Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

Doscientos treinta y ocho

By • sep 7th, 2009 • Category: El congelador

El alférez Montero aguardaba junto al pelotón la llegada de Mosén Alberto. Las primeras rayadas de sol ya habían aparecido por encima de las cumbres que rodeaban el pueblo, pero el cura de marras continuaba sin llegar. “Lo entiendo, tampoco debe ser muy agradable para él” pensaba para sí el alférez. Junto a la tapia del cementerio donde se hallaban había un hombre de unos cuarenta años, con la camisa hecha jirones y la piel agujereada por las marcas de las diferentes torturas que le habían aplicado la noche anterior para que soltara alguna confesión con que justificar su muerte. Las manos atadas a la espalda y la venda en los ojos, siguiendo el procedimiento. Quizás gritara “Viva la libertad” o “Viva la república” mientras sonaran los fusiles. El alférez Montero había empezado a imaginar si el reo gritaría o no, si suplicaría o si se giraría de espaldas en el último momento.

Por suerte, por aquel entonces, las ejecuciones ya eran menos numerosas. Sólo se solían fusilar a una o dos personas a la semana, cuando, al acabar la guerra, eran frecuentes las veces en que la tapia del cementerio se llenaba de hombres, hasta doce o trece, que iban a ser ajusticiados. Así que los trabajos posteriores para enterrar los cuerpos en la fosa común se hacían menos laboriosos. Quizás un poco de retraso había perdido importancia y era la forma en que el mosén otorgaba un poco de piedad al reo o, quizás, a su propia conciencia.

Por fin apareció, sotana negra y biblia en mano, para cumplimentar la paz espiritual con que se debía tratar a aquel hombre. Paradojas que llevan a torturar en vida e intentar consolar en la muerte. Como ocurría en el noventa por ciento de los casos el condenado rechazó al cura de forma soez, lanzándole insultos tanto a él como a lo que representaba. Y acto seguido siguió el protocolo y el pelotón apuntó y disparó a la orden del alférez. Éste se dirigió hacia el cuerpo inerte, pistola en mano para asestar el tiro de gracia. Lo hizo lentamente, casi con desgana, intentando recordar porqué lo hacía, pero, cada vez, había tantos recuerdos, en concreto doscientos treinta y seis tiros de gracia anteriores a aquel doscientos treinta y siete, que la imagen de los suyos se diluía en su memoria y era imposible extraer el odio suficiente para que aquello no le importara.

Seis años atrás él era tan solo un adolescente de quince años en un pueblo de la ribera del Ebro. Su hermano mayor, Luís, se había hecho de la Falange en un fervor romántico por las rosas y las pistolas. Probablemente no supiera tan siquiera que era la Falange o cual era su fin. Pero era tan fantástico pertenecer a ese grupo de exaltados defensores de lo que él consideraba el bien, lucir aquella camisa azul y cantar al amanecer, que había sucumbido con el fervor de los conversos. Incluso quiso convertirlo a él en un flecha, miembro de las juventudes de Falange, pero para Santiago Montero había cosas más importantes que el amor patrio o la redención del pueblo.

Cuando estalló la guerra les pilló en la zona que permaneció fiel al gobierno de la República y Luis huyó hacia Navarra con la intención de formar parte del núcleo fascista encabezado por Mola. Su padre, propietario de varias fincas, no quiso abandonar el pueblo. Nada había hecho que mereciera castigo, o al menos eso pensaba él de votar a la CEDA. Pero un día un grupo de anarquistas pertenecientes a la columna de Durruti irrumpieron en el pueblo. Hicieron salir a todo el mundo a la calle y les hicieron levantar el puño. Quien no lo levantó fue conducido al camión con que llegaron y sometido a vejaciones con el fin de conseguir que el absurdo gesto fuera realizado. Pero al viejo Montero ni siquiera le dieron oportunidad cuando oyeron a un vecino decir que a ese, con un hijo falangista, quizás jamás le conseguirían arrancar un puño en alto. Le vaciaron un cargador en el pecho y redimieron a la clase trabajadora con ello. Delante de Santiago. Por suerte o, quizás, por verlo tan escuálido e inofensivo, no hubo un segundo cargador a utilizar contra él.

De ese suceso a pasarse al otro bando pasaron dos años y medio. Ingresó en la Falange y debido a su arrojo en las juventudes y a su inteligencia y disciplina, pudo ser admitido en el ejército en grado de alférez ya finalizada la contienda. Cuando buscaron voluntarios para encabezar los pelotones en los pueblos de la ribera él se presentó como voluntario. Y un mes después asestaba su primer tiro de gracia al vecino que había citado a su padre delante de los milicianos.

Sólo necesitaba rememorar el sonido de aquel cargador para que su grito de “¡Fuego!” retumbara en el valle. Y casi a paso ligero caminaba desde el frente del pelotón hacia los cuerpos caídos para, con precisión, energía y todo el odio que podía acumular, vaciara sus balas contra las sienes de aquellos hombres. Para redimirlos ante Dios.

Pero vivir del odio, de esa fiebre de venganza, es un sentimiento tan fugaz como el enamoramiento por una mujer hermosa que vemos al cruzar una calle cualquiera. Y así, un día, de igual manera que olvidamos a aquello que quisimos, perdemos la capacidad de odiar aquello que nos enfurecía. Y a medida que eso ocurría los recuerdos de su padre se perdían entre las decenas de sienes agujereadas, cada vez más lejano, cada vez más enterrado entre otros cuerpos en la fosa común de su memoria.

Empezó a leer las sentencias de aquellos hombres. “Marcos Artal, firme difusor del No pasarán”, “Federico Royo, alcalde de la UGT”, “Mariano Sierra, conductor para los mandos de las Brigadas Internacionales”. Y empezó a entender a aquellos que morían por no levantar la mano y cantar el Cara el Sol. El grito de “¡Fuego!” se hizo menos sonoro. El trayecto hasta los cuerpos a paso más lento. Y el tiro, a veces atravesaba un ojo en lugar de dar en la sien como debiera.

Aquél día, el del tiro de gracia doscientos treinta y siete, acabó según lo previsto. Pero en el pensamiento del alférez Montero empezó a fraguar la idea de que quizás él debiera utilizar la siguiente bala.

Tagged as: ,

is El último punk que saltó de Putney Bridge
Email this author | All posts by

5 Comentarios »

  1. Real como la vida misma.

  2. Bajo diferentes hechos, pero todo lo que dice este relato pasó, ciertamente. Hubo gente a quien asesinaron los anarquistas en la puerta de su casa por no levantar el puño. Como hubo gente fusilada por defender el No Pasarán. Como hubo gente que tuvo que dar muchos tiros de gracia. Los primeros por rabia. Los siguientes sin entender el porqué…

  3. Los que no levantaron el puño en la puerta de su casa favorecieron con su inactividad o su indiferencia la existencia de masas sin futuro, masas fácilmente impresionables por cualquier ideal que se les presentara como superior, los que fusilaban por defender el No Pasaran no eran tan incultos, eran perfectamente conscientes de lo que hacían y por tanto no tienen disculpa alguna, si luego no han podido dormir, con su pan se lo coman.
    Pero esta es un discusión muy vieja, y a estas alturas tan muertos están los unos como los otros.
    Como relato no está mal.

  4. Campanitas, no siempre, no siempre, y no se justificaba matar por no levantar el puño…

    ¿Como relato no está mal? jajaja que poco entusiasmo, por Dios.

  5. Quien escupe al cielo, a la cara le cae (formulacion popular de la ley de la gravedad y tal)

¿Quieres comentar algo?