Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

La música de l’oncle

By Zero Kelvin • ago 1st, 2009 • Category: En horizontal

Metido en su coche y camino hacia su casa después de dejarla a ella en la suya, se dio cuenta de que las cosas nunca son como a uno le gustarían. Que aquel vacío de no creer en nada, sólo concede la absurda idea de los símbolos, de pensar en la justicia poética de la vida, de hacer cosas por tradición y sólo en un momento de ruptura, de pensar que aquellos ojos que le sonríen desde dentro pueden ser la antesala de la felicidad. Y le asalta esa sensación, esa luz que le atraviesa el cerebro, que le lleva a entender que da tanto miedo no sentirse una desgracia humana que las piernas parecen estar pidiendo salir corriendo.

No era la misma sensación que tenía antes, en aquel mismo coche, hacía unas horas, cuando al recibir el mensaje se despidió de sus amigos en aquel restaurante japonés para ir a recogerla. Ni la que sintió cuando ella apareció con sus gafas pasadas de moda, los ojos brillando tras los cristales y la sonrisa de las “dentotas”. Aquella era la sensación de pensar que podía ser algo más que ese triste chico sumido en su continua carrera hacia la nada.

Quizás eran los ojos de ella, los que atisbó al inclinarse para besarla, los que le hacían sentir que tal vez tenía un sitio en el globo terrestre donde podía ser importante. O un lugar en el tiempo en el que era algo más que una absurda existencia entre dos puntos. Porque desde que tenía consciencia, desde que había despertado de ese sueño eterno de no ser nada y no recordar, sentía que sólo aquellas cosas simbólicas que acaparaban su historia personal podrían algún día responder a sus anhelos de eternidad en la memoria de los otros. Y aquella chica, con sus ojos saltones y su sonrisa trasparente, le hacía saltar su barrera de desesperación para poder pensar “sí, soy alguien”.

Embriagado de esa sensación, de ser alguien, la llevó a su casa en medio de aquellos pinos. En un deseo de que ese alguien arraigara en él se detuvo antes de entrar, para mirar el cielo, para sujetarla junto a la barandilla de aquel pasillo exterior, con el fin de pensar que lo de arrojarse al vacío desde aquel punto era una mala idea. Y empezó a besarla en el cuello, a respirar de su piel, a buscar con sus oídos los gemidos que ella emitía desde su garganta, imaginando que cada uno salía de un punto diferente, de aquel que se hallaba justo en el interior de donde él posaba sus labios.

Entraron en casa y ella le pidió que pusiera música. Él accedió, se dirigió hacia sus columnas de compact discs, ordenadas por grupos, épocas y estilos, y empezó a buscar algo que la inspiración del momento le sugiriera. Por un instante pensó realmente en las suaves melodías “Owl City”, o en los efectos ambientales de “Swimming with dolphins” pero al final, en ese momento sólo consigo mismo, entendió que él no podía ser otro diferente, que como otros tantos símbolos, no cabía lugar para la duda y extrajo la música de l’oncle, la que aquel viejo mentor le había regalado junto con sus enseñanzas para seducir. Porque es tan difícil separarse de la propia piel como lo es de tus propias carencias.

Y mientras sonaba la música la desnudó. No recordará después si lo hizo con suavidad o con arrebatos. No creyó importante discernir si el se quería situar sobre ella o ella sobre él. Solo descubrió que sus ojos le anhelaban. Que su boca pronunció que le pertenecía, que era para él, que le abrazaba muy fuerte mientras le decía que parara, que no le hiciera aquello. Y que él no quería parar. Los orgasmos se repitieron por ambas partes en varias ocasiones, a veces en solitario y otras compartidos. El sudor de la noche de verano empapó el dormitorio, empapó sus pieles, como queriéndoles rodear de deseo. Y con cada arrebato ella era mucho más ella, mucho más todo lo que guardaba dentro de sí.

