La dignidad de los cobardes
By Zero Kelvin • jun 3rd, 2009 • Category: El congeladorTodos somos muy altos por dentro. Tan altos como ese campanario que horada el cielo y que, en los días claros de primavera, tenemos que mirar con los ojos convertidos en diminutas rendijas, para poder enfocar lo que tienen en su parte más alejada de la Tierra. Tan enormemente altos que los más cobardes siempre, al mirar hacia abajo, sienten un vértigo inevitable que les hace cerrar los ojos, como si la realidad vista desde lejos fuera un reflejo aterrador no sé sabe de qué.
Andy siempre ha leído, o le han contado, que los campanarios están tan altos porque así se acercan más a Dios. Pero lo cierto es que una cosa es lo que te cuentan y otra lo que realmente ocurre, o lo que uno mismo aprende con el tiempo. Y resulta que los campanarios tan altos lo que hacen, en verdad, es alejarte de la realidad. Y a veces, aunque no seas creyente, es el refugio más adecuado para la gente como Andy.
Desde las alturas, los ojos de cualquiera pueden enfocar al infinito o, sino tan lejos, quizás sí hacía aquellas zonas remotas que quedan tan allá en el mundo que es imposible poderlas atisbar a simple vista. Distancias extremas y tiempos pasados. Horizontes perdidos y recuerdos indelebles. Todo eso es lo que nos perdemos –y no nos cuentan- cuando desde el campanario buscamos a un Dios inexistente en lugar de a la realidad perdida.
Pero Andy, que tampoco cree ya en nada, dedica el tiempo que le permiten sus pupilas extraviadas a acordarse de Carla, de la niña de la sonrisa bonita, los ojos saltones y el pelo enmarañado. En sus recuerdos ambos juegan en el bosque, y mientras a él le gusta esconderse detrás de los pinos o debajo de los huecos que algunos arbustos pequeños le permiten, Carla siempre trata de enfilarse a un árbol para buscarlo desde arriba. Y es que, piensa Andy, las niñas siempre son más intrépidas que los niños.
Y más listas. Las niñas también son más listas, al menos en lo que Andy recuerda de veinte o treinta años atrás. Recuerda los papeles secretos en su mochila del instituto. Los “búscame detrás del gimnasio a la salida”. Y como el tiempo, ahora visto en cámara lenta, hace que el recorrido de sus labios pase de las mejillas de Carla a su boca, que sus manos ya no estiren de sus coletas sino que acaricien su pelo y que cualquier choque fortuito e infantil de sus cuerpos pase a ser ahora la descarga eléctrica de miles de voltios que estremecen todos y cada uno de sus nervios cuando la rodea con sus brazos.
-Estás loca, un día todos se enterarán –le dice él sin poder parar de mirarla a los ojos.
-Claro que estoy loca, sino lo estuviera no te besaría así.
Las niñas son más listas. A veces lo saben todo. O quizás simplemente lo aceptan como es.
Entonces los niños son más tontos y cobardes. Consecuencia directa de lo anterior. Probablemente sin apenas excepciones. Tontos por no saber lo que significa ese estremecimiento ni esos ojos que brillan. Cobardes seguramente por ignorancia. Y así Andy primero dejará a Carla por Isa, la chica que dicen que lo hace todo. Y luego a ésta por Inma, y después vendrá Geno. Y acabará casándose con Sandra porque es lo que está bien, según le dicen. La chica que le tienen preparada, de su misma clase y condición. Porque, está claro, que un chico como Andy lo que requiere es una madre de sus hijos. ¿O acaso puede aspirar una persona como Dios manda a algo mejor que eso?
Los niños tontos y cobardes se convierten en señores serios y responsables. De miradas serenas y ojos apagados. De misa de los domingos. De paseos del brazo de su esposa hasta el Casino Provincial. De partidas de naipes con el boticario y el médico. Y de poner un billete en la hucha de la entrada de la iglesia.
Solo ciertos adolescentes, que corren a veces después de clase hacia la parte de atrás del gimnasio, levantan su vista y lo ven alguna vez. Allá en lo alto. Y les parece que es un fantasma, el fantasma del campanario que, curiosamente, se atisba en los días soleados de primavera y no en las oscuras noches de invierno. Y alguna niña, que ya sabemos todos que son más listas que los niños, ha sacado la teoría de que en realidad no es un fantasma.
-Es un chico que se ha subido arriba para buscar a su chica –repite aunque todos se rían de tan estrafalaria teoría.
-Los chicos no se suben a los sitios –le replican tratando de hacerla entrar en razón-. Al menos no los chicos como Dios manda.
Zero Kelvin is El último punk que saltó de Putney Bridge
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Curiosa narración, o es por encargo o me ha pillado desprevenida.
Jajajaja
Te ha pillado desprevenida, la narración proviene de una idea que me dió el jefe de la policia municipal de Capellades. En Capellades hay un campanario muy alto, y resulta que cada par de años, se tira alguien. Curiosamente o no tan curiosamente, los hombres se tiran de pie o de espaldas y las mujeres siempre de frente, con el salto del ángel. Las mujeres siempre mueren en el acto, los hombres no siempre, es como si fueran más cobardes y lo hicieran con resquemor. De esa idea ha salido esto, así, como porque sí. Pero bueno, no me apetecía tirar al pobre Andy del campanario, al menos no en estos momentos.
Qué pena que no haya emoticonos…roll,roll,roll.
Me ha gustado tanto,como el primer relato que te leí,y me ha parecido tan serena su lectura…He sentido que ibas alumbrando el camino hacía donde querías dirigirnos,pero con un tiempo diferente del que acostumbras,con mimo,casi con ternura.Vuelvo a verte Kero Kelvin.
Un beso bien grande.