Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

Trobades

Trobades: El maravilloso mundo del Circo (con el permiso de Ender)

Damas y caballeros, niños y niñas, y también aquellos que no entren o no deseen entrar en ninguna de estas tales categorías: ¡BIENVENID@S!

Bienvenidas especialmente las dos nuevas damas que tan tímida y dulcemente han entrado en nuestra humilde carpa, que no por pobre deja de esconder raras maravillas. ¡Pasen ustedes! ¡No se queden en la puerta, que hay corriente!

Déjenme guiarles por nuestro laberinto, habitado no por un solitario y hosco minotauro sino por numerosísimas y portentosas criaturas: vean a su izquierda, entre jaras y rocas calcinadas al sol, a un Lince, especie en peligro de extinción. Ágil y carnívoro, a pesar de haber alcanzado su madurez, este ejemplar merodea aún sus cazaderos infatigable, goloso de la carne blanca que vislumbra tras el bosque de palabras. No se fíen pues de su amable socarronería, sus dientes aún saben morder.

Qué contraste en cambio si observamos, apoyado en su incómodo pupitre de erudito y sentado sobre una pila de libros, a nuestro ilustre profesor. Como sacado de una película de Woody Allen, con su chaqueta de tweed y su coche desvencijado, sólo su acento murciano evidencia que no vive en un campus neoyorquino. Su conversación enguirnaldada de citas librescas y datos profusos protege un espíritu libre y bueno, asombrado de lo mal que va el mundo y de lo incomprensibles y hermosas que son las mujeres.

Al otro lado, erguido sobre una cima brumosa, nuestro montañés, nuestro hombre de las tierras altas, luce sus escuálidas pantorrillas bajo un kilt que le queda grande. La mirada firme, la nariz pronunciada, muestran una firmeza de carácter que raya en la tozudez cuando así le place. Pero su alma salta asustadiza de duda en duda, temerosa de meter los pies en las incertidumbres que llenan los charcos de la vida. Su voluntad es fuerte pero su mente reconoce los mil matices que hay entre el gris oscuro y el gris claro, y no sabe cuál le gusta más. No hay miedo sin embargo, pues aún quedan amigos bebedores como él, una dulce mujer de ojos tímidos y música, mucha música que escuchar.

Mas, ¿qué sonido terrible es ese? ¿qué grito vuela en el viento? Allí, inaccesible para aquellos que vamos a morir, un Prometeo encadenado ruge su ira al cielo inquebrantable. El frío absoluto cubre la carne donde su orgullo sufre prisión, el frío que sólo el vacío es capaz de ofrecer. Tanta es su arrogancia que no necesita un Zeus que mande águila alguna a devorar su hígado; él sólo abre sus entrañas con los dientes para luego bramar su rabia… pero desde aquí abajo no distinguimos si son gritos de dolor o de placer.

Alejemos la vista de tan feroz espectáculo. Paseen por esta rambla bulliciosa y llena de luz. Descansemos nuestro ánimo conversando con aquel bigotudo humorista atrozmente parecido a Julius Marx. Pero no hay mordacidad en su verbo, no corroe su palabra juguetona. Tan florida prosa y la bondad de sus bromas delatan a un gentilhombre que regala flores a todas las damas. Su trato nos hace saborear, el discreto encanto de la burguesía, catalana para más señas. Un hombre de familia, un buen hombre para su familia y sus amigos, ¿es necesario decir más?

Pues algo más hay que decir, ya que existen personas que no son comprensibles si no conocemos a su espejo. Así como fue con Romeo y Julieta, Stan y Oliver, Isabel y Fernando, Ramón y Cajal … a nuestro bigotudo amigo le corresponde otro hombre de bien, compañero de whiskeys de malta y tardes en el paseo marítimo. Q le llamaremos. La juventud de Q le hace rastrear inquietudes, melancolías, añoranzas de la locura que escucha viajar en las palabras de tantos necios como aquí escribimos. No merece la pena Q: sigue acompañado y amado, continúa acompañando y amando. Por tibio que parezca el calor que sientes, nace de dentro, y eso es mucho más de lo que se puede decir de tantos incendios de alcoba.

¡Chsssss! ¿Sentís cómo el aire se calienta? ¿No os llega ese aroma dulce de flores y fruta? Nos acercamos al bosque donde una ninfa de rojo cabello y piel blanca juega con las ramas y con el agua de los arroyos. Su palabra es dulce y sabia, su canto acompaña al caminante perdido. El deseo desboca a los hombres que pierden la luz bajo el techo de hojas; buscan su carne densa, sus labios furiosos. ¡Ah! pocos alcanzarán tal dicha, mas todos descubrirán en su palabra nuevas razones para la felicidad.

Dejamos atrás el cobijo de los árboles y una inmensa llanura nos recibe, las espigas crecidas rozan la palma de nuestra mano. Se acerca rápida una Diana de cuerpo delgado, pechos breves y gesto firme. El pelo cae revuelto sobre los ojos, agazapados tras unas gafas de gruesa montura negra. No lleva arco, sino aguda pluma, y del carcaj rebosan hojas de papel. Son sus presas las palabras hermosas y sus enemigos conocen la herida que abre su lengua. Más valiente que un hoplita, más ágil que un atleta, más apasionada que una hetaira, hay más de hombre y de mujer en ella que en muchos hombres y mujeres.