Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

Donde las malvas echan raíces

By Zero Kelvin • Ene 4th, 2010 • Category: El congelador

Desde hace un tiempo que escribo muy poco, las historias no fluyen de mi cabeza. Hay un par de relatos inacabados que no sé transcribir. Hay una historia para novelar cuyas palabras no llegan a mis dedos. Leyendo a Vila-Matas y sus Bartlebys imaginaba a toda esa serie de autores que, en un momento determinado, dejaban de escribir. Y ansiaba encontrar los diferentes por qué de esas ausencias. Y ahora, que trato la mía, me doy cuenta de que no escribo porque estoy a gusto. Es más sencillo imaginar los sentimientos, los deseos, las ideas, cuando careces de todo ello. Pero cuando lo tienes, te das cuenta de que deseas disfrutarlo y de que ya no puedes imaginar mejor forma de buscar tu felicidad que viviendo la que tienes. Así que me estoy convirtiendo en un Bartleby feliz. Y sólo mis ansias de llevar la contraria, mis tendencias a la infelicidad, me consiguen poner al teclado del ordenador para intentar maltratarme a mi mismo, estrujarme bien las entrañas, para poder sacar algo que darles para leer a ustedes. “Donde las malvas echan raíces” es eso, un trocito de mi infelicidad encontrado tras buscar mucho.

Donde las malvas echan raíces

- Abuelo Zacarías, abuelo Zacarías, venga corriendo -gritó desde la calle a pleno pulmón Javier, el nieto de los Gareta, que regentaba el estanco del pueblo.

Yo, como otras tantas veces, me hice el sordo. Los jóvenes ya no respetan a los mayores y, desde hacía unos años, había decidido hacerme el sordo pese a que aún tenía la agudez en los timpanos como para deteminar si la moto que pasaba por delante de la puerta era la de Emilio el cartero o la de Juan, el chico de los Bordonaba. O para escuchar el pregón del ador y saber si se tenía que regar por la huerta del camino de Híjar o el agua llegaba a la rinconada del cura, en el Corral del Mirón. Haciéndote el sordo te trataban como “ese viejo que ya de nada se entera”, y yo podía vivir la mar de contento sabiendo de todo y con la sensación de que a nadie preocupaba hablar delante de ese pobre anciano que igual que no oye, tal vez ya ni siquiera rige en sí.

- Abuelo Zacarías -continuó gritando Javier picando fuertemente el picaporte de casa.
- Ya va, ya va, hijo -le contesté-. ¿No sabes que uno ya no puede correr de un lado a otro a ciertas edades?
- Ay, abuelo Zacarías, pero es que tiene que venir. Es Laura -dijo acelerado-. La ha arrollado el tren mientras cruzaba por el camino del silo.
- ¿Laura? -grité yo-. ¿Nuestra Laura?
- Sí abuelo Zacarías, la ha matado el tren -balbuceó Javier entre lágrimas-. Es nuestra Laura.

Los corazones se congelan. De repente es como si dejaran de latir, como si no pudieran guardar dentro de sus ventrículos ni una sola gota de fluido caliente y la sangre, al pasar por él, se conviertiera en escarcha. Creo que tras recibir la noticia solo atisbé un ligero sabor salado en mis labios, producto supongo de alguna de las pocas lágrimas que mis ojos eran capaces de segregar. Y deseé que esas lágrimas fueran tinta, tinta indeleble con la que poder escribir mi historia. Mi primera historia, y seguramente la última, que escribía desde los últimos 5 años. Volvieron la sensación de odio y de tragedia. Pasé por el kiosko y compré un paquete de DIN A4. Y pensé que mi tumba volvería a florecer. Que ya tenía flores para Laura.

*****

- Zacarías, ¿no te esperan en la biblioteca para leer los relatos? Es jueves… -sugirió Sixto desde el otro lado de la barra del Brillante, el bar donde entretenía mis tardes entre vapores etílicos y nostalgía de días mejores.
- Que esperen y déjame que me acabe el cubata -le contesté bruscamente.
- Es que es el cuarto, y son las siete y diez, te deben estar esperando desde hace un rato.

Vaya, otro maldito jueves. Otro de esos días donde la puta celebridad del pueblo tenía que leer aquellos cuentos que escribía delante de un puñado de paletos más entusiasmados por tener a alguien que hiciera que el nombre de aquel pueblucho saliera en los diarios que por escuchar los textos en sí. Como maldecía a aquel puñetero juez de paz y a su maldita resolución de tener que hacer trabajos para la comunidad por haberle arreado al borracho de Perico con el mango de la azada. ¡Como si aquel zopenco no se mereciera una somanta de palos por haberse meado en la puerta de la cochera de mi casa! Por suerte me quedaba sólo mes y medio de sufrimiento para librarme de aquel castigo que me había tenido amargado el último año. Aunque pensándolo bien tampoco era mal negocio, al fin y al cabo Perico había ido al hospital con dos costillas fisuradas y no se había vuelto a mear en la puerta, aunque a esto último quizás había ayudado el que ahora le echaba zotal a menudo.

