Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

Escenas: La Biblioteca

By • oct 24th, 2009 • Category: El congelador

Bueno, ya ando liado con mi curso de Novela, que me está haciendo saltar de lo que eran mis pequeños relatos cerrados a realizar esfuerzos dirigidos a crear algo un poco más consistente.

Y dentro de los ejercicios, el primero que nos han puesto, es preparar una escena donde tengamos un objeto que nos sugiera o nos lleve en la narración a algo, a un símbolo o finalidad.

Las opciones objeto-destino eran:

Biblioteca – Universo
Emisora – Falta de comunicación
Libro – Vida
Ordenador – Anonimato
Perfume – Amor
Farola – Miedo
Laberinto o Ciudad laberíntica – Muerte

Esto es lo que se me ha ocurrido, eligiendo para mi ejercicio la primera opción. He usado el recurso del secreto, es decir, poner una escena donde al final se entiende que el personaje sabe algo que no sabe el lector (lo que pasará mañana, un hecho o algo). Y rememorando mis tiempos de creativa, una pequeña subperspectiva como recurso de estilo, al describir la luz de los astros entrando por los ventanales.

El insomnio de la vispera del mañana

Albert se levantó en mitad de la noche, o sería de la nada. Los destellos de la luna llena iluminaban su habitación y tanta luz inundando su obscuridad no le permitía permanecer en su mundo de sueños de tinieblas.

Bajó a la biblioteca para buscar un punto de referencia en su universo y en el tiempo. Realizando el ritual de siempre. Recorrer los estantes repletos de grandes volúmenes. Pasear entre las ediciones de los griegos clásicos, divisar detrás del aparador cerrado con cristal los viejos pergaminos asirios traídos en diversas expediciones por sus antepasados más aventureros o tomar entre sus manos las crónicas de los conquistadores españoles en el nuevo continente. Incluso, en momentos de extrema inquietud, ser capaz de acariciar los infames volúmenes de Henry James como si fueran obras maestras. Recorriendo libro por libro, universos espaciales y temporales.

Por momentos se plantó delante del gran ventanal para observar el cielo, divisando sólo aquellas estrellas cuyo resplandor no era diluido por el disco lunar en incandescencia. Y observó como la luz de los astros recorría millones de kilómetros, para atravesar la atmósfera, doblegar la resistencia del cristal y penetrar en la estancia hasta acariciar los arcaicos tomos allí recogidos. Y de esta manera parecía que la constelación de Andrómeda desplazara a la Eneida a millones de años luz. Y el Centauro se fusionaba con el Titus del viejo Bill.

Volviendo la vista hacia Pegasus, apagado en el cielo, siguió su leve reflejo, hacía su propia obscuridad, y persiguiendo el haz luminoso se situó frente a los tomos de Byron y Poe. Y aquella biblioteca se convirtió, como tantas otras noches de desvelo, en su particular universo. Y pensó que todo aquel pasado recogido en millones de letras tan conocido para él no le libraba de esa angustia por no saber lo que le iba a deparar aquel mañana que tanto tiempo llevaba esperando.

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2 Comentarios »

  1. Muy bueno, ambos libros y constelaciones juntos mostrando toda su fuerza, grandeza y saber.

  2. Mi quertido novelista (todavía) potencial. Espero me dedique usted una sentida dedicatoria en su primera publicación en solitario para poder presumir de amigo sesudo ante mis amistades… jeje.

    Yo, con todo el dolor de mi corazón, he renunciado, por este año, a los cursos de escritura (sólo me interesaba relato y, francamente, no me veo con fuerzas de seguir su horario, y menos un lunes).

    En el fondo es usted un nostálgico de sus orígenes… esa subperspectiva… me encanta.

    Un besote

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