Bolaño en modo pedante extremo
By Zero Kelvin • jun 4th, 2009 • Category: Entre librosAndo yo liado ya hace unas semanas con “2666” de Bolaño. Este libro, firmemente defendido por mi amigo Quim, me fue recomendado, tal vez, con un exceso de euforia. Como indican algunos manuales de marketing y ventas, la satisfacción del cliente es proporcional a los resultados del producto pero, a su vez, inversamente proporcional a las expectativas creadas. A más expectativas menor será la satisfacción, pues ya esperas algo sublime. Y en este caso unas expectativas tan grandes acompañadas de un libro que bueno, que sí, que tal, pero que no mata, digámoslo claro, me está suponiendo una decepción importante.
Una de las características destacadas de Bolaño es lo que se ha dado en llamar la “hipertextualidad”, es decir el uso de estructuras narrativas de otros autores en sus textos. Llamémosle plagio creativo, guiños, homenajes o como ustedes quieran. Bolaño recoge de Borges, de García Márquez y lo usa sin contemplaciones en sus novelas. Semejante atrevimiento, próximo a la vanidad por compararse con semejantes literatos ya consagrados, podría considerarse una muestra de soberbia ya de por si intolerable.
Pero no se queda la cosa ahí. Bolaño nos hace una evangelización sobre los autores de los que recoge cosas para mostrarnos tanto lo mucho que él sabe de ellos como para decirnos “Señores, esto es lo que tienen ustedes que leer”. Su disertación sobre los autores rusos de inicio de siglo en su última parte de “2666” roza las ganas de arrearle un par de tortazos y un “no me agobies más”. No está de más reseñar algunas cosas, abrir el mundo propio a los demás a través de los propios escritos. Pero evangelizar creo que ya han llegado los días en que sólo deberían hacerlo los Testigos de Jehová a los cuales yo nunca abro la puerta.
Finalmente, cuando se cae además en el menosprecio al resto, cuando tus textos te los realzas a grandes alturas y minimizas de modo pedante el trabajo de los demás, entonces ese autor deja de ser ni tan siquiera una persona que merezca el más mínimo sentido entender ni valorar. A partir del texto que les reproduzco, les anuncio mi más profunda aversión a este escritor. Su mediocridad está a la altura de la condición humana de la que goza. Pedazo de gilipollas.
“Pobre padre mío. Fui escritor, fui escritor, pero mi indolente cerebro voraz me comía las entrañas. Buitre de mi propio Prometeo o Prometeo de mi propio buitre, un día me di cuenta de que podía llegar a publicar excelentes artículos en las revistas y en los periódicos, e incluso libros que no desmerecían el papel en que estaban impresos. Pero también supe que jamás lograría acercarme o internarme en aquello que llamamos una obra maestra. Me dirá usted que la literatura no consiste únicamente en obras maestras sino que está poblada de obras, así llamadas, menores. Yo también creía eso. La literatura es un vasto bosque y las obras maestras son los lagos, los árboles inmensos o extrañísimos, las elocuentes flores preciosas o las escondidas grutas, pero un bosque también está compuesto por árboles comunes y corrientes, por yerbazales, por charcos, por plantas parásitas, por hongos y por florecillas silvestres. Me equivocaba. Las obras menores, en realidad, no existen. Quiero decir: el autor de una obra menor no se llama fulanito o zutanito. Fulanito o zutanito existen, de eso no cabe duda, y sufren y trabajan y publican en periódicos y revistas y de vez en cuando incluso publican un libro que no desmerece el papel en el que está impreso, pero esos libros o esos artículos, si ustede se fija con atención, no están escritos por ellos.
Toda obra menor tiene un autor secreto y todo autor secreto es, por definición, un escritor de obras maestras. ¿Quién ha escrito tal obra menor? Aparentemente un escritor menor. La mujer de este pobre escritor lo puede atestiguar, ella lo ha visto sentado a la mesa, inclinado sobre las páginas en blanco, retorciéndose y deslizando su pluma sobre el papel. Parece un testigo irrebatible. Pero lo que ha visto es sólo la parte exterior. El cascarón de la literatura. Una apariencia –le dijo el viejo ex escritor a Archimboldi y Archimboldi recordó a Ansky-. Quien en verdad está escribiendo esa obra menor es un escritor secreto que sólo acepta los dictados de una obra maestra.
Nuestro buen artesano escribe. Está ensimismado en aquello que va plasmando bien o mal en el papel. Su mujer, sin que él lo sepa, lo observa. Efectivamente, es él quien escribe. Pero si su mujer tuviera una vista de rayos X se daría cuenta de que no asiste propiamente a un ejercicio de creación literaria sino más bien a una sesión de hipnotismo. En el interior del hombre que está sentado escribiendo no hay nada. Nada que sea él, quiero decir. Cuánto mejor haría ese pobre hombre dedicándose a la lectura. La lectura es placer y alegría de estar vivo o tristeza de estar vivo y sobre todo es conocimiento y preguntas. La escritura, en cambio, suele ser vacío…”
Si, realmente, al fin y al cabo, la hipertextualidad nos dice que detrás de Bolaño no hay nada. Que hubiera sido mejor que se hubiera quedado leyendo. Él que tanto ansiaba escribir la novela total, la obra maestra. Incongruencias.
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Duquesa
He acabado 2666 este weekend. Lo cierto es que la cuarta parte mejora la situación, pero en el fondo me parece una novela demasiado pretenciosa, demasiado elitista para lo que resulta tener debajo.
Bien es cierto que es una novela inacabada, pero bueno, a mi me parece un tanto pedante el autor.
¿Genios y chusma? Siempre he pensado eso, pero últimamente cuando lo digo lo hago en plan sarcástico. Hay tantos genios en una cosa tan carentes de otra, que empiezo a pensar que al final algunos genios son de lo más tonto. Y cuando te crees uno y llegas a esa conclusión, al menos, siempre te queda el remedio de poner tesón en aprender aquellas cosas en las que eres un triste ignorante.
Duquesa
No le dé la razón a Bolaño sobre obras maestras, no la tiene. Créame es una novela, a mi modo de ver, sobrevalorada.