Inmersiones en el azul
By Zero Kelvin • nov 29th, 2008 • Category: En horizontal“El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie combaten, devoran, transportan a ella todos los horrores terrestres; pero a 10 metros debajo, su poder cesa, su dominio desaparece… ¡Tan solo en el mar existe la independencia! En él no reconozco señores; soy enteramente libre…” (Jules Verne: 20.000 Leguas de viaje submarino)
Me encantan sus ojos azules. El color azul siempre me recuerda al mar, y el mar siempre ha sido mi símbolo de grandeza, de libertad, de soltar amarras. De sueños lejanos, de esperanzas sobrevivientes. De no pensar en nada más que en mi y lo que hay delante. Deseos de futuro. Por eso me encanta visitarlo, pasear los domingos de invierno temprano, que mis pies toquen la arena de la playa de Gavà y mi olfato distinga su olor en crudo.
Llegamos a casa sobre las tres de la mañana. Creo que andaba algo mareada, porque el vino de la cena, los cocktails y el último Gintónic quizás había sido una dosis etílica demasiado alta. Yo, por el contrario, por mis temores que últimamente padezco, había limitado bastante el consumo y me hallaba lo suficientemente sobrio como para tomar el mando de la situación.
Ya en el sofá me volvió a besar, abriendo los ojos, mirándome fijamente y dejándose llevar. Pose mis labios en su cuello a lo que ella reaccionó jadeando y estirándome del pelo, casi de forma brutal. No tan deprisa, Kelvin, pensé, goza cada uno de los momentos, toma posesión de ellos y no los pierdas, ni se te ocurra perder el control. Poséela, enteramente, como quien dispone de lo que quiere, lo tiene y lo domina. Y se tú con todas tus fuerzas para sentir en tercera persona.
Sus manos desabrocharon rápidamente los botones de la camisa, con mucha habilidad para su estado etílico, me pareció en aquel momento. Me acarició el pecho y sus labios me lamieron los pezones mientras se incorporaba encima de mi. La camisa salió volando hacia la alfombra, y tras la camisa fueron los pantalones, los zapatos, calcetines y boxers. En un momento estaba completamente desnudo. Ella se desabrochó el sujetador para darme acceso a sus pechos. Mis dedos y mi lengua jugaron con aquellos pequeños pezones morados, mordisqueándolos, pellizcándolos, rodeando la aureola con la lengua para después succionarlos e intentar sacarlos de allí. A cada acción de mis dedos y mi lengua ella contestaba con un gemido. Y mientras tanto, inicié mi exploración en su pubis, moviendo mi mano hacia él y buscando entre los pliegues de su sexo, debajo del tanga, el clítoris, para acariciarlo a la vez que le lamía los pezones.
Los gemidos ahogados empezaron a convertirse en pequeños gritos de placer. Su mano buscó mi miembro y empezó a masajearlo de delante a atrás, en un movimiento de masturbación constante que me hizo ponerme totalmente excitado. Lo estiraba como quisiera arrancármelo, yo apretaba mientras el glande se ponía cada vez más duro, mientras el capullo se engordaba y deseaba cada vez más hundirlo en su coño.
La aparté de mi y la tumbé sobre el sofá para situarme encima. Coloqué una rodilla junto al respaldo y mi otro pie en la alfombra para penetrarla con mayor facilidad. Ella me recibió con su coño totalmente húmedo. Sus piernas me rodearon y sus talones se posaron en mis nalgas para marcar el ritmo que a ella le gustaba. Entraba y salía de ella mientras mis labios se pegaban contra los suyos y nuestras lenguas invadían la boca del otro. Sus manos rodearon mi cuello para intentar que no me separara mucho de ella, me besaba locamente, casi sin dejar que apartara mis labios de los suyos. Aceleré el ritmo de mis embestidas cuando noté que sus gemidos iban in crescendo. Me gusta así, me dijo, algo que obviamente yo ya había adivinado. De repente profundicé más en mis embestidas, las hice más profundas cuando adiviné que estaba a punto de correrse, y minimicé mi salida de ella para retener yo mi orgasmo.
