Zero Kelvin

Huellas de unos dedos congelados

Vivir solo

By • sep 24th, 2008 • Category: Monólogos a Concurso

Hola señores buenas noches, como pueden ver vengo con una sonrisa en la boca y es que mi amigo Fernando se acaba de separar y lo esta pasando el pobre… Para empezar el pobre Fernando, que no había visto nada de la vida, dejó la casa de sus padres para residir en el domicilio conyugal. Y ahora, como que sus padres tiraron su habitación para agrandar el salón y poner una mesa de billar americano, pues se ha tenido que alquilar un apartamento donde vivir, porque claro, el piso se lo ha quedado su mujer en lo que desde luego supone un caso excepcional. En fin, que el pobre Fernando esta como un novato el primer día de carné. Y me ha llamado a mi, que llevo ya seis años emancipado, para que le de consejos.

Porque claro, todos pensamos al principio que eso de vivir solo no tiene tanto secreto. Por ejemplo la ropa sucia. Cuando vives con tus padres dejas la camisa llevada en el suelo de tu habitación y sabes que en unos días la encontraras perfectamente planchada en el colgador. Vamos como si hubiera un túnel de lavado y planchado en plan lavacoches que por un lado entran las cosas sucias y por otro salen impecables. Pues eso cuando vives solo ya no funciona igual. El caso de la plancha es un ejemplo. Tu vas a comprarte una camisa de marca, guapa, y el vendedor de El Corte Ingles te endosa una estupenda camisa de temporada, muy fresquita porque es 100% algodón. En la sección de ropa del hogar compras una mantelería y unos juegos de sabanas que curiosamente también son 100% algodón. Hasta que llega el día que tienes encima de la plancha una serie de camisas 100% algodón, unas sabanas 100% algodón y una mantelería 100% algodón. Y plancha eso. Vamos que le dedicas más tiempo a una camisa que San Ignacio de Loyola a la meditación. ¿Y como quedan las cosas? Bueno los pantalones ni te explico, que piensas “si mi madre los plancha y no tiene estudios yo que soy ingeniero aeronáutico me sale la raya diplomática”, y lo que te acaba saliendo es un pantalón de mil rayas, porque en cada planchado le has añadido una de más.

¿Cuál es la solución? Bueno pues a la semana siguiente intentas que en la colada de tu madre haya un incremento de camisas, manteles y sabanas 100% algodón –y algún que otro pantalón-. Pero claro tu madre puede ser una santa pero hasta el punto de convertirse en mártir ya es un poco más difícil. Y claro se mosquea: “¿Pero tu no ibas a vivir solo y eras independiente?” y tu, aunque le intentas colar eso de que “No, yo soy como Jordi Pujol, no soy independiente, solo quiero la autodeterminación” pues no cuela. La solución a esto tiene una palabra: Poliéster. Si claro, las camisas no son tan frescas, de hecho al final de la jornada huelen que apestan, pero al fin y al cabo también lo haces después de pasarte 6 horas planchando, así que estamos en las mismas.

Otra labor primordial es el tema de ir a la compra. Porque al cabo de tres meses de alimentarte de patatas fritas, cheetos, galletas y cerveza te das cuenta que tu organismo no esta preparado para esa dieta. De hecho lo único que consigues es ingerir casi tanta sal de frutas y almax como cerveza y una diarrea crónica que te deja la almorrana como la oreja de Niki Lauda. Y entonces decides comer diferentes variedades de alimentos frescos. Y te vas al hiper a comprar. Primer error: olvidarse la brújula en casa. Porque un hombre incauto en un hipermercado lo tiene fatal. Para empezar cuando buscas la sección de productos congelados acabas en la de lencería femenina, que piensas tú que bueno, si pillaras alguna fresca tampoco te iría mal. Y no digamos encontrar la del pescado, claro con el tiempo que hace que no catas nada has perdido el olfato.

Pero en fin, poco a poco uno se va acostumbrando a llevarlo. De hecho ahora mismo les tengo que dejar, porque tengo que pasar por la tintorería a recoger camisas, pantalones y mantelería y luego por el hiper que se me han acabado los cheetos y la cerveza. Buenas noches.

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