Los recuerdos de la tarde de tormenta
By Zero Kelvin • jul 27th, 2009 • Category: El congeladorCon mis mejores deseos para Pascual, porque de las historias reales surgen recuerdos inventados, porque de un episodio de nuestras vidas pueden surgir miles de plagios creativos.
Los recuerdos de la tarde de tormenta
Medio dormitaba en la cama esa mañana de domingo del mes de Diciembre. Los sueños, quizás porque es un día en el que sabes que te da igual descansar o no, se acumulan en la cabeza para hacerte sentir aquello que la rutina enmascara a base de trabajo, preocupaciones o simple desidia de tu propia existencia. Y esos sueños, esos pensamientos, medio verdades, medio sentidas, medio reflexionadas, pero en cualquier caso, sólo fabricadas hasta la mitad, se iban secuenciando en la mente cuando oí a Pol empezar a armar jaleo en su habitación.
— Es el niño, y son las siete y cuarto de la mañana —me dijo una voz agridulce mientras su propietaria se daba media vuelta hacia su lado de la cama intentando recobrar el sueño. La entonación no dejaba lugar a dudas y me parecía que empezaba a tener un problema de buena mañana.
— No te preocupes, duerme, ya voy a ver que quiere —le contesté intentando salvar su posible andanada de mal humor matutino.
Y me acerqué casi arrastrando los pies hacia su habitación, sintiendo el bullicio de sus risas y sus charlas con el viejo Madelman que había encontrado en una caja donde acumulaba parte de mis recuerdos de aquella infancia ya tan lejana.
— Pol ¿No es demasiado temprano para jugar? Recoge los juguetes y sigue en la cama hasta que sea la hora —le dije con entonación severa, de esa que pongo cuando no quiero que me rechisten.
— Papá, no tengo sueño. Quiero jugar. O cuéntame uno de tus cuentos.
Puro chantaje al estilo de un crio de seis años. Y lo bueno es que totalmente incontestable por mucho que tú ya andes por la cuarentena. Porque sabes que no se va a dormir a menos que pongas de tu parte lo que no está escrito. Hay veces que toca perder, así que, asumiendo mi suerte, le pregunté al pequeño demonio que quería que le contara.
— Papá, ¿Cómo conociste a mamá? -me preguntó a bocajarro. A saber de donde habría sacado la idea de interrogarme sobre semejante cosa.
— Uff es una historia muy larga, y es muy temprano. Elige un cuento, te lo leo y te vuelves a dormir —le contesté siguiendo con esa severidad en la voz para ver si podía hacerle entender que no era el momento.
— ¿Mamá era guapa? La Eva Pons es guapa, es la más guapa de la clase. Quiero que sea mi novia. ¿Mamá era la más guapa de la clase? —insistió, como si no hubiera oído lo que le había dicho.
— Mamá y yo no íbamos juntos al colegio, Pol —le dije, tratando de salvarme de la quema de su curiosidad.
Y estaba visto que no me salvaría. Le contesté que esas cosas habían pasado hace mucho tiempo, pero me replicó que el lobo se había comido a la Caperucita mucho antes de que yo conociera a su madre y que si me acordaba de la Caperucita me tenía que acordar de mamá, que además era mucho más guapa. Y por mucho que yo le dijera lo del cuento, él pretendía que los resultados fueran otros. Así que me armé de paciencia y empecé a recordar. Eran otros tiempos. Otros momentos. Otras sonrisas. Y quizás otro yo.
Aquel verano salía yo de trabajar a las dos y media, gozando de la magnífica jornada intensiva que me proporcionaba el placer de poder dedicar las tardes a mi conveniencia. Con mis amigos, con Javier y con Quique, quedábamos para comer en cualquier bar próximo a la playa de la Barceloneta para después quedarnos un rato allí, tomar el sol, jugar a fútbol playa (pues a mí siempre me ha apasionado dar patadas a un balón) y bañarnos como veinteañeros irresponsables, intentando nadar mar adentro, cada día diez brazadas más, hasta que llegásemos a un punto en el que el esfuerzo para volver a la arena nos hiciera sentir muy bien después. Siempre me han encantado los desafíos, incluso aquellos imposibles.
Y creo que llevábamos un par de semanas yendo siempre al mismo sitio, allí en la playa junto al chiringuito, cuando empezaron a aparecer aquellas cuatro chicas. Luego supe que se llamaban Mónica, Rosa, Elena y Maribel. Pero para nosotros no eran, claro, cuatro chicas, sino cuatro posibles trofeos a obtener, en esa fiebre juvenil que es el deseo irrefrenable de dar rienda suelta al orgullo. Aunque cierto era que a mi Rosa me hacía sentir esa especie de hormigueo en el estómago que te confunde y te atonta a partes iguales, y que además, te deja por idiota a la mínima ocasión en que tratas de mostrarte simpático. O al menos es lo que me parecía a mí, que siempre he pensado que parezco un idiota delante de una mujer que me interese.
