La amnesia y el dolor
By Zero Kelvin • sep 15th, 2008 • Category: El congeladorEs muy difícil ser nostálgico si no recuerdas nada. Esa frase le martilleaba el cerebro mientras conducía por la autovía que le llevaba a su apartamento, allí en la playa. Se la había escuchado aquella noche a Carlos, su viejo amigo, que pasaba por horas bajas después de que Sandra, su media naranja, le abandonara, y él, en los cuatro fines de semana posteriores, se sumergiera en los vapores etílicos que apenas le dejaban momentos de lucidez en aquellas largas noches del mes de Noviembre. Así pues, en aquellos días, Carlos bebía hasta no recordar, hasta no sentir nostalgia.
En esos momentos Andy conducía de forma descontrolada, a más de 60 kilómetros por encima del límite de velocidad que marcaban las redondas señales blancas y rojas colocadas a ambos lados de la calzada. Y lo hacía recordando las palabras de Carlos, sin prestar atención a la realidad de la fría noche que le rodeaba. El coche se había convertido en una extensión de su yo, y su exaltado estado de ánimo se reflejaba en la violenta forma en que apretaba el acelerador y en el rugido del motor cada vez que el pie presionaba fuertemente el pedal. El descontrol del coche era su propio descontrol emocional. Quizás eso era porque, en aquel momento, Andy sentía pese a no querer hacerlo.
Unas horas antes estaba tranquilamente cenando en un restaurante de moda de la ciudad, acompañado por Sonia. Todo parecía indicar que sería un sábado más, disfrutarían de una velada agradable, bailarían en uno de los locales habituales de Marià Cubí y acabarían en su casa, haciendo el amor, esperando la hora en que, un nuevo domingo, el sol iniciara el ascenso desde el mar y entonces, tras rendirle tributo, ambos se durmieran, tranquilos, satisfechos. Pero eso no iba ya a ocurrir. Sonia había esperado a los postres, quizás porque pensara que el dulce de la repostería podría enmascarar el amargo de un final, para cerrar la puerta a tres años de ilusiones compartidas, que, visto después, quizás no habían sido tan comunes.
Cuando escuchó las palabras de Sonia quiso no creerlas. Uno tras otro intentó rebatir los argumentos con que Sonia le decía que aquellas ilusiones no eran las suyas, hasta que por un instante la miró a los ojos y lo comprendió todo. En aquel momento dejo de ver con el ojo de la ilusión, con el ojo de los sentimientos y simplemente nació un nuevo Andy. Un Andy fruto de la desesperación y del dolor, fruto del vacío que se hacía de repente, y a la vez hijo del orgullo y de la rabia. Un Andy que, pese a que le costó pedir la cuenta con voz resquebrajada, firmó el justificante de la tarjeta de crédito con una letra inusitadamente firme, dejó una generosa propina al camarero y, salvando sus emociones, acompañó a Sonia a su casa y le deseó una felicidad futura que internamente odiaba.
Había encontrado a Carlos en el Génesis, un Pub anónimo situado en una zona poco concurrida del centro de L’Hospitalet. Al fin y al cabo era donde esperaba encontrarlo. Y se había sumergido en su mundo de vapores etílicos, de horas muertas tras la barra y de ojos vidriosos que reflejaban la falta de argumentos por los que luchar. Pero mientras el camarero servía Gintonic para Carlos y Havana Club con cola para él, Andy se daba cuenta de que partía de una posición ventajosa respecto a su amigo. Carlos siempre había sido un gran muchacho, afable, que expresaba cariño y ternura en todas aquellas cosas que hacía por los demás, mientras que él siempre había sido mucho más reservado, incluso frío, calculador, y sus sentimientos siempre habían quedado mucho más enterrados en aquella pequeña caja que todos tenemos, y a donde somos nosotros mismos quienes ponemos las restricciones de quien puede llegar a abrirla. De hecho había sido esa cualidad suya, su fría y calculadora mente, sus dotes de estratega, los que le habían permitido conquistar a Sonia en su día, alguien que, y según las propias palabras de sus amigos, estaba fuera de su alcance. No cabe decir que Andy había hecho enmudecer a sus amigos, que pasaron a verle con un aura de admiración y envidia de la que se había sentido especialmente orgulloso.
