugging home wild things. A hawk with a hurt wing. One time it was a full-grown bobcat with a broken leg. But you can&#8217;t give your heart to a wild thing: the more you do, the stronger they get. Until they&#8217;re strong enough to run into the [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Never love a wild thing&#8230;. He was always lugging home wild things.  A hawk with a hurt wing.  One time it was a full-grown bobcat with a broken leg.  But you can&#8217;t give your heart to a wild thing:  the more you do, the stronger they get.  Until they&#8217;re strong enough to run into the woods.  Or fly into a tree.  Then a taller tree.  Then the sky.  That&#8217;s how you&#8217;ll end up&#8230;. If you let yourself love a wild thing.  You&#8217;ll end up looking at the sky.  (Breakfast at Tiffany&#8217;s, Truman Capote)</em></p>
<p>El día que aquella chica le partió el corazón se lo dejó hecho añicos. Como queda una de esas fuentes de cristal cuando, por descuido, o por negligencia, se cae desde la encimera para dar con los azulejos del suelo. Pero eran tan diminutos los trozos en que había quedado roto que casi se diría que en lugar de haber caído, aquella fuente, metáfora de algo frágil, había sido arrojada con saña, con verdadero afán de destrucción contra las baldosas. Miles de trozos de cristal esparcidos por todos los rincones de la estancia.</p>
<p>Cuando él se repuso del golpe continuo viviendo, porque es mentira que no se puede vivir sin corazón. Una buena dosis de odio y resentimiento y la bomba puede continuar con sus impulsos. Y así, recogió aquellos trozos, encargándose de no dejarse ninguno, en una pequeña bolsa negra de terciopelo, se la metió en el bolsillo, y continuo su vida haciendo ver que nada había pasado.</p>
<p>Con la mirada perdida y los ojos frios siguió el camino estipulado por entre los bosques de siluetas que a uno le acompañan en la vida. Despacio, muy despacio, pues el tiempo pasa con mucha lentitud cuando lo congelas. Y empezó a ser alguien a quien todos se quedaban mirando. Él, ciego de cualquier otra cosa que no fuera su motor vital oscuro, se exhibía, mostrando con orgullo aquel vacio en el pecho y gritando a diestro y siniestro, &#8220;¡fijaos como puedo vivir con este agujero!&#8221;. De cuando en cuando se encontraba con alguna otra chica, como aquella que le había roto el corazón, o quizás no, pero a él le daba igual. Entonces sacaba su pequeña bolsa de terciopelo negro y le enseñaba aquellos trozos, diciéndole que eran diamantes. Y aquella chica, y todas las chicas que lo veían, se embobaban, se quedaban absortas ante los reflejos que aquellos diminutos cristales soltaban. Sin darse cuenta que, realmente, lo que hacía brillar aquellos trozos de cristal eran las miradas que ellas mismas emitían al verlos.</p>
<p>El día que Nica vio aquella mirada gélida le dio un vuelco el corazón. Era uno de esos días en que él se exhibia, a pecho descubierto, con su agujero al aire y gritando eso de que quien demonios lo necesita para vivir. Cuando acabó la exhibición ella se acercó y le sonrió, atraída por aquel extraño individuo.</p>
<p>-¿Cómo te llamas? -le inquirió ella<br />
-¿No me conoces? Soy el chico del agujero en el pecho -le contestó él.<br />
-Pero no te llamarás así, tendrás un nombre. Yo soy Nica.<br />
-Pues encantado Nica, pero yo prefiero llamarme así. Igual que los indios del oeste, que tenían nombres como Nube Gris, Toro Sentado -divagó él dando rienda suelta a la imaginación-. Pues yo soy el chico del agujero en el pecho.<br />
-Y chico del agujero en el pecho -prosiguió ella-, ¿cómo fue que tienes ese agujero? ¿naciste con él? ¿alguién te quitó el trozo que te falta?<br />
-No, Nica, se cayó al suelo y se rompió el mil pedazos.</p>
<p>Y así Nica siguió interrogando, llena de curiosidad, por aquella parte ausente de él. Y a cada respuesta del chico ella le sonreía más y más. Le daba mucha pena aquel agujero puesto allí, en mitad del pecho, y que le convertían en casi un monstruo. Y de buena gana se hubiera quitado un trozo de sí misma para tapar aquel hueco que él exhibia sin pudor. Él, viendo como ella le miraba, le preguntó,</p>
<p>-¿Quieres que te enseñe los pedazos?<br />
-¿Guardas los pedazos? ¿Los recogiste del suelo? Sí, sí, déjamelos ver -le contestó Nica.</p>
<p>El chico se sentó en el bordillo de la acera, sacó su bolsa de terciopelo negro, y abocó aquellos diminutos trozos sobre el bordillo, con mucho cuidado para que ninguno de ellos se esparciera lejos de él.</p>
<p>-¿Ves? Son diamantes</p>