Javi y Quique enseguida propusieron la estupidez masculina de turno: que nos las repartiéramos. Así que yo dije que la morenita bajita, la del bikini a rayas como el arco iris, era la que me gustaba más. Y aunque Quique puso cara de que a él también le llamaba más la atención, aceptó quedarse con Maribel, la rubia más alta, a base de retarle sobre su capacidad para conquistar a semejante mujer, que, dicho sea de paso, nos intimidaba bastante más a los tres que el resto de sus amigas.
Así que Javier, sin duda el más osado de los tres, inició la conversación con Elena, la chica que le había tocado en ciernes en base a nuestro pacto no escrito de división de las presas. Hubo las presentaciones oportunas y yo intenté hacerme el gracioso, o lo que es lo mismo parecer idiota, con la chica morena del bañador del arco iris.
Y se llamaba Rosa. Y me gustaba. Y como siempre pasaba con las chicas que me gustaban aquello iba a convertirse en un nuevo ridículo ostensible delante de mis amigos, porque todas esas ideas brillantes que me salían siempre cuando estoy con mi inventiva matemática nunca me sirven para que una chica me vea como algo que valga medianamente la pena. Mis divagaciones hacia el fracaso me seguían martilleando en la cabeza cuando de repente cogió el libro que tenía en mi toalla, aquella biografía de Philip K. Dick escrita por Emmanuelle Carrere, y me miró con una sonrisa capaz de hacerme meter la cabeza debajo de la arena.
— Vaya, ¿Philip K. Dick? —me dijo con voz de interés—. He leído un montón de relatos suyos, “El hombre en el castillo”, “Tiempos de Marte”, “Ubik” y desde luego, “Sueñan los androides con ovejas eléctricas”.
— Bueno, es su biografía, escrita por Carrere. Habla de sus paranoias, de su estado mental que le hacía escribir aquellas cosas. A mí el impacto de ver BladeRunner la primera vez siempre me ha perseguido —le dije, dándome cuenta de lo bien que me sentía encontrando alguna cosa en común con aquella chica.
— Bueno, si te digo la verdad —me confesó— cuando tu amigo ha empezado a hablar con nosotras nos habéis parecido unos cazadores de replicantes la mar de torpes y poco interesantes. Pero supongo que si has visto rayos C brillar más allá del cinturón de Orión, quizás puedas explicar algo que valga la pena —me dijo riéndose.
Así que, durante los días subsiguientes, busqué dentro de mí la puerta de Tannhäuser, La nube de Oort, el cinturón de Orión y el de Kuyper, y cualquier nebulosa que me llevara a años luz de mi torpeza. Y aunque no me atrevía a contarle que cada día me gustaba más, las tardes eran sonrisas, brazadas mar adentro, y relatos de Dick, que nos proponíamos leer para comentar en cuanto ambos los hubiéramos acabado. Y leí “Foster estás muerto” porque de algún sitio había salido el título de aquella biografía. Leí “Progenia” y “El último experto”. También “Y gira la rueda” o “La desolada Tierra”. Eran relatos fugaces, relatos que duraban menos que las conversaciones que nos desataban.
Y supongo que todo habría seguido igual, o quizás nos hubiera llevado al mismo sitio, no lo sé. Lo que ocurrió fue que aquel veintidós de Julio llovió. Fue una tormenta de esas veraniegas que descargan litros y litros de agua. Y andaba yo de muy mal humor por la mañana en el trabajo sabiendo que no había playa aquella tarde. Porque quería pensar que era eso, que no había playa, lo que me resultaba irritante.
Y llegadas las dos y media, bajé al parking a por el coche y, sin saber porque, sin darme cuenta, el coche siguió el rumbo de todos los días anteriores para darme cuenta de que estaba en la Barceloneta veinte minutos después. Así que comí, y con el paraguas de reserva que llevo siempre en el maletero, decidí pasear por el borde de la playa hasta llegar al punto donde cada día poníamos nuestras toallas al sol.
Y mientras me acercaba vi una chica con paraguas, en el punto exacto al que yo me dirigía. Y cuando notó que me aproximaba se giró y sonrió:
— Llegas tarde, espero que al menos hayas acabado el relato.
Pol me miró cuando acabé de contarle la historia. Supuse que me preguntaría que hacíamos su madre y yo en la playa un día de tormenta, con rayos y truenos por todos los lados, pero claro, los niños son imprevisibles.