Y ahora, mientras permanecía sentado en el taburete junto a la barra, miraba a Carlos y se miraba a sí mismo. Y sabía que Carlos sufriría siempre mucho más que él. Que mientras que Sonia se convertiría en su recuerdo del odio, odio que podía manipular y hasta convertir en su motor vital, Sandra seguiría siempre siendo alguien a quien Carlos había amado y dado todo, sin reservas y sin arrepentimientos posteriores. Sandra sería el icono de la ilusión y del amor que Carlos era capaz de dar, Sonia el icono del fracaso de Andy como ser humano.
Andy pagó la última ronda y se despidió de su amigo, a quien dejó en aquel pub, confiando en que en los escasos dos kilómetros que separaban aquel antro de la casa de su amigo, y que recorrería después éste con su coche, no sufriera ningún percance. Entró en su coche que había aparcado encima de la acera justo delante del pub, casi tarareando aquellas palabras de su amigo, aquella invitación al olvido, la oda a la amnesia más brutal, y arrancó con dirección a su casa. Sin una ruta marcada. Callejeando por su viejo barrio de L’Hospitalet donde había crecido, hasta llegar a la autovía. Allí se incorporó junto a la gasolinera. No había demasiado tráfico a aquellas horas de madrugada. Unas cuantas luces rojas, correspondientes a los faros del resto de vehículos que circulaban en su dirección, le acompañaban en su camino. Mientras, al otro lado de la mediana, el flujo de coches que regresaban a Barcelona se convertía en infinidad de luces blancas, mucho más copiosas que las rojas, que iban acercándose hasta que, al cruzarse con él, simplemente desaparecían.
Utilizando la poca conciencia que el alcohol le permitía vio su vida como aquella gran autovía. Con la dirección marcada y sin salidas, sin posibilidad de desviarse, yendo siempre en un sentido, el de las luces rojas, el del peligro, mientras las luces blancas, las luces de esperanza, cruzaban y desaparecían siempre detrás de él. Así iba a ser su vida, sin esperanza, sin lugar para las luces blancas, pero sin sorpresas, con el rumbo marcado. Y aquella visión, aquel símil que le convertía en un robot, enterrado en vida, empezó a crecer en su cerebro, mientras pisaba fuertemente el acelerador, con rabia.
Dejó atrás la desviación del aeropuerto. El indicador de velocidad marcaba ciento ochenta kilómetros a la hora y la aguja de revoluciones superaba las cinco mil. Se iba acercando poco a poco a aquella curva que tanto le gustaba. Era una curva larga, de más de un kilómetro, que solía tomar a altas velocidades. Le gustaba sentir la fuerza centrífuga que le empujaba hacia el exterior, repeliéndole del interior de la misma, como si fuera el centro de toda vida a donde no podía llegar. Al otro lado de la autovía, en mitad de la curva, estaba aquel camping, “La ballena alegre”. Era curioso como hasta las ballenas eran alegres, incluso sonreían en aquel ridículo cartel que anunciaba el camping.
La curva se aproximaba, y ahora el que se veía ridículo era él. Siguiendo por aquella autovía, sin esperar el final de la misma, ni tan siquiera el siguiente desvío, que era el suyo. De repente, justo antes de iniciarse la curva dudó, dudó si valía la pena girar el volante, dudó si alguna vez saldría de aquella autovía, si su vida tenía visos ya de cambiar alguna vez. El pecho empezó a latirle más y más fuerte, sentía como una opresión. Mientras, en su cabeza, pero no en su cerebro sino en algún punto incluso más interno, quizás en su alma, la angustia le atenazaba y sentía esa congoja, ese desasosiego interior contra el que no puedes hacer nada, tan solo apretar los dientes e intentar que la ira seque el iris humedecido de los ojos rotos, enrojecidos por la tristeza. Es muy difícil ser nostálgico si no recuerdas nada, pensó, y en ese momento deseó ser amnésico para siempre, no recordar nunca…
Zero Kelvin is El último punk que saltó de Putney Bridge
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Aunque solo sea muy de tant en tant y lo disimules muy bien, en el fondo (tengo que reconocer que muy en el fondo) de ti mismo todavia crees en las campanitas chinas
Yo sólo tengo atisbos de creer en el bosón de Higgs el día que el CERN nos lo muestre. Misticismos sólo que el Barça juegue con la camiseta amarilla gafe.
Parece mentira descubrir que tras un gintonic y un havana club hay un romántico sin remedio.
Bueno al menos es lo que han leido mis ojos.
Un abrazo
Shhhhhhhhhhhhhh hable en voz baja, pueden oirnos.