Cuando llegué a la biblioteca del pueblo ya tenía al alcalde con cara de cabreo y listo a lanzarme improperios, pero me adelanté para mirarle con mi cara de desdén habitual y dejar que mi aliento a ginebra le hiciera repensarse lo que pretendía hacer.

- Llega tarde -se limitó a decir.
- Digale al ministro que me lo descuente de la pensión -le contesté.
- ¿Va a leer de una vez la historia del fantasma de la fábrica de los Tobías?

El alcalde se referia a la historia que todo el pueblo conocía. Cuando aquella superstición popular se convirtió, echándole yo un poco de imaginación literaria, en libro todos se sintieron orgullosos de ser “del pueblo de los Tobías”. Y cuando Ibañez Menta, el padre del del “Un, dos, Tres”, cogió el relato para hacer un capítulo de televisión con él, pasé al estadio de héroe popular e hijo predilecto de aquel pueblucho.

- No, dejaré esa puñetera historia para mi último día de condena. Creo que hoy optaré por leeros las peores historias para no dormir, no aquellas que hablan de tragedías, sino simplemente las que hablan de odio y muerte.

Asi que me dirigí a la mesa de lectura donde ya me esperaban algunos de mis vecinos del pueblo y escogí uno de los libros con mi firma que había allí. Abrí el libro por una página al azar y, dado que me satisfacía el relato que apareció, busqué su inicio para comenzar la lectura.

Antes de hacerlo miré furtivamente a los presentes. Y me giré hacia la puerta entornada detrás mío para asegurarme que los chiquillos estaban allí, con la esperanza de que mis relatos de odio, de sangre, de perversidad les produjeran pesadillas las próximas siete noches, al menos hasta la lectura del jueves siguiente. Aquellas sesiones no estaban permitidas para los menores de catorce años, pero yo sabía que los críos se agolpaban detrás de la puerta para oir mi voz ronca, y a veces titubeante por el exceso de alcohol, relatar aquellas oscuras historias. Reí para mis adentros y expuse la historia del condenado a la soga, aquel que mataba para que el alma de las personas se quedara dentro de él y pudiera vivir por siempre al sumar la duración de aquellas a la suya propia.

Cuando acabé se fueron marchando todos. En el rostro se les veía la cara confundida. Por una parte, mostraban el orgullo de pertenecer al pueblo donde había aquel escritor. Por otra, no entendían que aquel horror en las historias pudiera ser considerado literatura y pudiera vender un solo libro en las tiendas de las capitales.

Me quedé mientras Pedro, el bibliotecario, acababa de ordenar los volúmenes en las estanterías. Aquel era mi momento para reconciliarme con la literatura, para cultivarme yo, para alcanzar a encontrar a Dickens (cuyos fantasmas estaba seguro que cualquier Navidad vendrían a verme), a Galdós de quien admiraba su realismo pesimista, o para adorar al Heathcliff de Brontë mientras paseaba por la oscuridad de aquellos páramos tan parecidos a mi propia existencia interior.

De repente alguien se plantó delante de mi. Era una cria de unos diez años de edad, morena, que llevaba en la mano el libro que yo había leído hacía unos minutos

- ¿Tú escribes esto? -me preguntó.
- Esto no está escrito para que tú lo leas, y sí, yo escribo estos libros. ¿De dónde lo has sacado? ¿Has venido con esos críos idiotas que se ponen detrás de la puerta?
- He venido con mi primo Javier. Mis padres me han enviado con los abuelos a pasar el verano. ¿Por qué escribes cosas tan horribles? -inquirió la pequeña.
- Dame ese libro -le dije mientras se lo quitaba de las manos-. Escribo porque me pagan por ello, escribo porque me gusta escribir.

No le iba a explicar a la pobre criatura el por qué relataba aquellas historias llenas de odio, llenas de muerte. A veces ni yo mismo lo sabía. Al principio pensé que porque odiaba a mis congéneres por lo que me había dado la vida. Por lo que yo había querido tanto y no me había correspondido el destino. Más tarde llegué a la conclusión de que a quien odiaba realmente era a mí mismo. Y que la causa más probable era porque sentía por mi un menosprecio infinito al no ser capaz de odiar a la gente tanto como la había querido anteriormente. Al menos a alguna gente que no quiero mencionar.

- ¿No me vas a dejar leer tu libro? -me dijo la pequeña.
- No puedes leer este libro, es para gente mayor -le contesté. Y no porque no me apeteciera que aquella cría pasara un mal rato con él, sino porque si alguien se enteraba de que había dejado que leyera esas historias, probablemente el puñetero juez de paz prolongara mi agonía de los jueves algunos meses más.
- Pero es que yo quiero leerlo -insistió.

No me quedó más remedio que llevarla a la sala de lectura infantil y prometerle que algún día leería el libro pero que mientras tanto era mejor que se leyera a Ende, o a Stevenson.