Se corrió salvajemente. Su manicura francesa en aquellas uñas tan largas quisieron tatuarme la espalda, depilada de aquella misma tarde. Y yo descansé sobre ella un momento, empapado en sudor pero deseoso de seguir hasta correrme. Mantuve mi polla dentro de ella, dura, expectante, mientras me tomaba un segundo de respiro. Y volví a la carga. Dejé posar todo mi cuerpo sobre el suyo y la agarré por las caderas, como a mi me gusta, para marcar entonces mi ritmo. Dios, me vas a arrancar el D.I.U. si sigues así animal, me comentó. Pero yo no estaba para comentarios ni me apetecía jugar a los diálogos obscenos, quería utilizarla para correrme, y a la vez mi ego pretendía que ella se corriera conmigo una vez más. Así que empujé duro y profundo, mis caderas hacían circulos y embestían, mis labios buscaron ese punto en su cuello que yo sabía que la volvía loca. Y sus jadeos volvieron a ser gritos ahogados, anuncios de un nuevo orgasmo en ciernes. Golpeó varias veces el puño contra el respaldo del sofá, en lo que intuí era el preámbulo del nuevo orgasmo y ese gesto me excitó muchísimo. Notaba que llegaba mi orgasmo, que era inevitable, en el mismo momento en que ella gritó un así, no pares que me estoy corriendo… y ante eso me corrí y mi semen salió disparado hacia el fondo de su vagina.
Me mantuve un rato encima de ella hasta que volvió sus ojos hacia mi. E hice lo que hago siempre, meterme en ellos. Pero, por esta vez, fue sin buscar nada adentro, sin ese afán de apoderarme de lo que no es mio. Quizás porque tampoco me interesara lo que podía encontrar. Algo así como en esas inmersiones que se hacen alejados de la costa y los arrecifes, las inmersiones en el azul. Donde te sumerges tan sólo por aislarte, para no saber en donde estás, sin ánimo de encontrar nada adentro, simplemente con la intención de notar lo que se siente estando ahí, la sensación de ingravidez, sin esa fuerza que te tira contra el suelo, sin el peso de sentir el alma. Una inmersión casi en tercera persona.
Buscando un entorno inóspito de carencia de aire, solamente, entrar y no ser yo, con mis superficiales paranoias, mis personajes inventados para justificarme, mis centrifugados y obviedades no asumidas. Para sentir la independencia del capitán Nemo, la libertad fuera de los dominios de los demás, de sus horrores, de sus disparos, del dolor que siempre transfieren, y de los mios propios que en esos momentos dejas abandonados en la rizada superfície. A diez metros de profundidad, bajo la superficies de sus pupilas. Siendo yo.
Sí, me encantan los ojos azules. Quizás porque me ayudan a olvidar la destrucción que guarda el marrón de los mios en la superfície…
Y mientras vuelvo para casa desde El Masnou, tras haberla dejado, pienso en todo el tiempo que me queda para volver a encontrar otro arrecife lleno de vida, donde me sumerja para rodearme de toda clase de colores marinos. Y en todas esas inmersiones en el azul, terapias de ego, que necesito para satisfacerme hasta entonces. Y en el miedo que me da hacer bajar a otra persona a las profundidades sabiendo que no lleva aire en la botella suficiente y que yo no le daré.
Maldigo el que sea así, el que no me basten la ternura de unos ojos azules, las caricias de alguien que te sonria, el sexo de alguien que se entrega a ti, y que nunca me haya satisfecho el cariño de tantas personas que han pasado. Maldigo necesitarlo todo en los extremos y no ser un conformista al que las cosas le basten si le compensan.
Odio tener que reconocer que donde soy feliz es con la mar picada, con vientos huracanados, con grandes olas que te llevan arriba y abajo y no bajo una suave brisa y el mar en calma. Y ¡ es tan difícil vivir entre borrascas y tempestades ! Pero, ¡ son tan necesarias para mi ! Inmersiones en el azul no, contra la abrupta costa sí, pero con grandes corrientes, aunque tengas el peligro de que las corrientes te destrocen contra los acantilados.
Creo que he llegado a entender que soy un marino loco. De atar.
Zero Kelvin is El último punk que saltó de Putney Bridge
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