Pero fue mucho después, cuando ya reposaba en sus brazos y él pasaba su mano por su mejilla, acariciándola y retirándole el pelo por detrás de la oreja, cuando le dijo las palabras que obligan a sentir. Las palabras que dan miedo. Porque verbalizar los sentimientos los hacen mucho más patentes. Al fin y al cabo, decirlos o escribirlos es aceptarlos. Y se dio cuenta de que aquella mano que pasaba por su cara llegaba mucho más adentro que su miembro, cuando minutos atrás la embestía con violencia. Se dio cuenta que acariciaba su alma y que le gustaba hacerlo.

Se presentaron los momentos de duda, la batalla interna, de la que nunca sale vencedor ninguno de los contendientes. Y él supo que debía decidirse por su desgracia. Que si perdía la fe en los símbolos no le iba a quedar nada en que creer. Y que aquella chica no era para él, ni él para ella. Que la justicia poética tenía que andar en algún lado y llegar de una puñetera vez, algo que necesariamente sería con la banda sonora de l’oncle, mientras Sweet Box entonaba el “Everything’s gonna be alright”.

Tras dejarla en casa, se volvió para la suya, con la canción en modo de repetición, una vez tras otra, llamando a las estrellas para que le hicieran llegar esa justicia. Para que alguien que sí fuera para él le repitiera las palabras y él pudiera aceptarlas y devolvérselas.

Al día siguiente, sin noticias del cielo, decidió encerrarse en casa con llave para no tener que salir y ver el vacio tras la barandilla.

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Zero Kelvin is El último punk que saltó de Putney Bridge
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10 Comentarios »

  1. A veces se quiere huir de momentos que hemos propiciado nosotros mismos. Sin duda, somos los únicos culpables.

  2. Sin duda Mo, sin duda.

  3. Buscar y buscar , mala costumbre . Las cosas aparecen sin buscarlas y el camino se hace menos complicado.

    saludetes

  4. Noelia

    Quizás cuando no aparecen uno se desespera. Y empieza a buscar. Y se pregunta si le debe cosas a la vida y tiene que pagar por ello. Y bueno, a veces, sea o no cierto, uno cree que ha pagado, y con creces, ya por lo malo que ha hecho y que, una vez dejados atrás los números rojos, quizás merecería que algo le compensara.

    Pero claro, es una percepción. Es probable que me queden todavía por pagar los intereses. Ya sabes, quien ha sido jodidamente malo no le es fácil devolverle a la vida lo que le robó.

  5. “Porque desde que tenía consciencia, desde que había despertado de ese sueño eterno de no ser nada y no recordar, sentía que sólo aquellas cosas simbólicas que acaparaban su historia personal podrían algún día responder a sus anhelos de eternidad en la memoria de los otros.”

    Muy su estilo, en mi opinión… esa sensación de girar en una órbita distinta a la del mundo real, de ser diferente, me suena.

    “Pero fue mucho después, cuando ya reposaba en sus brazos y él pasaba su mano por su mejilla, acariciándola y retirándole el pelo por detrás de la oreja, cuando le dijo las palabras que obligan a sentir. Las palabras que dan miedo. (…) Y se dio cuenta de que aquella mano que pasaba por su cara llegaba mucho más adentro que su miembro, cuando minutos atrás la embestía con violencia. Se dio cuenta que acariciaba su alma y que le gustaba hacerlo.”

    Un clásico de sus teclas; esa manera de plantear el choque frontal con la realidad que provoca el conflicto interno del personaje.

    “Al día siguiente, sin noticias del cielo, decidió encerrarse en casa con llave para no tener que salir y ver el vacio tras la barandilla.”

    Y ese final inconfundible. La misma incertidumbre con que nos dices siempre, sin decirlo, qué va a ser del personaje. Esta vez me ha gustado especialmente…

  6. Bueno Sirvi, ya sabe usted, mis experiencias existencialistas me pierden. El otro día leía en Pynchon “Al día siguiente, después de dormir doce horas sin haber tenido ningún sueño que contar…” Y me llamó la atención eso. Dormir sin ningún sueño que contar. Y lo asemejé a cuando nacemos, provenimos de un sueño del cual no somos capaces de contar nada. O procedemos de la nada. Quien sabe.