<p>Ella observó aquellos trocitos fascinada, y el brillo de aquella mirada se reflejó en ellos hasta el punto que directamente la deslumbraron y una pequeña lágrima le cayó por la mejilla.</p>
<p>-Son preciosos -se atrevió a decir-. Pero ¿estos son los trozos de tu agujero?<br />
-Sí, cuando cayó al suelo se convirtió en estos trozos -le dijo él<br />
-¿Y me dejarás volver a verlos mañana?<br />
-Bueno, si estoy aquí, te dejaré volver a verlos mañana.</p>
<p>Y así, Nica volvió al día siguiente, después del show del chico con el agujero en el pecho, y él le volvió a enseñar el contenido de aquella pequeña bolsita de terciopelo.</p>
<p>-¿Me dejas tocarlos? -le preguntó ella.<br />
-¿Por qué quieres tocarlos?<br />
-Porque si son tus pedazos quizás se puedan recomponer.</p>
<p>El chico, viendo la mirada de ternura de Nica no supo decirle que no. En él albergaban todavía muchas reticencias, porque ya había visto aquellas miradas de ternura antes, cuando el agujero no existía, y conocía que muchas veces no es oro todo lo que reluce. Pero Nica cogió aquel rompecabezas de guijarros brillantes y empezó a buscar trozos que encajaran con otros trozos. Sus pequeños dedos, a veces, encontraban los filos del cristal, y pronto aquellas manos de porcelana se tiñeron de pequeñas heridas y del rojo de la sangre emanada de las mismas. Pero con decisión firme ella seguía recomponiendo aquel pedazo grande que debía tapar el agujero a base de ir uniendo los pequeños con sus dedos y sus sonrisas.</p>
<p>El chico extasiado con el hacer de Nica, dejó que ella siguiera con su puzzle de vidrio sin darse cuenta de que ella iba avanzando y de que su propia mirada, a medida que esto ocurría, perdía la gelidez con que se enfrentaba al resto del mundo. De repente Nica le pidió que cerrara los ojos y mientras él obedecía le colocó el puzzle totalmente terminado en su sitio y le dio un beso.</p>
<p>Sorprendido, el chico se miró, y al ver que aquel agujero estaba tapado, le gritó</p>
<p>-¿Qué has hecho? ¿Ahora ya nadie me mirará porque ya soy como los demás? y salió corriendo lejos, muy lejos de allí, recompuesto y sin saber que hacer ahora que era como todos los otros.</p>
<p>Él jamás supo que al salir corriendo Nica perdió un trozo de su pecho que cayó contra el bordillo de aquella acera. El trozo rodó lentamente calle abajo hasta encontrar una boca de alcantarilla y por ella descendió a lo más profundo de la ciudad. Envió ese trozo de ella a las fétidas aguas residuales, en un simil de su propia miseria, al no darse cuenta de que para Nica él jamás había sido como los otros. Con lágrimas en los ojos y las manos ensangrentadas, Nica se levantó de la acera y con la calidez de sus ojos que nunca se perdió, salió en busca de su trozo perdido. Y mirando a lo lejos al chico sonrió con los ojos brillantes y, por un momento, el pecho del chico reflejó un destello. Un destello fugaz antes de volver a apagarse. Porque no se puede esperar nada de quien el corazón se le parte en trozos tan pequeños, ya que por mucho que nos quieran enseñar diamantes, éstos son duros y preciosos, y jamás se rompen, solo se caen, se pierden o se extravían. Son aquellas cosas sin ningún valor como el vidrio de un plato, barato y vulgar, las que se rompen frágilmente.</p>
<p>Y eso os lo asegura alguien que hace tiempo que el agujero le copa todo el pecho y que hasta perdió la bolsa de terciopelo en que guardaba su vulgaridad intentando vender su contenido como piedras preciosas.</p>
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		<title>Los recuerdos de la tarde de tormenta</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jul 2009 11:25:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Relato]]></category>
		<category><![CDATA[Tormenta]]></category>

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		<description><![CDATA[Con mis mejores deseos para Pascual, porque de las historias reales surgen recuerdos inventados, porque de un episodio de nuestras vidas pueden surgir miles de plagios creativos. Los recuerdos de la tarde de tormenta Medio dormitaba en la cama esa mañana de domingo del mes de Diciembre. Los sueños, quizás porque es un día en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Con mis mejores deseos para Pascual, porque de las historias reales surgen recuerdos inventados, porque de un episodio de nuestras vidas pueden surgir miles de plagios creativos.</em></p>
<p><strong>Los recuerdos de la tarde de tormenta</strong></p>
