Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

Los abrazos de las tardes de tristeza

By • jun 24th, 2009 • Category: El congelador

El tren correo, el que para en todas las estaciones, es el único que me permite bajar de Zaragoza a Samper los viernes por la noche cuando acaba mi semana en la Universidad. Casi volando, como alma que lleva el diablo, salgo de las clases para llegar al Colegio Mayor, recojo la maleta que he dejado hecha el día de antes, y arranco a correr hasta la estación para que no se me escape el tren. Y en el camino me autoimpongo que esa noche he de dormir un poco más, que es fin de semana, y que las largas noches de estudio entre el lunes y el jueves para mantener mi beca deben dejar paso a, al menos, una noche de descanso para el sábado estar presentable en aquel pequeño pueblo de Teruel donde nací, y desde donde mis padres luchan porque yo consiga escapar.

El tiempo pasa muy despacio en esos pueblos perdidos. Tanto que un día parece una semana, una semana un mes y un mes casi un año. Solo los pregones de riego parecen mantener los momentos cíclicos del corto plazo. Y supongo que por ello la gente es más vieja en Samper que en Zaragoza. Las pieles se quiebran como los campos al desecarse tras el ador. Y el mozo de veinte años parece tener treinta. El de treinta, cincuenta. Y el que consigue pasar de los cincuenta es casi un anciano.

Los sábados, después de mi primera noche en mi antigua cama, amanece temprano, quizás para tener ese ajuste temporal que consigue convertir el día en semana. Tras ayudar a mi madre en la rutina con los animales me gusta asearme en la bañera que ella heredó en el ajuar. Agua a hervir y un poco del pozo para compensar, afeitarme con la cuchilla y el único lujo que me permito en la vida: tomar un café después de comer en el Casino provincial. Donde mi condición de estudiante universitario me abre unas puertas sólo reservadas para socios y donde mi padre jamás podrá poner un pie. En el sitio donde el boticario, el médico, el cabo de la guardia civil y el mosén juegan al guiñote bajo la atenta mirada de Franco colgado en la pared y engalanado con el yugo y las flechas.

Allí nadie conoce de mis acciones para el Socorro rojo, ni los conatos de huelgas universitarias que se abortan por los infiltrados de los grises, ni la gente ha leído a Sartre o escuchado a Becaud o Jacques Brel. Y por suerte tampoco saben de mi noviazgo con Sara, la sobrina de Mosén Pascual y que llegó con él desde Calatayud siendo una mocosa de dos o tres años después de cierto revuelo que se armó allá.

-Veinte en copas- oigo cantar al boticario, que juega de pareja con el mosén.

El médico rezonga para sus adentros, intentando no soltar una blasfemia que cabree al mosén y le envíe a casa con no-se-cuanta penitencia por realizar. Penitencia que tiene que hacer porque su mujer, que va todos los días a misa, pregunta homilía tras homilía si el alma de su marido anda bien provista de perdón.

-Ramiro, acércate para acá –me indica el boticario- ¿Cómo van los estudios de nuestro samperino más aplicado?
- Bien Don Manuel, bien. En un par de años ya seré ingeniero de caminos si Dios quiere.
- Si Dios no lo quisiera no te habría enviado a la Universidad, Dios no da alas a quien no va a volar –me suelta el mosén-. ¿Y ya te portas bien? Las Universidades están llenas de rojos, y lo que es peor, de revolucionarios. Espero que lleves el buen nombre de este pueblo a buen recaudo. Y que no deshonres a nadie, que hoy día los jóvenes sois unos inconscientes. Antes que deshonrar a la hija de alguien vete a un burdel y luego vienes a verme que ya hablaremos de tu penitencia y tu perdón. Si te digo la verdad, líbrate muy mucho de las mujeres o acabarás condenado. ¿Qué crees que han hecho estos para estar aquí? -y les dedica una mirada severa a sus compañeros de partida.
- Sí mosén Pascual, descuide. Quiero ser un hombre cabal y labrarme un futuro, Señor. Sólo tengo tiempo para los estudios.
- Bien, pues a ver si es verdad. Y ven a verme que ya hace días que no te confiesas y tus pecados, que seguro que los tienes, andarán ya carcomiéndote el alma, hijo. A saber que harás tú solo en la capital. Si eres hombre de este pueblo aquí debe estar tu sitio.
- Mosén, no pase pena, me confieso con el padre Forteza allí en la Universidad –le espeto con cara seria, probando de hacerle pasar la mentira.
- No me fio nada de esos jesuitas, son medio rojos. Alguno incluso luchó en nuestra cruzada con ellos –me replica, pero parece convencido de que la cosa no pasará a mayores.