— Papá, ¿y por qué mamá y tú ya no estáis juntos? ¿Te gusta más Maribel que mamá? ¿Te gusta porque es alta y rubia?
E intentando apelar a mi espíritu poético, ese que me hacía parecer siempre un idiota delante de los demás, le contesté:
— Pol, las cosas que te gustan van cambiando. Pero mamá siempre me ha gustado; es la mala suerte de habernos besado la primera vez en un día de tormenta. Y ahora duerme.
Dejé a Pol en su cama, recordándole su promesa y que los hombres que dan su palabra la tienen que cumplir. Él tenía su historia y yo la intranquilidad de la mía. Recordé los relatos de Dick, su brevedad y fugacidad y me di cuenta de que todo es igual. Que un relato siempre se acaba. Que lo que hoy te gusta mañana te deja de gustar. Y me di cuenta de que la vida te muestra todos esos ejemplos para que aprendas que tú, pobre diablo, o mejor, pobre idiota, eres tan o más fugaz que todo ello. Y que en la fugacidad quizás, los días más alegres, pueden ser los días de tormenta. Y que no puedes perder un instante en algo que no te haga ser feliz.
Así que antes de volver a la cama me acerqué a la habitación que tenía acondicionada como despacho, cogí la agenda electrónica y anoté una cita con mi abogado para el día siguiente, lunes. Tenía que divorciarme de la voz agridulce que ya no soportaba los domingos por la mañana, por mucho que fuera una rubia alta y espectacular que mis amigos envidiaran.
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Tinc ganes de veure’t
Fah
Però tu no ets “alta y rubia” que jo recordi…
Ni sóc espectacular ni els teus amics res ni res.
I?
Fah
Espectacular potser si.
Dels meus amics els hauria de preguntar.
“pero me replicó que el lobo se había comido a la Caperucita mucho antes de que yo conociera a su madre y que si me acordaba de la Caperucita me tenía que acordar de mamá, que además era mucho más guapa”
Con esto te me has metido en el bolsillo; sencillamente genial… me ha encantado.
“Y se llamaba Rosa. Y me gustaba. Y como siempre pasaba con las chicas que me gustaban aquello iba a convertirse en un nuevo ridículo ostensible delante de mis amigos, porque todas esas ideas brillantes que me salían siempre cuando estoy con mi inventiva matemática nunca me sirven para que una chica me vea como algo que valga medianamente la pena.”
Párrafo de firma. Todo él pero, especialmente, esos “y” empezando esas frases cortas… impacto y dinamismo en tres palabras, qué mas se puede pedir?
“Recordé los relatos de Dick, su brevedad y fugacidad y me di cuenta de que todo es igual. Que un relato siempre se acaba. Que lo que hoy te gusta mañana te deja de gustar. Y me di cuenta de que la vida te muestra todos esos ejemplos para que aprendas que tú, pobre diablo, o mejor, pobre idiota, eres tan o más fugaz que todo ello. Y que en la fugacidad quizás, los días más alegres, pueden ser los días de tormenta. Y que no puedes perder un instante en algo que no te haga ser feliz.”
Y la filosofía personal del Sr. Kelvin que siempre acaba saliendo al final del relato, acabando de cerrar el círculo.
A sus pies, Sr. Kelvin; con este relato me ha conquistado…
Un beso
Sirvi
Cada vez me conoces mejor. Demonios, al final podrás hacer una tesis sobre como escrito, como desmenuces tanto mis pequeños escritos.
Ahora ya sabes, recomiéndaselo al club de fans de las sienes plateadas jajaja.
Jajaja… descuida, pondré una nota en el tablón de anuncios del club con un enlace directo a este sitio… calidad literaria y sex appeal… las vas a volver locas!!!
La ley del marketing indica que la satisfacción del cliente es igual al cociente entre los resultados obtenidos dividido por las expectativas generadas. Así que mejor no generar excesivas expectativas que luego quedarán defraudadas. Nada de sex-appeal y calidad literaria, bah, un simple chico con aspiraciones, que no se le da mal del todo estas cosas.
Y ya me encagaré yo de que la locura les venga después. Jejeje.
Siempre es agradable recordar el inicio de las relaciones. Gran relato con moraleja.
Bueno, siempre podemos recurrir a mis dotes de celestina (ya estás al corriente de ellas)… jajajaja.
Y de la locura ya me enteraré por ellas… (ya sabe que las amigas nos lo contamos todo…) jajajaja.
Jajaja Vale, Vale Sirvi, lo dejo en tus manos, peor que en las mías no podría salir jajaja.
Isabel… mmmm creo que no iba por ahí la intención del relato.