<p>Medio dormitaba en la cama esa mañana de domingo del mes de Diciembre. Los sueños, quizás porque es un día en el que sabes que te da igual descansar o no, se acumulan en la cabeza para hacerte sentir aquello que la rutina enmascara a base de trabajo, preocupaciones o simple desidia de tu propia existencia. Y esos sueños, esos pensamientos, medio verdades, medio sentidas, medio  reflexionadas, pero en cualquier caso, sólo fabricadas hasta la mitad, se iban secuenciando en la mente cuando oí a Pol empezar a armar jaleo en su habitación.<br />
— Es el niño, y son las siete y cuarto de la mañana —me dijo una voz agridulce mientras su propietaria se daba media vuelta hacia su lado de la cama intentando recobrar el sueño. La entonación no dejaba lugar a dudas y me parecía que empezaba a tener un problema de buena mañana.<br />
— No te preocupes, duerme, ya voy a ver que quiere —le contesté intentando salvar su posible andanada de mal humor matutino.<br />
Y me acerqué casi arrastrando los pies hacia su habitación, sintiendo el bullicio de sus risas y sus charlas con el viejo Madelman que había encontrado en una caja donde acumulaba parte de mis recuerdos de aquella infancia ya tan lejana.<br />
— Pol ¿No es demasiado temprano para jugar? Recoge los juguetes y sigue en la cama hasta que sea la hora —le dije con entonación severa, de esa que pongo cuando no quiero que me rechisten.<br />
— Papá, no tengo sueño. Quiero jugar. O cuéntame uno de tus cuentos.<br />
Puro chantaje al estilo de un crio de seis años. Y lo bueno es que totalmente incontestable por mucho que tú ya andes por la cuarentena. Porque sabes que no se va a dormir a menos que pongas de tu parte lo que no está escrito. Hay veces que toca perder, así que, asumiendo mi suerte, le pregunté al pequeño demonio que quería que le contara.<br />
— Papá, ¿Cómo conociste a mamá? -me preguntó a bocajarro. A saber de donde habría sacado la idea de interrogarme sobre semejante cosa.<br />
— Uff es una historia muy larga, y es muy temprano. Elige un cuento, te lo leo y te vuelves a dormir —le contesté siguiendo con esa severidad en la voz para ver si podía hacerle entender que no era el momento.<br />
— ¿Mamá era guapa? La Eva Pons es guapa, es la más guapa de la clase. Quiero que sea mi novia. ¿Mamá era la más guapa de la clase? —insistió, como si no hubiera oído lo que le había dicho.<br />
— Mamá y yo no íbamos juntos al colegio, Pol —le dije, tratando de salvarme de la quema de su curiosidad.<br />
Y estaba visto que no me salvaría. Le contesté que esas cosas habían pasado hace mucho tiempo, pero me replicó que el lobo se había comido a la Caperucita mucho antes de que yo conociera a su madre y que si me acordaba de la Caperucita me tenía que acordar de mamá, que además era mucho más guapa. Y por mucho que yo le dijera lo del cuento, él pretendía que los resultados fueran otros. Así que me armé de paciencia y empecé a recordar. Eran otros tiempos. Otros momentos. Otras sonrisas. Y quizás otro yo.</p>
<p>Aquel verano salía yo de trabajar a las dos y media, gozando de la magnífica jornada intensiva que me proporcionaba el placer de poder dedicar las tardes a mi conveniencia. Con mis amigos, con Javier y con Quique, quedábamos para comer en cualquier bar próximo a la playa de la Barceloneta para después quedarnos un rato allí, tomar el sol, jugar a fútbol playa (pues a mí siempre me ha apasionado dar patadas a un balón) y bañarnos como veinteañeros irresponsables, intentando nadar mar adentro, cada día diez brazadas más, hasta que llegásemos a un punto en el que el esfuerzo para volver a la arena nos hiciera sentir muy bien después. Siempre me han encantado los desafíos, incluso aquellos imposibles.<br />
Y creo que llevábamos un par de semanas yendo siempre al mismo sitio, allí en la playa junto al chiringuito, cuando empezaron a aparecer aquellas cuatro chicas. Luego supe que se llamaban Mónica, Rosa, Elena y Maribel. Pero para nosotros no eran, claro, cuatro chicas, sino cuatro posibles trofeos a obtener, en esa fiebre juvenil que es el deseo irrefrenable de dar rienda suelta al orgullo. Aunque cierto era que a mi Rosa me hacía sentir esa especie de hormigueo en el estómago que te confunde y te atonta a partes iguales, y que además, te deja por idiota a la mínima ocasión en que tratas de mostrarte simpático. O al menos es lo que me parecía a mí, que siempre he pensado que parezco un idiota delante de una mujer que me interese.<br />