Las tardes del casino son siempre iguales, son el veinte en copas del boticario, el guiñote del médico o cantar las cuarenta en el arrastre para ganar la partida, cosa que siempre hace el Cabo para desespero de mosén Pascual. Y para mi es el tiempo ineludible para formarme mi buena reputación delante de los prohombres antes de ver a Sara. Antes de ser yo, mi yo de verdad.

Así, con tiento, me despido de los pudientes del pueblo y, caminando a la sombra de los ojos del Samper que duerme la siesta, me acerco a casa del mosén por el camino más largo. La piel de Sara es blanca como la pureza. Y cuando la acaricio es imposible que pueda dejar un solo rastro de pecado en mi. Mientras hacemos el amor me mira con ojos embelesados, con una ternura infinita y dándome todo lo que le pido antes de echarse a llorar.

-¿Cuántas chicas tienes en la universidad? –me pregunta
- Ninguna –le digo-, no puede haber ninguna porque me paso las noches en vela estudiando y porque a quien quiero es a ti.
- Valiente mentiroso –me dice entre sollozos-. Mi tío dice que allí está lleno de rojos y de chicas con la cabeza hueca. Y que seguro que tú, con ese hablar de universitario, las embobas como has hecho conmigo para hacer estas cosas.
- ¿Eso te dice tu tío?
- Sí, claro. Y eso que no le cuento nada de ti cuando me confieso. Porque siempre dice que las mujeres somos el demonio, que le han llevado a este pueblucho y que sino fuera un hombre de Dios estaría condenado. Y siempre me habla de mi madre y de que era mala y que casi le lleva al infierno. Y no se, pero mi madre siempre le miraba como yo te miro a ti. Y yo a ti te quiero aunque sepa que te irás con tus universitarias a vivir tu vida lejos de nosotros.
- Te llevaré conmigo -le digo en aquellos momentos. Y no por engañarla sino, quizás, por engañarme a mi mismo.
- Te casarás con alguna chica de la capital y te olvidarás de nosotros, del pueblo, del campo. Y yo me quedaré para vestir santos, para coser ajuares de las otras y escuchar los seriales de la radio cuando mi tio no me vea.

Y mientras sigue hablando yo no puedo sino abrazarla en aquellas tardes de tristeza. En las que ella me explica sin saber hacerlo lo que es querer y en las que yo descubro que mis ganas por abandonar aquel lugar en la geografía y en el tiempo son más fuertes que lo que yo pueda sentir por ella. Al día siguiente retorno a Zaragoza con el tren expreso, el que me devuelve rápido a la capital. Semana tras semana es igual, es el sopor, el hastío que crece después de que la ilusión de los viernes por volver a ver a los míos, a Sara, se convierta, en sólo dos días, en la desesperanza de la prisión custodiada por un boticario, un médico, un mosén y el inevitable cabo de la guardia civil. Y me voy en ese tren veloz para escapar a donde el tiempo pasa deprisa, tanto, que no te deje pensar en lo que se queda atrás.

Sé que algún día me vendrá al recuerdo aquel mosén y su ilegítima hija. Y lo único que me gustaría es dejarle a Sara, ni que fuera en prenda, un trozo de mi alma, de esa que iré perdiendo por la vida y que, en justicia, ella debería guardar una parte. Y mi tristeza al pensar eso es tan grande que ni tan siquiera cabe en todas las tardes, que parecen medias semanas, que comparto con ella.