    El conflicto entre querer, no querer, ser querido, anhelar serlo, bueno a lo largo de la vida he recibido palos, muchas veces merecidos. Y entonces dudas si tienes derecho a querer y mucho más a que te quieran. Ya sabe, lo que la vida te da luego te quita, o lo que coges lo tienes que devolver. Y si haces daño es justo que lo recibas después. Sólo que en estos momentos pensaba que estaba en paz con la vida, que el palo del último Noviembre pagaba ciertas deudas y tal.

    Y le contaré un secreto: ni el personaje sabe que le pasará ni el autor tampoco.

  7. Bueno, palos hemos recibido todos (y los hemos dado también, que no somos santos). El derecho a querer no creo que sea algo que te puedan quitar nunca y, por lo que respecta al derecho a ser querido… si hablamos de justicia cósmica, karma o cosas de esas, pues supongo que no… pero nadie dijo que la vida fuera justa y, aunque, probablemente, recojas lo que siembres, siempre tienes la opción de cambiar… y esa persona nueva sí que tiene derecho a ser querida, puesto que ha enterrado a la vieja.

    Pues nada, cuando quiera tomamos un café y le explico los dimes y diretes del destino del personaje (aunque ya le adelanto que, para mí, está condenado a no salir de su situación actual -pensaba que era eso lo que querías decir-). Supongo que es como aquel señor que no sabía si girar el volante o no al cruzar el puente…

  8. Sí, sí, sin duda, los hemos dado también. Por eso siempre digo que los que he recibido, en cierta manera, son merecidos. Al fin y al cabo la justicia requiere que si un dia haces cosas malas otro te toque pagarlo. Lo que pasa es que cuando uno ha pagado las deudas por aquello que hizo, cuando realmente pues ha purgado los pecados y esas cosas, pues bueno, debería tener la oportunidad de reinsertarse y tal.

    Lo del café está hecho. Ponga fecha y hora alguna tarde y hablamos de que le hacemos al personaje, que como puede ver, no tiene nombre.

    El del volante se estrelló en la autovia de Castelldefels. Pero será glorificado en “Cuento Atrás”. Convencí a Daniel de que si ese no salía no quería ninguno. Así que irá ese y el del viejecito entrañable pirado que va al oncológico. Ahora ando en la lucha de convencerles de que el del volante sea el último relato del libro. Me gustaría copar la última página en plan kelviniano, al fin y al cabo ese relato va de un final.

    Echaré a suertes si a este lo tiro por la barandilla abajo.

  9. Ay, no se rinda usted; la reinserción llegará… la paciencia es una gran virtud (de la que carezco completamente); como diría mi madre: “siempre hay un cojo que habla a la puerta de un jorobao”, jajaa.

    Bueno, por lo menos el señor del volante no murió en vano y pasará a la posteridad, inmortalizado en el punto y final (esperemos) de Cuento Atrás, jeje. La sonrisa del cinturón de Orión me robó el corazón, quizás por las lágrimas vertidas (ya sabe usted que una servidora es muy sentida).

    Me apunto lo del café. Cuente con que vuelvo a mediados de agosto; hablamos entonces. Espere usted hasta mi vuelta y, haga el favor, no me tire hasta entonces al pobre hombre barandilla abajo…

    Hasta la vuelta. Un besote.

  10. Quien sabe, quien sabe. Usted, por si acaso, hágame buena propaganda entre sus incautas amigas seguidoras de las sienes plateadas y tal. Que yo tampoco tengo mucha paciencia.

    El señor del volante no murió en vano, tenga en cuenta que matar a aquel imbécil que se dejó embaucar por semejante zorra (me encanta soltar exabruptos en plan machito y tal) era algo requerido para que naciera después un tipo tremendo y sin miramientos.

    Sobre el viejecito demente y volado, bah, ya sabe, es entrañable, pero en el fondo es el puñetero ángel de la muerte. Tenga cuidado y si lo ve huya de él.

    Cuando vuelva me dice, pero yo andaré de vacaciones hasta el 24, advierto. Seguramente persiguiendo a alguna que otra damisela que se me cruce por el camino. No tendré tiempo para el imbécil de la barandilla. Lástima hubiera ido de copiloto con el del volante…

    Besazos.

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