Javi y Quique enseguida propusieron la estupidez masculina de turno: que nos las repartiéramos. Así que yo dije que la morenita bajita, la del bikini a rayas como el arco iris, era la que me gustaba más. Y aunque Quique puso cara de que a él también le llamaba más la atención, aceptó quedarse con Maribel, la rubia más alta, a base de retarle sobre su capacidad para conquistar a semejante mujer, que, dicho sea de paso, nos intimidaba bastante más a los tres que el resto de sus amigas.<br />
Así que Javier, sin duda el más osado de los tres, inició la conversación con Elena, la chica que le había tocado en ciernes en base a nuestro pacto no escrito de división de las presas. Hubo las presentaciones oportunas y yo intenté hacerme el gracioso, o lo que es lo mismo parecer idiota, con la chica morena del bañador del arco iris.<br />
Y se llamaba Rosa. Y me gustaba. Y como siempre pasaba con las chicas que me gustaban aquello iba a convertirse en un nuevo ridículo ostensible delante de mis amigos, porque todas esas ideas brillantes que me salían siempre cuando estoy con mi inventiva matemática nunca me sirven para que una chica me vea como algo que valga medianamente la pena. Mis divagaciones hacia el fracaso me seguían martilleando en la cabeza cuando de repente cogió el libro que tenía en mi toalla, aquella biografía de Philip K. Dick escrita por Emmanuelle Carrere, y me miró con una sonrisa capaz de hacerme meter la cabeza debajo de la arena.<br />
— Vaya, ¿Philip K. Dick? —me dijo con voz de interés—. He leído un montón de relatos suyos, “El hombre en el castillo”, “Tiempos de Marte”, “Ubik” y desde luego, “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”.<br />
— Bueno, es su biografía, escrita por Carrere. Habla de sus paranoias, de su estado mental que le hacía escribir aquellas cosas. A mí el impacto de ver BladeRunner la primera vez siempre me ha perseguido —le dije, dándome cuenta de lo bien que me sentía encontrando alguna cosa en común con aquella chica.<br />
— Bueno, si te digo la verdad —me confesó— cuando tu amigo ha empezado a hablar con nosotras nos habéis parecido unos cazadores de replicantes la mar de torpes y poco interesantes. Pero supongo que si has visto rayos C brillar más allá del cinturón de Orión, quizás puedas explicar algo que valga la pena —me dijo riéndose.<br />
Así que, durante los días subsiguientes, busqué dentro de mí la puerta de Tannhäuser, La nube de Oort, el cinturón de Orión y el de Kuyper, y cualquier nebulosa que me llevara a años luz de mi torpeza. Y aunque no me atrevía a contarle que cada día me gustaba más, las tardes eran sonrisas, brazadas mar adentro, y relatos de Dick, que nos proponíamos leer para comentar en cuanto ambos los hubiéramos acabado. Y leí “Foster estás muerto” porque de algún sitio había salido el título de aquella biografía. Leí “Progenia” y “El último experto”. También “Y gira la rueda” o “La desolada Tierra”. Eran relatos fugaces, relatos que duraban menos que las conversaciones que nos desataban.<br />
Y supongo que todo habría seguido igual, o quizás nos hubiera llevado al mismo sitio, no lo sé. Lo que ocurrió fue que aquel veintidós de Julio llovió. Fue una tormenta de esas veraniegas que descargan litros y litros de agua. Y andaba yo de muy mal humor por la mañana en el trabajo sabiendo que no había playa aquella tarde. Porque quería pensar que era eso, que no había playa, lo que me resultaba irritante.<br />
Y llegadas las dos y media, bajé al parking a por el coche y, sin saber porque, sin darme cuenta, el coche siguió el rumbo de todos los días anteriores para darme cuenta de que estaba en la Barceloneta veinte minutos después. Así que comí, y con el paraguas de reserva que llevo siempre en el maletero, decidí pasear por el borde de la playa hasta llegar al punto donde cada día poníamos nuestras toallas al sol.<br />
Y mientras me acercaba vi una chica con paraguas, en el punto exacto al que yo me dirigía. Y cuando notó que me aproximaba se giró y sonrió:<br />
— Llegas tarde, espero que al menos hayas acabado el relato.</p>
<p>Pol me miró cuando acabé de contarle  la historia. Supuse que me preguntaría que hacíamos su madre y yo en la playa un día de tormenta, con rayos y truenos por todos los lados, pero claro, los niños son imprevisibles.<br />
— Papá, ¿y por qué mamá y tú ya no estáis juntos? ¿Te gusta más Maribel que mamá? ¿Te gusta porque es alta y rubia?<br />
E intentando apelar a mi espíritu poético, ese que me hacía parecer siempre un idiota delante de los demás, le  contesté:<br />