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13 Comentarios »

  1. Un texto triste. Precioso.
    Un placer de lectura, Sr.Kelvin.

  2. Morgana

    Ya sabe usted, los relatos son tristes cuando las cosas a contar lo son… Conozco los pueblos como ese y, para mi desgracia, las tardes como esas.

  3. I escrius molt bé.

  4. Fah

    Això es degut a que llegeixo molt.

  5. Duquesa: discrepo totalmente.

    Yo creo que en la vida las relaciones tienen su periodo, su momento. Lo que no creo es en una relacion “para toda la vida”. La gente evoluciona. La persona con la que mantenemos una relación hoy es muy probable que no siga nuestra propia evolución si no la suya, y por tanto, de aquí a un tiempo, ya no será la persona con la que queramos ni debamos estar.

    Cada relación tiene su tiempo. Da igual que sea una locura, una pasión, un enamoramiento, una simple atracción sexual, o lo que fuere, todo tiene un tiempo de ser y luego el de no ser. Lo que ocurre es que, obviamente, eso no se sabe desde que uno nace, lo aprende con el tiempo. A veces, demasiado tarde. Y lo que es algo se convierte en eso, en algo sin sentido.

    Pero no la voy a adoctrinar con mis teorias. Cada cual tiene las suyas al respecto.

  6. No era el correo de Zaragoza, sino la Torica de Alcañiz, pero tienes razón la tristeza de esas tardes de domingo podía llegar a ser insoportable y las relaciones tienen su momento, cada cosa pasa cuando tiene que pasar, aunque a veces te preguntes que tal vez ese momento lo hemos forzado nosotros mismos y qué no hubiese pasado de no hacerlo.
    Buen relato!!!

  7. Campanitas:

    El correo venía de Zaragoza, en Alcañiz no había universidad. Además, la Torica paraba en la Puebla no en Samper, en Samper siempre ha habido la estación de la RENFE de la linea de Mora a Zaragoza…

    No me contradigas, leñe.

  8. Duquesa

    SIEMPRE tengo razón.

  9. Has crecido.
    Me gusta la persona que veo entre esas líneas.
    Muchas gracias porque es un regalo leerte.

  10. Hache… bueno, hace no mucho cumpli un año más… más que crecer… me hago más viejo.

    El placer es ser leído.

  11. Va usted mejorando sensiblemente, este relato me ha gustado mucho. Tiene una prosa mucho mas fluida que de costumbre y no tiene ese poso agrio que caracteriza a sus relatos. Es un texto aunque triste mucho mas amable que la mayoria. Creo que le sienta bien este cambio de tono. Ademas me da la impresión como si este relato fuera el primer paso a escribir algo mas extenso. No se usted dira, pero repito me ha gustado.

  12. Mmmm

    CJC

    Te diré que en mi entender, desde el punto de vista técnico, es el relato mejor conseguido. Al menos es lo que me han dicho en la escuela. Los tonos de cada personaje y el narrador están más definidos, los contrastes se ven más y no parece que cada personaje hable por la boca del autor, sino por él propio. Hasta ahí lo bueno y lo que creo que he mejorado.

    Como el relato era un ejercicio sobre “tonos y registros” quizás me he centrado más en eso que en la historia en si. Y bueno, mis historias, las historias “kelvinianas” deben tener ese poso agrio, duro, que joda y duela a quien lee, incluso ¿por qué no? que produzca rechazo… Porque ya sabes que en las formas soy así. Y que el fondo se debe reservar para gente que valga la pena, no para cualquiera. Pero que te voy a explicar a ti…

  13. Una persona que ansía escribir, como usted, no puede ceñirse unicamente a su mundo, a su forma de ver e interpretar las cosas. Ahí afuera hay muchas historias que no son las suyas pero que usted puede recoger y hacerselas llegar a sus lectores. Si se ciñe unica y exclusivamente a su mundo y forma de ver las cosas estara poniendo unas fronteras a su creatividad que no le haran crecer como escritor, ni quizas como persona.
    En este relato yo creo que no se ha ceñido tanto a su estilo y creo, como sus profesores, que quizas es el mejor que ha hecho. No piense que eso es una traición a su autenticidad, sino una evolución.

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