La falla de San Andrés
By Zero Kelvin • dic 23rd, 2008 • Category: El congeladorEs curioso, si hoy tuviera que pensar en que lugar de los Estados Unidos podría encajar, supongo que tendría que decir algún estado del norte del país. Seattle, donde anda Starbucks (que sabrán en Seattle de café, he pensado siempre yo), quizás Detroit, cuna del automovilismo y que, por formación, debería ser mi meta como ingeniero o simplemente New York, por ser la gran urbe donde acaba todo ser humano. Todos tienen en común ese paisaje invernal, hielo, nieve y frío, mucho frío en los inviernos.
Y, paradojas de la vida una vez más, la única vez que tuve que ir me tocó hacerlo al extremo opuesto, a California, a San Rafael, en las proximidades de Silicon Valley y San Francisco. Eran otros tiempos y el viajar formaba parte de mis obligaciones laborales. California es lo contrario del norte, es el sueño, la calidez, el sol, la playa y el mar. Pero no tuve tiempo para ir a Malibú o para descolgarme en tranvia por las empinadas calles de San Francisco, donde Harry Callaghan perseguía a los delincuentes con su Magnum del 44.
Y allí, cerca de San Francisco, es donde se halla la falla tectónica de San Andrés. California es tierra de corrimientos, de movimientos sísmicos, de terremotos, unos más débiles y otros enfurecidos en lo alto de la escala de Richter. Producidos por la falla de San Andrés, inestable, temblorosa. Siempre me he preguntado que demonios de falla tengo dentro de mi, que parte de esa de San Andrés (porque al fin y al cabo lleva mi nombre de pila) mantengo yo siempre en mi interior. Esa que me convierte en lo que soy, en inestable, en tembloroso y también en salvaje y temible.
Y es que, en el camino de mi vida, las numerosas y estruendosas caídas sufridas han provocado grandes socavones en mi ruta, quizás en mi alma. Socavones que uno intenta siempre rellenar con trozos de otros caminos. Pero, de repente, llega un movimiento sísmico y todos aquellos agujeros, mal cubiertos, sin cimentación, se vienen abajo dejando a la luz los grandes y profundos baches que se produjeron en el pasado.
Y mientras no esté inventado el trasplante de alma, la mía, llena de boquetes, seguirá siendo insuficiente para ser alguien, para ser persona. Porque a medida que pierdo trozos de la mía, intento recuperarla agarrando, por sorpresa, la que pillo de los demás. Pero todavía no se han inventado los medicamentos antirechazo para este tipo de transplantes. Así que ya sea por culpabilidad, remordimiento o tristeza, todos esos trozos de alma que arranco para salvar mis carencias, acaban desperdiciados en cualquier contenedor, como materia contaminante, de esa que he dejado sin capacidad de reciclar.
PD: El viernes me encontré a mi ex en el edificio. Esa que siempre me hará sentir culpable.
Zero Kelvin is El último punk que saltó de Putney Bridge
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