— Pol, las cosas que te gustan van cambiando. Pero mamá siempre me ha gustado; es la mala suerte de habernos besado la primera vez en un día de tormenta. Y ahora duerme.<br />
Dejé a Pol en su cama, recordándole su promesa y que los hombres que dan su palabra la tienen que cumplir. Él tenía su historia y yo la intranquilidad de la mía. Recordé los relatos de Dick, su brevedad y fugacidad y me di cuenta de que todo es igual. Que un relato siempre se acaba. Que lo que hoy te gusta mañana te deja de gustar. Y me di cuenta de que la vida te muestra todos esos ejemplos para que aprendas que tú, pobre diablo, o mejor, pobre idiota, eres tan o más fugaz que todo ello. Y que en la fugacidad quizás, los días más alegres, pueden ser los días de tormenta. Y que no puedes perder un instante en algo que no te haga ser feliz.<br />
Así que antes de volver a la cama me acerqué a la habitación que tenía acondicionada como despacho, cogí la agenda electrónica y anoté una cita con mi abogado para el día siguiente, lunes. Tenía que divorciarme de la voz agridulce que ya no soportaba los domingos por la mañana, por mucho que fuera una rubia alta y espectacular que mis amigos envidiaran.</p>
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		<title>De mi velada con Al Pacino</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jul 2009 15:47:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Al Pacino]]></category>
		<category><![CDATA[El abogado del Diablo]]></category>
		<category><![CDATA[El corazón del ángel]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Me levanté de golpe y grité lanzando ese sonido angustioso con el que gimo cuando medio soñando medio divagando me viene a la cabeza el momento en que dejaré de existir. Sudando y tembloroso me dirigí al lavabo para echarme agua por la cara y recuperar la sobriedad y la entereza del que aplaza el pensar en lo inevitable, dando cuartel a la cobardía del vive el día a día como si no hubiera un mañana y tal.<br />
Un poco más calmado, con alguna gota de agua aún cayendo por mis mejillas, me dirigí de vuelta para el dormitorio cuando, de repente, me encontré a Al Pacino sentado en el canto de la cómoda, impecablemente vestido con un traje negro, camisa en colores crudos y corbata también negra.</p>
<p>- Coño, Al, si vienes a hacerme proposiciones deshonestas a estas horas deberías saber que no eres mi tipo. Además, desengáñate, ya no eres el de la primera parte de El Padrino – le espeté a bote pronto. Lo cierto es que la extraña aparición me pareció hasta lógica y me hallaba en un estado más de curiosidad que de posible terror irracional.</p>
<p>- Siempre tan humorístico, Sr. Kelvin. Me encanta. Como habrá deducido no soy Pacino, de hecho me conocerá más por Lucifer, o Mefisto. Un tipo con tantos pseudónimos como tiene usted no creo que se le haga raro que yo también tenga mis diferentes nominativos. El envoltorio creo que era una apariencia apropiada, aprovechando la caracterización de cierta película, para presentarme ante sus cinéfilos ojos.</p>
<p>- ¿El diablo? Y como demonios no huele a azufre y en cambio, desde aquí, me viene a la pituitaria el maldito olor de Givenchy. Para ser un príncipe, ni que sea caído, es muy hortera y old-fasion, si me lo permite. Además, puestos a elegir un personaje, me hubiera parecido usted más atractivo si se me hubiera aparecido como Liz Hurley, ya puestos. Ella también fue diablesa y eso –continué intentando poner mi tono de sorna.</p>
<p>- Le hacía a usted mejor cinéfilo y no consumidor de bazofia hollywoodense –me lanzó rápidamente. Hay que ver lo inteligentes que parecen estas criaturas del inframundo.</p>
<p>- Touché, empiezo a pensar que es usted diabólico –le dije. Siempre hay que reconocer cuando el contrario te ha ganado el round, murmuré para mí.</p>
<p>- Bueno, oiga, el tiempo es oro. He venido a comprar su alma, ya sabe cómo va, usted me dice que quiere a  cambio y firmamos el contrato. No me pida la paz mundial y esas cosas, porque no estoy dispuesto a comprar un alma para perder cientos de miles. Sea un poco más materialista si no tiene inconveniente.</p>
<p>- Oiga, Al, mire, debería saber que yo soy un descreído y estas cosas me parecen patrañas. Seguramente ahora estoy soñando y cuando me despierte por la mañana no me creeré nada. ¿Piensa que le firme en sangre y tal? No soporto los rituales tan obsoletos, casi menos que Givenchy pour homme, por otra parte –le dije tratando de mantener el tono irónico.</p>