- ¿Ya has leído “La isla del tesoro”? Es mejor empezar con malos con corazón, como Long John Silver antes de que te encuentres con los que te arranquen las entrañas sin compasión, pequeña.
- ¿Me vas a dejar leer libros sobre gente mala? -preguntó ella.
- Bueno, te voy a ayudar a leer libros. Donde encontrarás gente buena y gente mala. Tú tendrás que elegir cual te gusta, con cual te quedas y cual quieres ser cuando seas mayor.

Fue así como conocí a aquella niña, Laura Gareta. A la semana siguiente volvió a aparecer por allí después de la lectura, intentando coger el libro de turno y acabando, esta vez, leyendo el Momo de Ende. Pensé que aquello no duraría mucho, pero el jodido alguacil me pilló un día que iba yo demasiado perjudicado devolviéndole la jugarreta a Perico en la puerta de su casa. Y el alcalde, a quien el éxito de ver gente en la biblioteca en horas de bar le tenía entusiasmado, habló con el juez de paz para alargar mi purgatorio de lecturas seis meses más. Y esta vez, además, tuve que pagar una multa que alcanzaba casi la mitad de mi pensión. Y lo peor de aquel castigo fue volver a encontrar la sonrisa de aquella cría semana tras semana.

Dejé de escribir. Lo hice porque sentado en el escritorio de mi casa era incapaz de conseguir que los pensamientos y las sensaciones de odio se apoderaran de mi. A cada libro que le daba a leer a Laura significaba un trozo de mi memoria que se desprendía. En vano hice intentos para recuperar mi estado de odio, por satisfacer mi ira. Desde esclafar tres docenas de huevos en la ventana de la cocina del alguacil hasta tapiar una noche la puerta de la casa del alcalde con ladrillos y argamasa, con muy poca traza, tengo que confesar. Pero sólo me llevaron estas fechorías a que me viera los tres próximos años leyendo en la biblioteca, y no ya sólo los jueves, sino también los lunes y todos los miércoles que no hubiera fútbol por la tele.

Leía en los periódicos todas las masacres mundiales y pasaba horas viendo imágenes sanguinarias en los telediarios de mañana, tarde y noche. Pero me daba cuenta de que mi musa, que no era otra que aquella capacidad mía para odiar, me había abandonado.

Un par de semanas después, en otro intento desesperado por recuperarme, me di una vuelta por el cementerio. Allí, paseando entre nombres olvidados, busqué la tumba de Félix, el boticario avaro que aterrorizaba a los críos. Después busqué a Salvador, aquel abuelo que recordaba yo de pequeño y que en el pueblo se decía había denunciado a más de 250 rojos para conseguir que los fusilaran en el 39. Y así, rememorando villanos, fui descubriendo tumbas a cada cual más rodeada de malvas y flores. Era curioso que aquellas tumbas, maldecidas por todos, eran las más floridas, sobre las cuales crecían más flores silvestres que en todas las restantes. “El bien y el mal está dentro de nosotros” me dije. Y entendí que a aquellos que durante la vida solo usaban lo peor de si mismos solo les quedaba su lado amable para después de morir. Que aquellos corazones, donde la parte buena había quedado encerrada y bloqueada de por vida, se convertían ahora en, tan sólo, los lugares donde las malvas echaban las raíces. Que desperdicio.

Y pensando en la injusticia de la muerte en aquel cementerio corté las flores de aquellas tumbas y las repartí entre aquellos que quizás más las merecieran. Dejé algunas en la de Sebas, el chico que salvó a media clase de cuarto curso de ser atropellados por un camión en la carretera general. Otras en las de María, aquella prima mía lejana que murió al dar a luz a sus gemelos. Y lentamente salí del cementerio y seguí releyendo los viajes de aquel intrépido personaje por mundos de liliputienses y gigantes. Aquel libro que, al día siguiente, daría a Laura como siguiente tarea de lectura.

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Zero Kelvin is El último punk que saltó de Putney Bridge
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2 Comentarios »

  1. Hombre! Ya echaba de menos un relato suyo, aunque sabiendo el porqué de su ausencia sobrellevaré mucho mejor mi síndrome de abstinencia de literatura kelviniana.

    Relato muy suyo, si me permite decirlo, por el tipo de personajes, la descripción de los mismos y, sobre todo, por ese saborcillo amargo que suele acompañarlos. Un viejo amargado que se dulcifica? Muy poco propio de usted; ha tenido que matar a la niña (frase que me trae recuerdos de tiempos pasados, por otra parte, jeje).

    Me alegra saber que, pese a su actual (y esperemos que duradero) estado de felicidad, no deja de conservar esa esencia personal que tanto le caracteriza.

    Un beso!

  2. Bueno Sirvi, ya sabe usted, las terapias se usan cuando se requieren. Pero no se preocupe que me flagelaré más a menudo para extraer alguna cosa.

    Ah, “matar a la niña”, si la Srta. Majó (con el permiso de los impresentables que pasan por su vida) lo leyera estoy seguro que se echaría unas sonrisas y se daría cuenta de que SIEMPRE es bueno matar a la niña.

    De hecho, si la niña no hubiera muerto, no sería relato kelviniano. Ya sabe, los viejecitos entrañables o están como regaderas o tienen que ser unos amargados.

    Besazos.

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