<p>- Bah, las divinidades y seres eternos nos adecuamos a los tiempos, amigo mio. Hoy la gente cree más en el certificado digital del DNI que en la existencia de un infierno, así que me bastará  con su firma. Al fin y al cabo Dios y yo respetamos los acuerdos rubricados; las reglas son las reglas. Además, y dado que no cree en nada ¿qué tiene que perder? Pensaba no ser nada por los siglos de los siglos cuando le venga la hora, ¿Que le importa pues que su alma se venga conmigo? A cambio le ofrezco lo que quiera durante su estancia en este mundo.</p>
<p>- Bueno, la propuesta parece interesante, pero guíeme, soy un consumidor, ofrézcame productos que comprarle –me encanta avasallar a los vendedores, aunque no sean de este mundo. Es como martirizar a las televendedoras de Ya.com, un placer para paladares selectos.</p>
<p>- Bueno, le puedo ofrecer la juventud por el resto de sus días, que las mujeres le quieran con locura, riquezas, poder… En fin, ya sabe, ser lo que todo el mundo quiere ser. La envidia de los demás y el deseo de todos –me dijo con tono de vendedor de un concesionario de Lamborghini.</p>
<p>- Bueno, Al –siempre he deseado charlar con alguien que se llamara Al- lo de la juventud suena genial, pero creo que ya he asumido mi estado pre-crisis de los cuarenta, así que tampoco es que me atraiga mucho volver a ser un pipiolo imberbe. Lo de las mujeres suena maravillosamente bien, pero resulta que soy un egocéntrico, y claro, si hiciera ese pacto no sabría si luego ellas me querrían por mi o por el pacto ese que hiciéramos. Y sí, sé que importa poco, al fin y al cabo Martina Klein bien vale acallar la conciencia, pero ya le digo, no me sentiría a gusto. El dinero, el poder, bah, es aburrido. Porque contra más tuviera más querría.</p>
<p>Poco a poco fui reflexionando, sobre aquello que quería, sobre como quería conseguirlo, sobre como lo disfrutaría y como no lo haría. Sobre el placer de luchar por los retos y la vacuidad de conseguir las cosas fácilmente. Y de igual manera que pensaba en todas las cosas las iba descartando una a una para eliminarlas de la lista a negociar con Al Pacino.</p>
<p>-¿Lo de la inmortalidad queda descartado? –insinué como quien no quiere la cosa.</p>
<p>- Hombre, bien tendré que cobrarme mi parte en un momento u otro, oiga –me espetó seriamente y un poco dubitativo ya al ver que no me decidía. </p>
<p>Y estaba a punto de abandonar mi búsqueda de esa artificiosa felicidad de los deseos regalados cuando di por fin con algo que sí me interesaba.</p>
<p>- Mira Al, hay una cosa. Quiero no sentirme frio y vacio. Quiero ser diferente a como soy y sentir, sentir lo que sí sienten los demás –le dije, reflexionando sobre mis ganas de tener lo que nunca había tenido.</p>
<p>- No le entiendo Kelvin, necesito que me clarifique ese deseo –me contestó con semblante serio.</p>
<p>- Es fácil Al. Quiero que cuando me abracen sienta calor. Quiero que cuando la chica que me quiere me mire con ojos de ternura yo pueda sentirla dentro de mí y devolvérsela. Quiero poder abrazar a alguien sintiendo que ese alguien quiere que le abrace. Quiero sentirme triste si pierdo a alguien, alegre si lo tengo delante, e impaciente y acongojado a partes iguales cuando en una cita se retrase. Quiero sentir, maldita sea –casi le grité.</p>
<p>Al me miró y en sus ojos color fuego observé un rayo de entendimiento. Me tendió la mano y trató de despedirse con un “buenas noches” de extrema cortesía.</p>
<p>- Oye Al ¿Dónde vas? –le espeté mientras se daba la vuelta.</p>
<p>- Otros clientes me esperan Kelvin –me contestó alzando una mano en señal de adiós.</p>
<p>- ¿Y nuestro posible trato? –le dije.</p>
<p>- Apreciado amigo –dijo girándose hacia mi- tú y yo sabemos que no puedo intentar comprarte lo que no eres capaz de encontrar o igual ni tienes. Y deberías sentir más angustia por lo que no sientes que por lo que pueda pasarte cuando ya no tengas esa capacidad en este mundo. Tú ya eres mío –me soltó.</p>
<p>Y así, curiosamente, el Diablo se marchó de mi casa haciendo la buena acción del día. Paradojas del bien y del mal, por lo que parece.</p>
<p>Al día siguiente, nada más despertarme, rechacé de mi cabeza aquel sueño tan extraño. Decidí que no debía ver más películas de Keanu Reeves, que me sentaban fatal. Con lo que odio yo a ese tipo (y lo buena que está Charlize Theron, por otra parte). </p>
<p>No obstante, aún no sé muy bien porque, en cuanto llegué a la estación del tren cogí el teléfono y escribí un mensaje, un mensaje que, en aquel momento, me pareció una necesidad: “Tengo ganas de verte”. Y justo después de darle al botón enviar, delante de mí, se sentó un señor con traje negro, camisa en colores crudos y una corbata también negra. Y sacó de la cartera una especie de contrato que empezó a estudiar con una sonrisa en el rostro.</p>
<p>- Buenos días. –me dijo distraídamente aquel hombre con un tremendo parecido a Robert de Niro.</p>
<p>Sonreí, le deseé buenos días y me decidí a conversar con él.</p>
<p>- ¿Ha visto usted “El corazón del ángel”? -le solté…</p>
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		<title>Los abrazos de las tardes de tristeza</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Jun 2009 07:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zero Kelvin</dc:creator>
				<category><![CDATA[El congelador]]></category>
		<category><![CDATA[Tardes]]></category>
		<category><![CDATA[Tristeza]]></category>

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		<description><![CDATA[El tren correo, el que para en todas las estaciones, es el único que me permite bajar de Zaragoza a Samper los viernes por la noche cuando acaba mi semana en la Universidad. Casi volando, como alma que lleva el diablo, salgo de las clases para llegar al Colegio Mayor, recojo la maleta que he [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El tren correo, el que para en todas las estaciones, es el único que me permite bajar de Zaragoza a Samper los viernes por la noche cuando acaba mi semana en la Universidad. Casi volando, como alma que lleva el diablo, salgo de las clases para llegar al Colegio Mayor, recojo la maleta que he dejado hecha el día de antes, y arranco a correr hasta la estación para que no se me escape el tren. Y en el camino me autoimpongo que esa noche he de dormir un poco más, que es fin de semana, y que las largas noches de estudio entre el lunes y el jueves para mantener mi beca deben dejar paso a, al menos, una noche de descanso para el sábado estar presentable en aquel pequeño pueblo de Teruel donde nací, y desde donde mis padres luchan porque yo consiga escapar.</p>
<p>El tiempo pasa muy despacio en esos pueblos perdidos. Tanto que un día parece una semana, una semana un mes y un mes casi un año. Solo los pregones de riego parecen mantener los momentos cíclicos del corto plazo. Y supongo que por ello la gente es más vieja en Samper que en Zaragoza. Las pieles se quiebran como los campos al desecarse tras el ador. Y el mozo de veinte años parece tener treinta. El de treinta, cincuenta. Y el que consigue pasar de los cincuenta es casi un anciano.</p>
<p>Los sábados, después de mi primera noche en mi antigua cama, amanece temprano, quizás para tener ese ajuste temporal que consigue convertir el día en semana. Tras ayudar a mi madre en la rutina con los animales me gusta asearme en la bañera que ella heredó en el ajuar. Agua a hervir y un poco del pozo para compensar, afeitarme con la cuchilla y el único lujo que me permito en la vida: tomar un café después de comer en el Casino provincial. Donde mi condición de  estudiante universitario me abre unas puertas sólo reservadas para socios y donde mi padre jamás podrá poner un pie. En el sitio donde el boticario, el médico, el cabo de la guardia civil y el mosén juegan al guiñote bajo la atenta mirada de Franco colgado en la pared y engalanado con el yugo y las flechas.</p>
<p>Allí nadie conoce de mis acciones para el Socorro rojo, ni los conatos de huelgas universitarias que se abortan por los infiltrados de los grises, ni la gente ha leído a Sartre o escuchado a Becaud o Jacques Brel. Y por suerte tampoco saben de mi noviazgo con Sara, la sobrina de Mosén Pascual y que llegó con él desde Calatayud siendo una mocosa de dos o tres años después de cierto revuelo que se armó allá.</p>
<p>-Veinte en copas- oigo cantar al boticario, que juega de pareja con el mosén.</p>
<p>El médico rezonga para sus adentros, intentando no soltar una blasfemia que cabree al mosén y le envíe a casa con no-se-cuanta penitencia por realizar. Penitencia que tiene que hacer porque su mujer, que va todos los días a misa, pregunta homilía tras homilía si el alma de su marido anda bien provista de perdón.</p>
<p>-Ramiro, acércate para acá –me indica el boticario- ¿Cómo van los estudios de nuestro samperino más aplicado?<br />
- Bien Don Manuel, bien. En un par de años ya seré ingeniero de caminos si Dios quiere.<br />
- Si Dios no lo quisiera no te habría enviado a la Universidad, Dios no da alas a quien no va a volar –me suelta el mosén-. ¿Y ya te portas bien? Las Universidades están llenas de rojos, y lo que es peor, de revolucionarios. Espero que lleves el buen nombre de este pueblo a buen recaudo. Y que no deshonres a nadie, que hoy día los jóvenes sois unos inconscientes. Antes que deshonrar a la hija de alguien vete a un burdel y luego vienes a verme que ya hablaremos de tu penitencia y tu perdón. Si te digo la verdad, líbrate muy mucho de las mujeres o acabarás condenado. ¿Qué crees que han hecho estos para estar aquí? -y les dedica una mirada severa a sus compañeros de partida.<br />
- Sí mosén Pascual, descuide. Quiero ser un hombre cabal y labrarme un futuro, Señor. Sólo tengo tiempo para los estudios.<br />
- Bien, pues a ver si es verdad. Y ven a verme que ya hace días que no te confiesas y tus pecados, que seguro que los tienes, andarán ya carcomiéndote el alma, hijo. A saber que harás tú solo en la capital. Si eres hombre de este pueblo aquí debe estar tu sitio.<br />
- Mosén, no pase pena, me confieso con el padre Forteza allí en la Universidad –le espeto con cara seria, probando de hacerle pasar la mentira.<br />
- No me fio nada de esos jesuitas, son medio rojos. Alguno incluso luchó en nuestra cruzada con ellos –me replica, pero parece convencido de que la cosa no pasará a mayores.</p>
<p>Las tardes del casino son siempre iguales, son el veinte en copas del boticario, el guiñote del médico o cantar las cuarenta en el arrastre para ganar la partida, cosa que siempre hace el Cabo para desespero de mosén Pascual. Y para mi es el tiempo ineludible para formarme mi buena reputación delante de los prohombres antes de ver a Sara. Antes de ser yo, mi yo de verdad.</p>
<p>Así, con tiento, me despido de los pudientes del pueblo y, caminando a la sombra de los ojos del Samper que duerme la siesta, me acerco a casa del mosén por el camino más largo. La piel de Sara es blanca como la pureza. Y cuando la acaricio es imposible que pueda dejar un solo rastro de pecado en mi. Mientras hacemos el amor me mira con ojos embelesados, con una ternura infinita y dándome todo lo que le pido antes de echarse a llorar.</p>
<p>-¿Cuántas chicas tienes en la universidad? –me pregunta<br />
- Ninguna –le digo-, no puede haber ninguna porque me paso las noches en vela estudiando y porque a quien quiero es a ti.<br />
- Valiente mentiroso –me dice entre sollozos-. Mi tío dice que allí está lleno de rojos y de chicas con la cabeza hueca. Y que seguro que tú, con ese hablar de universitario, las embobas como has hecho conmigo para hacer estas cosas.<br />
- ¿Eso te dice tu tío?<br />
- Sí, claro. Y eso que no le cuento nada de ti cuando me confieso. Porque siempre dice que las mujeres somos el demonio, que le han llevado a este pueblucho y que sino fuera un hombre de Dios estaría condenado. Y siempre me habla de mi madre y de que era mala y que casi le lleva al infierno. Y no se, pero mi madre siempre le miraba como yo te miro a ti. Y yo a ti te quiero aunque sepa que te irás con tus universitarias a vivir tu vida lejos de nosotros.<br />
- Te llevaré conmigo -le digo en aquellos momentos. Y no por engañarla sino, quizás, por engañarme a mi mismo.<br />
- Te casarás con alguna chica de la capital y te olvidarás de nosotros, del pueblo, del campo. Y yo me quedaré para vestir santos, para coser ajuares de las otras y escuchar los seriales de la radio cuando mi tio no me vea.</p>
<p>Y mientras sigue hablando yo no puedo sino abrazarla en aquellas tardes de tristeza. En las que ella me explica sin saber hacerlo lo que es querer y en las que yo descubro que mis ganas por abandonar aquel lugar en la geografía y en el tiempo son más fuertes que lo que yo pueda sentir por ella. Al día siguiente retorno a Zaragoza con el tren expreso, el que me devuelve rápido a la capital. Semana tras semana es igual, es el sopor, el hastío que crece después de que la ilusión de los viernes por volver a ver a los míos, a Sara, se convierta, en sólo dos días, en la desesperanza de la prisión custodiada por un boticario, un médico, un mosén y el inevitable cabo de la guardia civil. Y me voy en ese tren veloz para escapar a donde el tiempo pasa deprisa, tanto, que no te deje pensar en lo que se queda atrás.</p>
<p>Sé que algún día me vendrá al recuerdo aquel mosén y su ilegítima hija. Y lo único que me gustaría es dejarle a Sara, ni que fuera en prenda, un trozo de mi alma, de esa que iré perdiendo por la vida y que, en justicia, ella debería guardar una parte. Y mi tristeza al pensar eso es tan grande que ni tan siquiera cabe en todas las tardes, que parecen medias semanas, que comparto con ella.</p>
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